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María del Carmen Maqueo Garza
María del Carmen Maqueo Garza
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Coahuilense, médico pediatra, apasionada de la palabra escrita. Desde 1975 ha sido columnista en diversos periódicos regionales. Bloguera a partir del 2010. Participa activamente en el Taller literario “Palabras al viento”. Tiene varios libros publicados. Inquieta por la problemática social, en particular la relativa a nuestros niños y jóvenes. Sus colaboraciones invitan a asumir que la resolución de esos problemas es tarea común para todos. Su blog: https://contraluzcoah.blogspot.com/

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13 Octubre 2019 04:00:00
Un mundo ideal
Durante mi adolescencia los Beatles estaban en todo su esplendor. Debo confesar que en ese período de tiempo no me agradaban. Por mi temperamento y formación familiar, me identificaba con música más tradicional. Los mensajes del cuarteto de Liverpool resultaban hasta irreverentes. Tuvieron que pasar muchos años para valorar lo que dejó ese grupo en el corazón del mundo.

Si tuviera que quedarme con una sola canción de alguno de ellos, elegiría “Imagine”, de John Lennon. Salió al aire treinta años después del “boom” del grupo. En lo personal su letra me dice mucho. No es mal momento para retomar su mensaje.

Si algo no tenemos en estos tiempos, es tranquilidad. Somos seres humanos inquietos, ruidosos, acelerados y explosivos. Rehuimos al silencio y a la soledad, y nos saturamos de barullo exterior, como para no escucharnos a nosotros mismos. Tanto ha de ser el miedo que sentimos de mirarnos desnudos al espejo.

“Imagine there’s no heaven”: Una excelente paradoja de Lennon. Partiendo de que hay un cielo, los seres humanos seguimos lo que dicta nuestra propia religión para alcanzarlo. Colateralmente suponemos que seremos nosotros, nada más, los que alcancemos el paraíso. Cualquiera que no profese la misma doctrina, irá a parar al infierno. Así pues, habrá que evitar a esa persona, para no contaminar el espíritu con su inmundicia. Lennon hace una clara propuesta de paz, algo así como: ¿Qué les parece si llevamos la fiesta tranquilos y nos respetamos? De modo que cada cual, con sus propias convicciones, logre avanzar por el camino que elija, sin juzgar o atacar a otros por razón de sus creencias. Más que pretender convertir ateos, o a quienes profesan otra religión, la canción propone hermanarnos en el amor, en la buena voluntad.

“Imagine all the people living for today”: Una invitación al desapego. A no estar pensando en acumular bienes materiales para un tiempo que no es el presente. Una propuesta de austeridad y contentamiento. Buscar aquello que se consigue gratis en la vida. Los afanes consumistas reflejan una gran sensación de vacío dentro de la persona. Como si, frente a la premisa de que valemos por lo que tenemos, sea obligado acumular más y más. No ha descubierto su riqueza interior. Sonriendo y con pasos ligeros por el camino, se avanza más rápido. Las posesiones nos atan, vuelven lenta la marcha.

“Imagine there’s no countries”: Detrás de la lucha por conquistar otras tierras, acechan intereses materiales, cual carnívoros disfrazados con pieles de oveja. La ambición lleva a buscar valerse de otros seres humanos, convirtiéndose unos en feroces enemigos de los otros; capaces de atacar de manera terrible, pero además cobarde, escudándose en motivos supuestamente nobles. Así se hace entre países y entre ciudadanos; entre familias y entre esposos, echando mano de recursos poco dignos para obtener una ganancia que en realidad no correspondería tomar.

“Imagine all the people/sharing all the world”: Cualquiera de nosotros, calificará este enunciado como descabellado, imposible de lograr. A lo largo de los años hemos visto comunidades que buscan aislarse del resto, como grupos independientes en los que prive la hermandad. Luego de un tiempo, las cosas, por su avance natural, terminan dando marcha atrás, para llegar al punto de la no convivencia. Los mexicanos somos muy dados a manejarnos a partir de una consigna tan dolorosa como cierta: “De que me amuele yo, a que se amuele mi compadre, pues que se amuele mi compadre”. Traemos la impronta del mestizaje –quiero suponer—, de modo que actuamos para ir siempre un paso delante del vecino, procurando impedir que nos saque ventaja.

Vivimos tiempos confusos y sórdidos. Los límites se desdibujan. Resulta difícil aplicar la ley, ya que no logran diferenciarse los derechos de unos y de otros. Pareciera que tiene más derechos quien más poder detenta. Por ese camino quedan desprotegidos los que más necesitan de una justa aplicación de los derechos humanos, convirtiéndose la convivencia en una cena de negros.

La época postmoderna privilegia la imagen, hasta volvernos sus esclavos. Le rendimos tributo como a un dios. Invertimos todo en ella, como si se tratara de una apuesta vital. Perdemos demasiado tiempo en desarrollarla, en disimular el paso de la edad, en alcanzar un ideal de ficción, desde nuestra frágil condición de humanos. Como diría el poeta, importa más el continente que el contenido.

La diferencia entre lo que pronto se olvida y lo que queda para siempre, radica en que pueda aplicarse en distintas circunstancias. Lo que Lennon escribió hace 30 años está vigente, y seguirá siéndolo dentro de muchos años más. Tal vez nos ha faltado escucharlo con atención. No es mal momento para hacerlo.

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06 Octubre 2019 04:00:00
Pena que no es ajena
Ante la violencia en las calles lo más sencillo es echar un vistazo al escenario, señalar con índice de fuego, pontificar y culpar, para al final retirarnos con la peregrina idea de que nosotros somos mejores que ellos. Proceso estéril que no lleva a nada.

Lo racional sería analizar lo que sucede, generar empatía con los actores, tratar de interpretar esa furia con la que acechan y atacan. Tal vez entonces podremos comenzar a desmadejar el ovillo de la historia actual, con miras a entenderla.

Utilizo la palabra “empatía” no para significar que estoy de acuerdo con la violencia con que actúan, sino para sintonizarme en su misma frecuencia, buscando entender los motivos que llevan a determinado proceder, que acaba perjudicando a otros en forma directa, o mediante lo que eufemísticamente se ha denominado “daño colateral”.

En los extremos de las semana que concluye, la ciudad de México ha sido escenario de dos momentos de violencia callejera, que hablan mal de los mexicanos, en el concierto mundial. Primero fue la llamada “Ola verde” a favor de la despenalización del aborto, y luego la marcha en memoria de la matanza de Tlatelolco. En ambas manifestaciones hubo infiltración de provocadores que se dedicaron a vandalizar edificios públicos y privados, y que atacaron en forma directa a quienes -inermes y sin capacitación alguna- intentaban contener tales actos violentos.

Les han llamado “anarquistas”, y algunos personajes públicos pretenden compararlos con los hermanos Flores Magón. Quienes así se expresan ponen en evidencia su falta de conocimiento sobre historia universal y de México. La palabra “anarquista” es un traje que les queda muy grande a estos vándalos de pacotilla. Dudo mucho, pero mucho mucho, que actúen movidos por ideología alguna. Más bien se comportan como un grupo de niños dentro de una cristalería, que tienen permiso para hacer cuanto destrozo deseen. Nadie los frenará ni tendrán que rendir cuentas, algo así como traviesos a los que además les pagan.

Ahora bien: Es obligación de todos los mexicanos entender qué genera ese cúmulo de ira con la que se les mira actuar. Me hace recordar la técnica terapéutica de “la silla vacía”, en la que, bajo la supervisión del profesional, el participante, de frente a una silla vacía, imagina al personaje de su vida que le genera conflicto. Puede ser el padre, la madre, el cónyuge… Alguien cuya cercanía y forma de proceder causan conflicto en el participante. Este, bajo la conducción del guía, se dirige a la figura que tiene frente a sí, volcando todo lo que no ha podido verbalizar antes, hasta resolver el conflicto. El tono de la voz va subiendo, para generar una catarsis de emociones que finalmente provocarán alivio. Algo similar pareciera ser lo que vuelcan los jóvenes violentos, en contra de íconos que simbolizan aquellos elementos que -ellos sienten- les han dañado.

La idea de los “cinturones de paz” de Claudia Sheinbaum representó una forma de poner a personas no capacitadas, a ejercer funciones que son propias de las fuerzas del orden, exponiéndolas a riesgos que no tienen por qué correr. Ya amenazó con reproducir el modelo en futuras ocasiones, esperemos que no sea así. Es una absurda paradoja tener un país militarizado hasta los dientes, pero con las manos atadas, y en lugar de que actúen las fuerzas del orden, lanzar como carne de cañón a civiles ajenos a dicha función.

En días pasados, por invitación de unos queridos amigos, tuve la oportunidad de asistir a un encuentro de la Comunidad Japonesa en el Noreste del país. Fue un evento interesante, cargado de emoción, con grandes planes a futuro. El conferencista principal, Dr. Shinji Hirai, es un antropólogo social de carrera, oriundo de la nación nipona. Él se ha dado a la tarea de contactar a descendientes de segunda y tercera generación, de japoneses llegados a México durante el siglo pasado, con sus raíces en oriente. Dentro de las maravillas que presentó de su tierra natal, dio un dato que me dejó impactada: Durante el 2018 en todo Japón, hubo un total de 10 crímenes. Esto es, menos de uno al mes, en un país cuya población en el 2018 fue equivalente a la de México para el mismo período de tiempo.

Una terrible realidad es que, con la normalización de la violencia, no nos sorprendería si acá esos mismos 10 crímenes se reportaran en un solo sector de una ciudad, en el curso de un mes. Lo leemos y pronto pasamos a otra cosa más interesante, como sería la herencia de José José, o los cocodrilos de Trump.

Lo que sucede en las calles de la Ciudad de México para nada es “de pena ajena”, sino propia, muy propia. Es una responsabilidad de cada uno de nosotros como mexicanos. ¿O vamos a esperar a que vandalicen nuestro domicilio, para pensar en actuar?

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29 Septiembre 2019 04:00:00
Greta y Ricky: Del respeto a la paz
Concluyó de manera exitosa la Cumbre de Premios Nobel de la Paz en la hermosa ciudad de Mérida, Yucatán. Evento dentro del cual se otorgó el “Premio por la Paz” a Ricky Martin, músico, cantante, escritor y activista por los derechos humanos, en particular de la comunidad LGBT. De manera simultánea, la adolescente sueca Greta Thunberg tuvo una brillante participación en Nueva York, en la Cumbre del Clima convocada por la ONU, con un discurso directo y claro, en el que reclama al mundo adulto su apatía ante el calentamiento global. Quienes tratamos de estar al tanto de las cosas, fijamos la atención en ambos personajes, sacamos conclusiones y –de manera ideal—, emprendimos algún cambio frente a los problemas señalados. La otra parte de la humanidad siguió impasible, sufriendo las consecuencias sin alcanzar a plantearse un “¿por qué?”.

Hablar de homosexualidad no es fácil para los que nacimos previamente a la generación de los “Millennials”. Quienes llegamos al mundo antes de los años ochenta del siglo pasado, crecimos con arquetipos muy rígidos en nuestra educación. Lo que no era blanco era negro, sin admitir términos intermedios, así de simple. En contraste, los jóvenes nacidos en la proximidad del nuevo milenio tienen una mentalidad mucho más flexible e incluyente. Han roto con las rigideces que a nosotros nos paralizaban, y están en capacidad de aceptar más que comparar; de acoger sin tanto juicio ni pasmo.

Con relación a la orientación sexual en individuos adultos, el primer estudio serio lo llevó a cabo el biólogo Alfred Kinsey en el estado norteamericano de Indiana, a mediados del siglo pasado. Los resultados indicaron que parte de la población estudiada, no era totalmente heterosexual como su perfil social lo indicaba. A la luz de lo que observamos a 70 años de distancia, descubrimos que, después de todo, Kinsey no andaba tan perdido en sus conclusiones, y lo que entonces se consideró descabellado, hoy se acerca a la verdad, a partir de la libertad que hay para manifestar la orientación sexual. Ahora bien, lo que busca Ricky Martin como activista y filántropo, es que más allá de las diferencias entre unos y otros, nos esforcemos en construir la paz, una paz para todos, independientemente de los rasgos identitarios de cada cual.

Es muy fácil colgar etiquetas, discriminar y dividir. Lo difícil es precisamente, colocarnos por encima de los prejuicios para encontrar las coincidencias, más allá de las diferencias que podamos tener por razón de nuestra raza, color de piel, condición social, orientación sexual, o doctrina religiosa o política. Ser capaces de aceptar y respetar los derechos de los demás, del modo como nosotros queremos ser aceptados y respetados, es tomar el camino hacia la paz.

Greta Thunberg, por su parte, ha tenido que sobreponerse a otro tipo de prejuicios, antes de hacerse escuchar: Es portadora del síndrome de Asperger, condición dentro del espectro del autismo que no vuelve fácil la convivencia con los demás. En muchos casos el paciente con Asperger tiene una capacidad intelectual muy por encima del promedio, y este parece ser el caso de Greta. Debe aclararse que la ciencia moderna habla de “inteligencias múltiples”, y descarta aquel demoledor coeficiente intelectual que –dicho sea de paso—constituía una herramienta más de esos arquetipos maniqueos del siglo pasado, que nos partían la vida en dos.

Greta es la voz de niños y jóvenes a quienes estamos dejando sin futuro. El cambio climático viene a ser el resultado del manejo irresponsable que nosotros, los adultos, hemos hecho de los recursos naturales. Desde el popote plástico hasta los reactores nucleares; desde la bolsa de un solo uso en la tienda de conveniencia, hasta la mala planeación del transporte urbano. Desde el consumo excesivo de carne de res, hasta la extinción del rinoceronte blanco debido al tráfico de marfil. Todo ello deriva de la enfermiza ambición a la que el consumismo nos ha llevado. Un consumismo que plantea la falsa verdad de “vales por lo que tienes”.

El presidente norteamericano Donald Trump ha desestimado de fea manera los reclamos de Greta, pese a ello, la chica no ha cedido un centímetro tras dichas denostaciones. Posición de la cual hay mucho que aprender: ¿Qué tal si empezamos a fijarnos menos en cómo son los demás, y más en la forma como los tratamos? ¿O si asumimos desde nuestra inteligencia, que no hay personas mejores ni peores, sino distintas? ¿Y si antes de levantar el dedo para descalificar, nos asomamos a nuestro interior? Lo más probable es que, con ello, dejemos de juzgar tan duramente a otros.

Hacia un mundo de paz y de respeto: O le entramos todos, o nos extinguimos por la vía rápida. Al fin que encaminados ya estamos.

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22 Septiembre 2019 04:00:00
Del otro lado de la lente
En el momento cuando cada ciudadano de la aldea global se colocó tras la lente creyéndose capaz de cambiar al mundo con sus tomas, todo se complicó.

A principios de semana Khaseen, de 16 años, fue apuñalado en el pecho a las afueras de un comercio en la ciudad de Nueva York. Del medio centenar de quienes presenciaron el ataque ninguno lo socorrió, todos se limitaron a tomar video.

Por desgracia no es algo novedoso. Se repite en muy diversos escenarios alrededor del mundo. Ante cualquier emergencia, natural o provocada por el hombre, asumimos nuestro carácter de reporteros del mundo y comenzamos a grabar. Quizá lo realicemos sintiendo que es una obligación, por estar en el lugar y en el momento preciso, para levantar una crónica de los hechos. Algún otro tal vez lo haga teniendo en mente las ganancias económicas que su material puede generar. La mayoría actuará por simple inercia, porque es lo que se hace de forma cotidiana. Detrás de todo lo anterior está una faceta más de nuestra pérdida de sensibilidad como humanos.

Es un fenómeno que ha venido creciendo en los últimos años: el periodista espontáneo que, ante una tragedia, se ocupa de transmitir lo que ocurre. Ejercicio que de manera acertada algún comunicador español ha denominado “voyerismo digital”, mezcla de fascinación ante los acontecimientos y falta de empatía. Detrás hay mucho que explorar, sucede que, a través del lente, aquello que observamos es percibido como imágenes virtuales, ajenas a la realidad, como sería una película que abrimos en cualquiera de los canales digitales. Por ende, lo que captura nuestra lente es tenido, en un primer pensamiento, por mera ficción. Desde la perspectiva de lo emocional, representa un mecanismo inconsciente que cumple dos funciones: nos pone a salvo de salir dañados por intervenir de manera directa, además de que nos libera de responsabilidad frente a lo que ocurre, como si, ante un hecho que implica riesgo, nuestro deber fuera tomar video, tal como sucedió en el caso de Khaseen.

Un mundo basado en imágenes presenta complejidades importantes. Nos vuelve esclavos de la imagen que proyectamos, de modo que actuamos para volverla más atractiva, a cualquier costo. Diría Zygmunt Bauman, que lo hacemos para convertirnos en una mercancía más rentable en el mundo digital. Utilizamos todo tipo de recurso para mejorar lo que mostramos a otros, así el resultado llegue a ser un mero holograma. Las imperfecciones de nuestra condición humana resultan inaceptables en un mundo virtual donde todo llega a verse tan cercano a la perfección como logremos presentarlo. Porque, ¡vaya que si tenemos temor a ser vulnerables a causa de nuestras imperfecciones! Lo hacemos partiendo de la idea de que, alrededor nuestro, todo es perfecto.

La salida fácil sería atribuir a la tecnología nuestro cambio de actitud. En algo influye, definitivamente, pero no es la sola causa de este fenómeno de indiferencia, frente a la desgracia que otro ser humano está pasando. Hay razones intrínsecas que desencadenan este modo de actuar, de entrada, habría que considerar que el escenario descrito se despliega sobre un telón de fondo de baja autoestima.

Los elementos que participan en el desarrollo de la autoestima en la etapa infantil se han visto rebasados por otros ajenos, que los apabullan. Esto es, el niño crece en un mundo de adultos ocupados, en el que tiene pocas oportunidades de recibir la atención que necesita. Alrededor suyo hay algunos mayores, cuyo tiempo se reparte entre labores de subsistencia fuera del hogar y actividades dentro del mismo, en ocasiones tan limitado, que al pequeño le toca poco. Además, con la inversión de la pirámide poblacional y la inseguridad, alrededor hay pocos niños o ninguno. En cierta forma él ha de vérselas por sí mismo para muchas de las necesidades más allá de las de subsistencia, y esa falta de “clic” con otros seres humanos durante los primeros años de vida, habrá de cobrar la factura más delante.

Por cuestión de edad, quedamos pocos que hayamos vivido una infancia libre de medios de difusión masiva, en que, dentro del hogar, cuando mucho había un aparato de radio. A través suyo la familia se enteraba de lo que ocurría en el mundo. Eran tiempos en los que se privilegiaba la comunicación cara a cara; en casa había más niños, y los adultos tenían tiempo para atenderlos. Así la empatía se generaba en forma natural, y la solidaridad era moneda de cambio corriente entre familiares y vecinos.

Habría, pues, que humanizar nuestras relaciones personales. Guardar la cámara y sintonizar el corazón. Abandonar la inercia y abrir los sentidos. Aplicar la regla de oro, ya que mañana podríamos ser nosotros o uno de los nuestros, quien se halle del otro lado de la lente.

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15 Septiembre 2019 04:00:00
Cuestión de fe
Dios hizo un mundo distinto para cada hombre, […]en ese mundo, que está dentro de nosotros mismos, es donde deberíamos intentar vivir. Óscar Wilde

En mi opinión, los dos temas en los que los humanos nunca llegaremos a ponernos de acuerdo son la religión y la política. Se invierte tanta pasión en debatirlos, que difícilmente podremos cambiar de opinión.

Para hablar de religión, de entrada, habría que diferenciar lo que es la creencia en un poder superior, de lo que es la filiación de cada cual a una iglesia. El principio creador recibirá distintos nombres de acuerdo con la doctrina que una persona profese, pero en esencia es lo mismo. Hablamos de una entidad que está fuera de nuestro alcance como humanos. Puede ser Yahvé de los judíos; la Santísima Trinidad de los cristianos; Alá de los musulmanes; Vishnú para los hinduistas, o el eterno principio de los seguidores de Buda. Un principio superior a nuestra condición humana en el cual depositamos la absoluta confianza.

Con relación a las religiones, la cosa cambia. Estas representan las formas en las que interpretamos ese principio creador, las diversas maneras de aproximarnos a él, de reconocerlo, rendirle tributo y actuar conforme a aquello que nos dictan los cánones de nuestra propia iglesia. En lo que a religiones cristianas se refiere, me gusta imaginar que todos convergiremos en un destino final único, y que avanzamos como equipos, y que a cada equipo lo distingue su color de camiseta, distinto al color que portan los otros equipos, nada más.

Las expectativas frente a un poder superior son de lo más variadas: Dependen del temperamento de cada individuo, de la formación familiar y religiosa que haya recibido, así como del momento que está viviendo. Hablando propiamente de religiones, no es el mismo el Dios de alguien que nació bajo cierta denominación, que del converso que da testimonio con desbordante entusiasmo. No es el mismo el Dios del templo ante el cual no corresponde más que inclinar la cabeza para adorarlo, que el Dios del campo que se muestra a través de imágenes, sonidos y exultantes maravillas. No es el mismo el Dios de la figura severa que se impone con amenazas, que el de los niños pequeños y de Sabines, un amigo con el cual podemos travesear. Finalmente, no es el mismo mi Dios íntimo que me acompaña cuando busco entender su obra, que aquel ante el que se llega a orar a punto de levitación cada domingo, pero al cual olvidamos en cuanto ponemos un pie fuera del recinto sagrado.

En lo personal me tranquiliza la convicción de que hay un poder superior, poseedor de una razón para cada evento que toca mi vida. Un ser al que, cuando algo resulta contrario a lo deseable, le pido luz para entender y fortaleza para conducirme. Un gran señor en cuyas manos deposito mi confianza plena, como hace un niño pequeño en brazos de su padre.

Tengo un amigo muy querido que se proclama ateo, postura que defiende en toda circunstancia. Ello resulta en interesantes debates por las diferencias de opinión, más cuando se agrega al mismo un tercero, fiel católico practicante. Visualizo su camino bastante dificultoso, pues a ratos ha de sentirse como un atlante con todo el peso del mundo encima, sin tener dónde tomar un respiro. Entiendo que él, como científico, busca entender a Dios antes de considerar la posibilidad de creer en su existencia. A sus ojos las maravillas que nos rodean son el resultado matemático de una secuencia de eventos fisicoquímicos, así, de un modo frío, sin la hermosura de una inspiración divina, que infunda su ánima en cada uno de los fenómenos de la naturaleza, para convertirlos en milagros. Su escepticismo de ateo se basa en la razón pura, la que determina que aquello que no puede comprobarse científicamente, no existe. Me temo que habrán de ser difíciles sus horas de incertidumbre, de dolor, de enfermedad, cuando habrá de sentirse muy solo, al no hallar a nadie más fuerte que él para apoyarse, consolarse y descargar su dolor. Pido a mi Dios por él, aunque sé que acogerá mi súplica con singular ironía. Pido porque algún día, quizás ante una eventualidad mayor, que lo lleve en búsqueda de respuestas, vuelva sus ojos hacia su propio interior, y descubra en las fibras de su corazón, un Dios que vive en cada latido, como principio impulsor de la vida. Una vida que nos permite acoger las dificultades terrenas que todos habremos de enfrentar, tarde o temprano, con la mansedumbre de un hijo, que sabe que a él le toca poner su mayor esfuerzo, y ya Dios se encargará del resto. En la confianza de que nuestro fin último como humanos, no radica a dos metros bajo tierra, sino que, movidos por la fe, estemos en capacidad de acatar los rigores de esta vida, con la esperanza de que valió la pena hacerlo.


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08 Septiembre 2019 04:00:00
Tu derecho, mi derecho
Mediante un pequeño ejercicio de autocrítica, he concluido que debería de escribir un libro intitulado: “Memorias de supermercado”. Cualquier sitio público atrapa mi atención, como un gran foro en el cual los humanos interactuamos tal cual somos, sin embargo, lo que observo en el supermercado resulta todavía más representativo de nosotros como sociedad. A la tienda van los pobladores de una localidad, cada uno con sus propias características, a volcar en esos largos pasillos su particular quinta esencia, que les vuelve seres únicos sobre el planeta.

Llamaremos a nuestro personaje “Chica X”. El primer contacto que tuve con ella fue en el estacionamiento de la tienda. Estoy estrenando un vehículo semi-seminuevo, por cierto, muy bien cuidado, de modo que me estaciono lejos de las puertas de acceso, tratando de evitar un rayón. Semi-seminuevo, pues me lo pasó un familiar, quien a su vez lo adquirió en una agencia como seminuevo, lo que da pie al juego de palabras.

Mi afán de cuidar la pintura de la carrocería implica atravesar todo el estacionamiento. Delante de mí iba una vagoneta Avanza color arena. Para cuando llegué a la puerta de la tienda, se había estacionado en un cajón azul, muy próximo a la entrada. Traía placas que indican que su propietario tiene discapacidad, hasta ahí todo bien. Del vehículo descendió una mujer en sus treintas, bien arreglada, en tacones altos. Supuse que llegaba para recoger de la tienda a su madre o a su abuela; no imaginé que las cosas pudieran ser de otra manera. Acto seguido, Chica X avanzó a grandes zancadas para tomar un carrito de supermercado. Luego de traspasar el umbral de entrada, giró a la izquierda hacia frutas y verduras, y así, una detrás de la otra, comenzamos a recorrer departamentos y pasillos, desde arroz y aceite vegetal, hasta salchichonería. Por más que esperaba verla “renquear” –como decimos por acá-, eso nunca ocurrió. Volvimos a coincidir en las cajas, y –con franqueza- ella seguía luciendo tan sana y entera como en un principio, la discapacidad no se hizo evidente en absoluto.

Vinieron a mi mente una serie de ideas, como bólidos que pasan dejando un leve rastro, que, si no aprehendemos de inmediato, se habrán ido para siempre. Quiero creer que Chica X tiene un familiar con discapacidad, y por ello la camioneta tiene placas con el logo correspondiente. Vaya, porque ahora recuerdo el caso de un jovenazo que utilizaba placas de discapacidad en un convertible deportivo, en el que, si por azares del destino alguien de mi edad subiera, no vuelve a salir ni con abrelatas. Pero no, no quiero pensar mal, ella debe de tener un familiar que, en un momento dado, requiere estacionarse en los cajones que garantizan el fácil acceso a un edificio. Surge una nueva duda: Entonces, si ella sabe lo que sufre su propio familiar con discapacidad, ¿cómo es que le falta la sensibilidad como para dejar libres dichos cajones, para quien verdaderamente los necesita?...

Me resistía a aceptarlo de entrada, pero tuve que reconocer algo que nos caracteriza a los mexicanos. La Chica X utiliza un espacio que en ese momento no necesita. Lo hace amparada por un símbolo que se lo permite. No habrá poder humano que la quite de ahí. Ella hace uso de un privilegio que en ese momento no le corresponde. Supongo que actúa así, porque no tiene la conciencia ciudadana para hacerlo de otra manera. Quien cuenta con un familiar con discapacidad, conoce las dificultades que implica tener que caminar mayores distancias. En dicho caso, si hoy Chica X no trae a ese familiar con discapacidad, evitaría hacer uso de un cajón que en ese momento no necesita. Amén del logo del vehículo.

Visto en términos prácticos, el problema es muy simple: Prevalece mi derecho a la comodidad sobre tu legítimo derecho por motivos de salud. Lo mío está antes que lo de los demás, independientemente del peso específico de uno y otro. No actúo con base en un principio de conciencia, sino valiéndome de un artilugio para mi personal confort.

Ahora bien, ¿vamos a colocar un policía en cada cajón de estacionamiento para garantizar que se actúe de manera debida? ¿Qué quien se estaciona sepa hacerlo bien, para que no raye mi semi-seminuevo? ¿Qué quien trae logo que indica discapacidad haga buen uso de este? La solución no radica en vigilar y sancionar, sino en crear conciencia. Ser empáticos con las necesidades de los demás, sacrificar un ápice de comodidad en aras de facilitar la vida de quienes –de suyo-, la tienen bastante más difícil.

El cambio que requiere México se dará a través de un proceso educativo de raíz, en el hogar, mediante el ejemplo. Que los principios de casa sean sólidos, para salir a enfrentar un mundo de paradojas, en donde la indolencia se viste de poder.

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01 Septiembre 2019 04:00:00
La pieza faltante
Las imágenes poblaron pantallas de todo tipo y dimensiones: Como ha sucedido con anterioridad en la Ciudad de México, esta vez tocó a Monterrey y su zona conurbada, sufrir por la presencia de verdaderos ríos de agua sucia que anegaron importantes vías de circulación. El escenario se antojaba como sacado de una cinta postapocalíptica, algunos vehículos eran llevados por la corriente de agua, en tanto otros apenas alcanzaban a mostrar sus techos, inmóviles en aquel cúmulo de agua. La primera pregunta: ¿Cómo estarán los ocupantes de esos vehículos?..

Me comuniqué con algunos amigos que viven en aquella urbe para comprobar que se hallaran en buenas condiciones. Pilar, una querida amiga y colega, lo resumió de la manera más simple (transcribo): “Llovió 2-3 horas y todo inundado, el caos vial increíble. Es que como siempre, el desagüe no funciona, o se tapa, pero siempre es igual”.

En situaciones como esta, llego a sospechar que, en el proceso de conformación de los mexicanos -como si de un rompecabezas se tratara-, se extravió una pieza. Una pieza llamada “lógica”, cuya falta nos genera tantos problemas. Veamos lo siguiente:

La basura de los hogares es de tipo orgánico e inorgánico. De esta última hay basura reciclable a base de cartón, vidrio o PET. Toda ella puede ser recogida por los servicios urbanos de limpieza. Sin embargo, hay otro tipo de basura, como son ropa, llantas, electrodomésticos y cacharros, hasta perros o gatos muertos, que la gente lanza al lecho de canales de desagüe. Esta se junta con la basura “hormiga”, que tiran los ciudadanos mientras caminan o van dentro de un vehículo, y a causa de ambos tipos de basura, esos sistemas de desagüe se taponan, y dejan de funcionar. Es una cuestión lógica que no medimos cuando terminamos de consumir la bebida o la fritura, y arrojamos los envases a la vía pública, tal vez animados por aquello de “qué tanto es tantito”. Sin embargo, ese tantito individual de toda una ciudadanía, genera un problema de dimensiones mayúsculas. La situación se agrava, pues además de lo referido, tenemos una costumbre inveterada, tan mexicana como los sombreros de charro: Salir de casa equivale a ir comiendo o bebiendo algo, como si fuera manda. Al doblar la esquina, los adultos se detienen en el primer puesto de bocadillos para aprovisionar al chamaco con algo que le lleve a mover la quijada durante toda la mañana o la tarde, según sea el caso. De esta manera los problemas de salud, así como los de basura urbana, se disparan. Eso sí, al momento cuando ocurren los taponamientos del drenaje pluvial, de inmediato culpamos al gobierno. Yo me pregunto, ¿es acaso el gobierno responsable de lo que ocurre?...

Otro caso en donde aplica esa misma falta de lógica ocurrió hace unos días en un plantel de CONALEP en Hermosillo: Un alumno es captado golpeando a otro. El agresor se halla de pie y el agredido sentado en su lugar. Se volvió viral en redes, porque la madre del agresor acudió al plantel a pedir que se retirara el video de redes sociales, porque pone en riesgo a su hijo. En esta película hay alguien que no aprendió en secundaria la Tercera Ley de Newton, que dice que a cada acción corresponde una acción de igual intensidad, pero en sentido contrario. Alguien no asimiló aquello que habla sobre las consecuencias lógicas de los actos. Esto es, si yo hago algo indebido, no es lógico esperar un premio. Si mi hijo ataca a un compañero de clase, no es lógico suponer que todo siga como si nada. Cierto, la corrupción y la impunidad dentro de nuestro sistema son un atentado contra la lógica elemental que, por desgracia, muchas de las veces se vuelve ley. Pero ello no da carta de naturalización al delito.

En ocasiones pretendemos manejarnos privilegiando el quién soy por encima del cómo actúo. Y cuando mis actos tienen consecuencias que después no me agradan, me propongo que la Tercera Ley de Newton se reedite, para conseguir resultados distintos como respuesta a mi conducta alejada del orden público.

En el caso de los taponamientos al sistema hidráulico: Los mexicanos privilegiamos lo inmediato en detrimento de lo perdurable. Lo fácil sobre lo dificultoso. Lo cómodo por encima de lo correcto. Estamos muy lejos de conseguir la conformación de una gran comunidad que participe y coopere haciendo lo justo, no más ni menos. Más bien actuamos como un conjunto desorganizado de islas donde cada una de ellas espera sacar beneficio de las demás.

La grandeza de los pueblos parte de las pequeñas acciones de sus ciudadanos. Cuidar, proteger y no dañar, acciones emprendidas por cada uno, derivarán en un panorama distinto para todos. Todo ello comenzará a suceder a partir de cuando logremos asimilarlo como un modo de vivir que sí funciona.

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25 Agosto 2019 04:00:00
Detrás de la intolerancia
El pasado día 23 se conmemoró por primera ocasión el Día Internacional de las Víctimas de Violencia, Motivada por la Religión o las Creencias. Buen momento para revisar la intolerancia, conducta creciente en nuestros tiempos.

A lo largo de la historia hay ejemplos de masacres que comparten este mismo origen, aunque en general suelen asociarse además factores económicos. En “Imagine”, John Lennon esboza el ideal de humanidad. Para 1971, año del lanzamiento de la canción, aquello de “Imagine there’s no heaven” habrá resultado una herejía, aun cuando Lennon se refiere con ello a abolir esas diferencias absurdas, que llevan a enfrentarse entre hermanos, por razón de sus credos. Y de aquí partimos para nuestra revisión:

Una cosa es el concepto de Dios, y otra muy distinta es la religión. No necesariamente se corresponden uno a otra. Dios, Jehová, Mahoma o Visnú, simbolizan la figura del eterno principio, el ideal que persigue el hombre sobre la tierra.  Conceptos como el amor al prójimo, el servicio a los demás, y la no violencia son elementos que –al menos en teoría—comparten las distintas doctrinas religiosas. El “qué” es el mismo, sin embargo, en el “cómo” surgen las diferencias. Diferencias que han desencadenado grandes guerras.

Ciñéndonos al apasionamiento que produce la propia convicción religiosa, y dejando de lado cualquier otro elemento que pudiera influir en los conflictos por la fe, habría que tratar de entender qué lleva a un individuo a abrazar de ese modo una convicción religiosa, al grado de ser capaz de atentar contra la vida de quienes tienen creencias distintas.

Detrás de todo fanatismo hay una fórmula en desequilibrio. Cuando se deposita todo, en una figura más allá de la propia persona, se corre el riesgo de no percibir los límites entre el bien y el mal. El no comprender que atacar a otro ser humano es un delito, indica que algo está fallando en el interior de esa persona.

A lo largo de la historia están los ejemplos de adoctrinamiento masivo que pagaron un alto coste en vidas humanas. Sin ir más lejos tenemos el nazismo, que llevó a un convencimiento a gran escala acerca de la aniquilación de individuos de ascendencia judía. Hitler condensó creencias deshilvanadas del imaginario colectivo, que sugerían que las desgracias que sufría Alemania tras su derrota en la Primera Guerra Mundial se debían a la presencia de judíos, por lo que era menester deshacerse de ellos. Fue así, con esa promesa de limpieza étnica, como Hitler, que había luchado en el frente de batalla en la Primera Guerra, asumió el poder absoluto en 1934. La población necesitaba con urgencia un líder portentoso en el cual creer, lo que le valió al líder para posicionarse como un dios ante el proletariado, el cual deseaba salir de las condiciones económicas que imponían, tanto la posguerra, como la recesión económica de finales de los años veinte.

Desde allá nos podemos trasladar hasta nuestros tiempos, para descubrir que detrás de cada atentado contra templos y creyentes de otras denominaciones, se identifican dos elementos: La creencia vital en un poder superior ante el cual complace rendirse, y la necesidad de justificar dicha pertenencia al clan, mediante acciones significativas. Es así como un adolescente de 14 años no duda en adosarse una carga de explosivos al cuerpo, para emprender un ataque suicida. Está convencido de que así satisface a esa figura poderosa que promete premiar su lealtad. Y es del mismo modo, como muchos jovencitos occidentales se afilian a grupos subversivos de oriente que les adoctrinan. O bien, chicos solitarios que, desde su aislamiento, van construyendo historias que les doten de una razón para existir. Lo hacen con elementos tomados de aquí y allá, que los llevan a buscar su propio sitio en el escenario histórico, y de acuerdo con lo que aman o detestan, se van llenando de odio por todo lo que sea distinto, o que no cumpla con el ideal que han imaginado. No dudan un momento, pues, en salir y destruir esos elementos contrarios.

Dicho odio es el ancla que impide que su nave emocional se vuelque en el inmenso océano de la vida. Aunque –hay que decirlo- esa sensación es transitoria, puesto que, si el origen de todo es un desequilibrio emocional, la aparente estabilidad se pierde y la nave finalmente se va a pique.

Detrás de la intolerancia hay dolor y falta de adaptación. Se actúa desde el apasionamiento, en defensa del ideal que su mente ha concebido. Por desgracia nuestro mundo produce niños solos, carne de cañón para activar dicho mecanismo.

Honremos a las víctimas, pero sobre todo actuemos. Hagámoslo por el fomento a la paz, independientemente de dónde provengan nuestras convicciones personales. Ya lo dijo Gandhi: Dios no tiene religión.

https://contraluzcoah.blogspot.com/
18 Agosto 2019 04:00:00
Hasta el corazón
A los mexicanos nos asalta la ceguera de la costumbre. Dejamos de percatarnos de las riquezas de nuestro territorio, la diversidad de ecosistemas, desde Tijuana hasta Tuxtla Gutiérrez, pasando por cordilleras, montes, valles, volcanes, costas y mesetas. Además de la flora y fauna que vuelven esta variedad de suelos una maravilla capaz de provocarnos el regocijo más hondo.

Viajar es una excelente oportunidad para tomar conciencia de esas maravillas naturales que, en el extranjero que nos visita, provocan un asombro particular. Ir a otras latitudes nos permite atestiguar de manera directa los esfuerzos que se llevan a cabo por preservar dichos ecosistemas.

Voy regresando de un venturoso viaje por el estado de Jalisco. El pasar de nuestras amadas arideces norestenses a la exuberancia de montañas y trópicos hacia las costas de Jalisco y Nayarit, es llenar las pupilas de imágenes, olores, sonidos y sabores que se recrean una y otra vez para recordar lo bendecidos que somos como mexicanos.

El principal propósito de mi viaje se cumplió a cabalidad: Reunirme con esa parte de la familia con la cual el factor distancia no permite convivir de manera directa. No estuvimos todos, pero sí una buena parte, lo que representa vivencias preciosas que se atesoran para siempre. La otra parte, --turística—se vio cumplida con creces. Unos días en la Riviera Nayarita recargan las pilas para un buen rato. En particular, de todo lo vivido durante esa estancia, hay un momento que hoy deseo compartir con ustedes:

Desde el octavo piso del condominio que ocupamos en Nuevo Vallarta, la vista era fabulosa: El amanecer con sus incipientes amarillos difusos, y su luna azul y grande que desaparecía a corta distancia sobre el nivel del mar, como si se fugara. Los atardeceres luminosos, que se negaron a vestirse de escarlata en todos esos días. El vaivén de las olas que parecían enrollarse cada una sobre sí misma, para luego romper en carcajadas espumosas y blancas. La placidez de la arena clara, donde a primera hora aparecía un tlacuache insomne en busca de alguna mínima presa para desayunar antes de dormir. Algún cangrejo pequeño nunca volvió a su agujero, a causa del desordenado marsupial. Las aves marinas en todas sus variedades, las golondrinas de alas de charol y vientre amarillo haciendo giros y piruetas; los pelícanos solemnes y calmos, aislados o en grupos de hasta cuatro. Las gaviotas y aves zanconas, cada cual explorando su propio nicho. En fin…

Lo que me cautivó de manera particular fue lo ocurrido en la tarde del tercer día: Desde el balcón comenzamos a observar que las personas sobre la playa se iban alineando a uno y otro lado de lo que se veía como un bulto gris, mismo que de manera ocasional se movía, levantando algo de arena. Pronto descubrimos que se trataba de una tortuga en proceso de desove. Rápidamente nos integramos al grupo de paseantes de todas las edades, que de la manera más respetuosa observaban en silencio aquel milagro de vida.

No alcanzan las palabras para describir la emoción que me embargó mientras observaba a la hembra, agotada por el esfuerzo, tomando aire, pujando para liberar parte de los huevos, y en seguida cubrir con arena que movilizaba con sus patas traseras, aquella camada. Descansaba un poco, para volver a emprender la misma tarea una y otra vez. Sentí una conexión especial con ella, con su esfuerzo que bien podía costarle la vida, y con su firme propósito de colocar a su progenie en condiciones tales, de asegurar su supervivencia. Terminado el proceso de desove, apisonó la arena con sus gruesas patas, con tal fuerza, que se escuchaban los golpes contra la arena. Como pediatra habré asistido a varios miles de nacimientos, la diferencia entre aquellos y esto es que mi presencia junto a la fatigada madre ahora era de simple observadora. No me correspondía hacer otra cosa que sintonizarme con su encomienda y asombrarme con toda la emoción puesta en ello, por su enorme esfuerzo.

Hay que reconocer y aplaudir la actitud de todos los observadores, en silencio, respetuosos. Todos sintiéndonos afortunados por ser parte de aquel momento. Se contó con la presencia de una bióloga del programa de Conservación y Protección de la Tortuga, quien vigiló en todo momento que nuestra presencia no obstaculizara la tarea del desove.

Cada vez que pedimos una bolsa de plástico. Cada vez que abusamos de vasos y platos desechables. Cada vez que tiramos a la basura la malla plástica de los “six” de cerveza o refresco, sin antes cortar cada uno de los anillos que sostuvieron las latas, estamos dañando al ecosistema marino, entorpeciendo su función, siendo que nos corresponde crear conciencia de nuestro papel. Enseñar a los niños con nuestro vivo ejemplo, el orgullo de ser mexicanos.

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18 Agosto 2019 03:49:00
Hasta el corazón
A los mexicanos nos asalta la ceguera de la costumbre. Dejamos de percatarnos de las riquezas de  nuestro territorio, la diversidad de ecosistemas, desde Tijuana hasta Tuxtla Gutiérrez, pasando por cordilleras, montes, valles, volcanes, costas y mesetas. Además de la flora y fauna que vuelven esta variedad de suelos una maravilla capaz de provocarnos el regocijo más hondo.

Viajar es una excelente oportunidad para tomar conciencia de esas maravillas naturales que, en el extranjero que nos visita, provocan un asombro particular. Ir a otras latitudes nos permite atestiguar de manera directa los esfuerzos que se llevan a cabo por preservar dichos ecosistemas. 

Voy regresando de un venturoso viaje por el estado de Jalisco. El pasar de nuestras amadas arideces norestenses a la exuberancia de montañas y trópicos hacia las costas de Jalisco y Nayarit, es llenar las pupilas de imágenes, olores, sonidos y sabores que se recrean una y otra vez para recordar lo bendecidos que somos como mexicanos.

El principal propósito de mi viaje se cumplió a cabalidad: Reunirme con esa parte de la familia con la cual el factor distancia no permite convivir de manera directa. No estuvimos todos, pero sí una buena parte, lo que representa vivencias preciosas que se atesoran para siempre. La otra parte, --turística—se vio cumplida con creces. Unos días en la Riviera Nayarita recargan las pilas para un buen rato. En particular, de todo lo vivido durante esa estancia, hay un momento que hoy deseo compartir con ustedes:

Desde el octavo piso del condominio que ocupamos en Nuevo Vallarta, la vista era fabulosa: El amanecer con sus incipientes amarillos difusos, y su luna azul y grande que desaparecía a corta distancia sobre el nivel del mar, como si se fugara. Los atardeceres luminosos, que se negaron a vestirse de escarlata en todos esos días. El vaivén de las olas que parecían enrollarse cada una sobre sí misma, para luego romper en carcajadas espumosas y blancas. La placidez de la arena clara, donde a primera hora aparecía un tlacuache insomne en busca de alguna mínima presa para desayunar antes de dormir. Algún cangrejo pequeño nunca volvió a su agujero, a causa del desordenado marsupial.  Las aves marinas en todas sus variedades, las golondrinas de alas de charol y vientre amarillo haciendo giros y piruetas; los pelícanos solemnes y calmos, aislados o en grupos de hasta cuatro. Las gaviotas y aves zanconas, cada cual explorando su propio nicho. En fin…

Lo que me cautivó de manera particular fue lo ocurrido en la tarde del tercer día: Desde el balcón comenzamos a observar que las personas sobre la playa se iban alineando a uno y otro lado de lo que se veía como un bulto gris, mismo que de manera ocasional se movía, levantando algo de arena. Pronto descubrimos que se trataba de una tortuga en proceso de desove. Rápidamente nos integramos al grupo de paseantes de todas las edades, que de la manera más respetuosa observaban en silencio aquel milagro de vida.

No alcanzan las palabras para describir la emoción que me embargó mientras observaba a la hembra, agotada por el esfuerzo, tomando aire, pujando para liberar parte de los huevos, y en seguida cubrir con arena que movilizaba con sus patas traseras, aquella camada. Descansaba un poco, para volver a emprender la misma tarea una y otra vez. Sentí una conexión especial con ella, con su esfuerzo que bien podía costarle la vida, y con su firme propósito de colocar a su progenie en condiciones tales, de asegurar su supervivencia. Terminado el proceso de desove, apisonó la arena con sus gruesas patas, con tal fuerza, que se escuchaban los golpes contra la arena. Como pediatra habré asistido a varios miles de nacimientos, la diferencia entre aquellos y esto es que mi presencia junto a la fatigada madre ahora era de simple observadora. No me correspondía hacer otra cosa que sintonizarme con su encomienda y asombrarme con toda la emoción puesta en ello, por su enorme esfuerzo.

Hay que reconocer y aplaudir la actitud de todos los observadores, en silencio, respetuosos. Todos sintiéndonos afortunados por ser parte de aquel momento.  Se contó con la presencia de una bióloga del programa de Conservación y Protección de la tortuga, quien vigiló en todo momento que nuestra presencia no obstaculizara la tarea del desove.

Cada vez que pedimos una bolsa de plástico. Cada vez que abusamos de vasos y platos desechables. Cada vez que tiramos a la basura la malla plástica de los “six” de cerveza o refresco, sin antes cortar cada uno de los anillos que sostuvieron las latas, estamos dañando al ecosistema marino, entorpeciendo su función, siendo que nos corresponde crear conciencia de nuestro papel.  Enseñar a los niños con nuestro vivo ejemplo, el orgullo de ser mexicanos.
11 Agosto 2019 04:00:00
El germen del odio
Noticias de alto impacto: Un día es en un centro comercial de El Paso, Texas; unas horas después en cierto sector turístico de Dayton, Ohio. Días antes en un festival en California. Personas que salieron de casa dispuestas a comprar los materiales escolares de sus hijos, o bien a divertirse, nunca volvieron.

Los autores intelectuales de estos crímenes habrán de ocupar un sitio en la galería de famosos criminales de la historia. Lamentable, pero algunos de ellos no tendrán en su vida otro mérito que los distinga, su perfil suele corresponder a niños y jóvenes grises, que pasan inadvertidos para el resto, desde que entran al jardín de niños. Unos cuantos provienen de hogares con alta violencia, donde la comunicación se da más con golpes que con palabras.

Esa carga de odio que lleva a un joven a disparar a mansalva tiene un núcleo generador. Lothar Knauth, investigador por la UV, establece que la xenofobia inicia al momento en que llegan individuos de raza aria a colonizar diversas regiones del Continente Americano. Es a partir de entonces cuando surge el término “castas” para denotar relaciones de poder, sobre las cuales se va levantando la estructura social de nuestro continente. En países como México el mestizaje ocurre de un modo afortunado, aunque no deja de haber sus diferencias, colocando por encima a los colonizadores.

Ahora bien, ¿cómo se forma el corazón de ese veinteañero que planea detalle a detalle el ataque, en contra de civiles que ni siquiera conoce? La historia nos ha relatado casos de familias supremacistas, en las que padres e hijos actúan movidos por los mismos principios. Contrario a ello, lo que vemos últimamente tiene como autores a chicos solitarios, marginados de los grupos sociales, que llenan su aislamiento con tecnología. En ese universo creado entre ellos y sus aparatos, sienten ejercer un dominio.

Pudiéramos decir que, más que hijos de la violencia familiar, son hijos de la indiferencia. Muchas veces provienen de hogares disfuncionales, de familias compuestas que no se han organizado para apoyar a cada uno de los hijos como se requiere. El otro perfil es el del joven de clase acomodada, padres ocupados, que descargan su responsabilidad de formadores en el sistema escolar o en la iglesia. En ambos casos son niños solos, que no se identifican con los valores de su entorno. En su necesidad de identificación y pertenencia, recurren a las redes sociales, deseando encontrar alguien con quien identificarse y sentirse vivo.

…Muchas veces ese sentirse vivo implica matar a otros, y así vivir la euforia del poder frente a un mundo que los trata de forma indiferente. Así en ello les vaya la vida.
11 Agosto 2019 04:00:00
El germen del odio
Noticias de alto impacto: Un día es en un centro comercial de El Paso, Texas; unas horas después en cierto sector turístico de Dayton, Ohio. Días antes ocurrió en un festival popular en California. Personas que salieron de su casa dispuestas a comprar los materiales escolares de sus hijos, o bien deseosas de divertirse, quizá convivir con familiares y amigos en un restaurante, nunca volvieron. Fueron muertos a mansalva por los disparos de un individuo quien, de ese modo, buscó liberar la carga de odio que lleva dentro.

Los autores intelectuales de estos crímenes habrán de ocupar un sitio en la galería de famosos criminales de la historia. Lamentable, pero algunos de ellos no tendrán en su vida otro mérito que los distinga, su perfil suele corresponder a niños y jóvenes grises, que pasan inadvertidos para el resto, desde que entran al Jardín de Niños. Unos cuantos provienen de hogares con alta violencia, donde la comunicación se da más con golpes que con palabras.

En los casos que nos ocupan se han emprendido las investigaciones correspondientes. En el de Texas se habla de un asesino solitario provisto de un rifle de alto poder, que comenzó a recorrer pasillos disparando. Según los relatos de testigos fortuitos, se enfocó a atacar a personas de piel morena los mal llamados “hispanos” o “latinos”, dejando una veintena de personas muertas.

Cuando ocurren hechos como estos, es el momento en que comienzan a tomarse cartas en el asunto, a rastrear redes sociales para descubrir que había expresiones de odio racial desde tiempo atrás, que nadie tomó muy en serio.

Jordi Évole, columnista del diario La Vanguardia, describe la frontera entre Ciudad Juárez y El Paso como dividida por una cicatriz que separa ambas ciudades para siempre, siendo que alguna vez fueron hermanas. Hay factores geopolíticos y económicos que las dividen de manera dolorosa, a pesar de que entre ambas ha habido un riego sanguíneo común, que ha generado elementos que la vuelven única.

Esa carga de odio que lleva a un joven—tantas veces un adolescente, recordemos el caso de Columbine—a disparar a mansalva tiene un núcleo generador. Lothar Knauth, investigador por la UV, establece que la xenofobia inicia al momento en que llegan individuos de raza aria a colonizar diversas regiones del Continente Americano. Es a partir de entonces cuando surge el término “castas” para denotar relaciones de poder, sobre las cuales se va levantando la estructura social de nuestro continente. En países como México el mestizaje ocurre de un modo afortunado, aunque no deja de haber sus diferencias, colocando por encima a los colonizadores. En Norteamérica esas diferencias son más marcadas, y se acentúan a raíz de la Guerra Civil, a mediados del siglo diecinueve. En particular con el advenimiento del movimiento denominado Ku klux klan, que promueve la supremacía aria, entre otros elementos. Dicho movimiento surgió al término de la Guerra Civil, y sigue presente en algunas regiones de la Unión Americana.

Ahora bien, ¿cómo se forma el corazón de ese veinteañero que planea detalle a detalle el ataque, en contra de civiles que ni siquiera conoce? La historia nos ha relatado casos de familias supremacistas, en las que padres e hijos actúan movidos por los mismos principios. Contrario a ello, lo que venimos viendo últimamente tiene como autores a chicos solitarios, marginados de los grupos sociales, que llenan su aislamiento con tecnología, según revelan las investigaciones que se han llevado a cabo después de las masacres. En ese universo creado entre ellos y sus aparatos, sienten ejercer un dominio, algo que allá afuera no logran. Progresivamente se van mentalizando respecto a acabar con aquellos elementos que les provocan malestar, en este caso individuos de un origen distinto al suyo, “inferior”, en su concepción particular.

Pudiéramos decir que, más que hijos de la violencia familiar, estos chicos son hijos de la indiferencia. Muchas veces provienen de hogares disfuncionales, de familias compuestas que no se han organizado para apoyar a cada uno de los hijos como se requiere. El otro perfil es el del joven de clase acomodada, hijo único o con un hermano, padres ocupados, que descargan su responsabilidad de formadores en el sistema escolar o en la iglesia. En ambos casos son niños solos, probablemente rechazados por sus pares, que no se identifican con los valores de su entorno. En su necesidad de identificación y pertenencia, recurren a las redes sociales, deseando encontrar una persona, un grupo o una ideología, con la cual identificarse y sentirse vivo.

Muchas de las veces ese sentirse vivo implica matar a otros, y así vivir la euforia del poder frente a un mundo que los trata de forma indiferente. Así en ello les vaya la vida.

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04 Agosto 2019 03:46:00
Reflexiones de pasillo
Acudí hace un par de días al supermercado. En un pasillo me encontré un niño perforando con el dedo una bolsa de azúcar. Me detuve a indicarle que no lo hiciera, y fue hasta ese momento cuando me percaté de que a cada lado del pasillo estaban sus padres. Me miraron en silencio, se vieron uno a otro, y en seguida el papá le reclamó a la mamá por las acciones del retoño. La escena transcurrió a gran velocidad, pero algo me queda claro: los padres no se habían percatado de la travesura del niño.

Sigo adelante y veo dos mujeres con indumentaria sugestiva de pertenecer a alguna de las denominaciones, que obligan a vestir de cierto modo, para evidenciar su filiación religiosa. Junto a ellas andaba un pequeñito que se les despegó y fue a estirar un “six” de refrescos que cayó estrepitosamente al suelo. La mujer mayor corrió tras él y levantó el “six”, al tiempo que lo regañaba; me alegré suponiendo que el niño sería aleccionado. Poco duró mi alegría: la mujer tomó una lata, la abrió y se la dio a beber, incluso ella le dio un sorbo. Volví a topármelas pasillos más delante, el niño se había calmado, aparecía sentado en el asiento del carrito con su refresco al lado. Como hecho adrede, volvimos a coincidir en las cajas. Para entonces la lata había desaparecido.

Parecen asuntos insignificantes, pero no lo son. Representan claros ejemplos del problema que se produce en una sociedad acostumbrada a recibir, sin la obligación de corresponder. Para ese futuro ciudadano la desobediencia civil será su estilo de vida; hallará normal actuar por encima de la ley.

Por desgracia tenemos un sistema de justicia que muchas veces no hacen ningún favor para validar la ley. Tratándose de delitos del fuero común, aun en caso de víctimas mortales, las acciones para capturar y sancionar a los autores de un crimen son pocas. Los familiares emprenden por dependencias gubernamentales un vía crucis doloroso y la mayoría de las veces inútil. En muchas ocasiones terminan ellos mismos realizando las indagatorias. Aun así, no hay garantías de que se procese a los culpables. Sucede que, o no se les consigna, o se les imputan cargos que pronto desaparecen, y quedan en total libertad.

Este modo de actuar llega a ser la burla más cruel, una suerte de charada que se monta para la foto, y se desmonta en cuanto la memoria colectiva descuida el asunto. Como los papás del primer niño, somos ciudadanos distraídos.

El tiempo de enmendar a México, con principios firmes desde casa, se nos está agotando.



28 Julio 2019 04:00:00
Las mejores vacaciones
Estoy segura de que Einstein sí lo entendía. Yo llevo años devanándome los sesos para tratar de comprenderlo, pero sigo en las mismas. Sin embargo, es real: El tiempo pasa cada vez a mayor velocidad y no hay forma de frenarlo. Al principio pensé que era cuestión de la edad, entre más años vives, más rápido sientes que pasa la vida, mientras que de niños los días son eternos. Cambié de opinión cuando escuché a los jóvenes diciendo lo mismo, el tiempo pasa cada vez a mayor velocidad. Alguna influencia debe tener el comercio, sospecho. Acaba de iniciar el período vacacional, y las tiendas ya están vendiendo la mercancía de regreso a clases. Y para cuando está por arrancar el ciclo escolar, se anuncian las ventas del adoptado “Día de Brujas”, y así nos vamos hasta fin de año. He de confesar, eso de comenzar a ver arbolitos de Navidad en octubre, me resulta ofensivo, una especie de rapto que roba encanto a la temporada decembrina. Me corta la inspiración de una fecha que me encanta. Pero, en fin, el comercio lleva la voz cantante, y estoy resignada a entender que no va a cambiar. El tiempo pasa de manera veloz y hay que aprovecharlo.

Para los mexicanos las vacaciones van, desde un sábado en la alberca municipal, hasta una lujosa estancia de siete días en Dubái. Cada familia de acuerdo con sus gustos y posibilidades encuentra la manera de desconectarse de la rutina diaria y recargar pilas para los siguientes diez meses. Ejercitarnos en el arte de la simplicidad y el buen humor, es un antídoto bastante efectivo contra el estrés y los males del alma, así que hay que practicarlo tan seguido como se pueda. El verano es un excelente tiempo para hacerlo.

Cambiando de plano de profundidad, como un nadador que pasa de la superficie hacia el fondo de la piscina. Las vacaciones son el momento ideal para reconectarnos con nosotros mismos. Esta velocidad que lleva la vida, muchas de las veces nos obliga a dejar de lado nuestras cosas personales, para ocuparnos de actividades de otro tipo. Por más que organicemos nuestro día, nos la pasamos corriendo de aquí para allá, y cuando acordamos ya se nos fue la semana. Del mismo modo ocurre con la siguiente y la siguiente, hasta que descubrimos que se acabó el año, y no hemos tenido tiempo para ocuparnos de lo propio. Como si esto no mereciera un espacio en nuestra agenda personal.

En la vida de todo adulto maduro, hay un punto de inflexión: un día nos despertamos y descubrimos que, para estos momentos, es mayor el tiempo de nuestro nacimiento a la fecha, que el que haya de transcurrir de hoy a que desaparezcamos de este plano terrenal. No es cuestión de asustarnos, tan simple como esto, yo acabo de cumplir 64 años, y para nada me imagino cumpliendo 128, por más que los avances científicos me animen a creerlo. Nadie sabe en qué momento esas Moiras griegas –veleidosas y ufanas-- decidan cortar el hilo de nuestra existencia, y “kaput”, hasta ahí llegamos. O bien, tal vez sigamos con vida muchos años, pero ya no con la capacidad para un disfrute pleno.

Siendo pragmáticos, ahora que hemos descubierto que el tiempo camina a pasos agigantados, y que estamos más cerca del más allá, de lo que estuvimos ayer, el mes pasado o hace un año, trabajemos por aprovechar nuestro tiempo. Que estas vacaciones sean enriquecedoras en cuanto a visitar y reunirnos con otros, pero –igual de importante—que sean ocasión para sentarnos a meditar frente al mejor amigo que nos ofrece la vida, frente a nosotros mismos. Revisar si estamos contentos con lo que hacemos; analizar las razones por las que –a pesar de que no nos gusta—nos sentimos obligados a realizar ciertas cosas. Y lo más importante, enumerar todo aquello que siempre hemos deseado llevar a cabo, pero no nos hemos dado el tiempo para hacerlo. ¿Por qué no nos lo hemos dado? ¿Sentimos acaso que no vamos a lograrlo, o nos boicoteamos pensando que no merecemos ese goce?

Conocer personas con gustos afines a los propios. Emprender acciones que nos entusiasman. Llevar a cabo algo, por el simple gusto de hacerlo, sin tener que justificarnos ante nadie, aparte de nuestra propia persona. ¿No es válido? ¿Quién dijo que no?

Vacaciones: tiempo para dialogar con nosotros mismos. Cada uno, en la intimidad del “mí conmigo”. Sincerarnos en una lista por escrito, aunque después la destruyamos. Anotar qué hacemos, por qué lo hacemos. Qué querríamos hacer, y por qué no lo hemos hecho hasta ahora. Poner frente a los ojos el propio mundo interior, a través de la palabra escrita, es de lo más iluminador. Nos ayuda a descubrir ese “yo” agazapado a la sombra.

Antes de que lleguen los arbolitos de Navidad en octubre: ¿Cómo ven si lo intentamos?

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21 Julio 2019 04:00:00
Frente al tiempo
Hay fechas que nos marcan. En lo personal una de ellas es la del 20 de julio de 1969, cuando el hombre pisó por vez primera la luna.

Medio siglo ha transcurrido de esa transmisión de la NASA que vi con mis padres, a través de un televisor blanco y negro. Al mediodía seguíamos con atención las maniobras del Apolo 11. Tras varias horas sobre la superficie lunar, se abría la compuerta de la cápsula, de la cual vimos descender a Neil Armstrong y Edwin Aldrin.

A este viaje se siguieron algunos otros tripulados, para luego descontinuarlos y enfocar los afanes de la transportación espacial en otro sentido. La tecnología se diversifica de modos inimaginables, y aquel vetusto televisor a través del cual atestigüé la maravilla de Armstrong y Aldrin, hoy es pieza de museo.

Viene entonces la pregunta incómoda: nosotros como seres humanos, ¿estamos avanzando a la velocidad con que lo hace la tecnología? O acaso sucede, de forma paradójica, que vamos en un retroceso en lo que a humanismo se refiere. A ratos se antoja imaginar que tenían más peso específico los debates de los ateneístas de la antigua Grecia, que los contenidos de las redes sociales, hacia las cuales desarrollamos una adicción de mayor o menor envergadura, pero adicción al fin. 

Tal parece que en ese pretender estar informado y comunicado con el resto de la humanidad, terminamos extraviándonos a nosotros mismos, hasta un punto en el cual dejamos de identificarnos como individuos separados del resto de los humanos. Como si nos diluyéramos, incapaces de defender un argumento personal, concretándonos a participar a la sombra de los líderes, lanzando piedras desde lo oscurito.

En ese movimiento (casi un tic) de revisar la pantalla de nuestro aparato digital, ¿ganamos algo concreto o solamente perdemos el tiempo? Tal vez solo nos sacudimos la sensación de soledad que tanto nos atemoriza, o quizás actuemos el papel de persona interesante dentro de este mundo, en el que, según se ve, lo que cuenta es la imagen, la apariencia, la coraza, la envoltura, y no tanto el contenido real. En donde salir bien en la foto es lo más importante para trascender.

Como un examen de conciencia riguroso, vale la pena evaluar qué hicimos durante ese cúmulo de horas que la vida nos regaló desde que despertamos. Qué aprendimos, de qué manera nos enriquecimos. Y de igual modo, qué aportamos a otros, con nuestro tiempo, con nuestro entusiasmo, con actos de bondad tangibles, de esos que no se anuncian, porque en anunciarse pierden su valor.
21 Julio 2019 04:00:00
Frente al tiempo
Hay fechas que nos marcan. En lo personal una de ellas es la del 20 de julio de 1969, cuando el hombre pisó por vez primera la luna. De tal magnitud hay algunas más que podría enumerar: 22 de noviembre de 1963, asesinato de Kennedy; 2 de octubre de 1968, matanza de Tlatelolco; 23 de marzo de 1994, asesinato de Colosio; 11 de septiembre del 2001, ataque a las Torres Gemelas en Nueva York. Para cada uno de nosotros, habrá eventos mundiales que lo marcaron, y así pasen muchos años, no olvidará dónde se encontraba y qué hacía cuando eso ocurrió.

Medio siglo ha transcurrido de esa transmisión de la NASA que vi en compañía de mis padres, a través de nuestro televisor blanco y negro, el único aparato que había en casa. Dicho domingo de julio, al filo del mediodía seguíamos con atención las maniobras del Apolo 11. Después de varias horas sobre la superficie lunar, finalmente se abría la compuerta de la cápsula, de la cual vimos descender a Neil Armstrong y Edwin Aldrin. Sus movimientos eran lentos y torpes, en parte por lo complicado de la vestimenta, así como por la diferencia de gravedad del satélite con relación a nuestro planeta. Se movían como muñequitos, para conseguir aquello que tantas veces habría soñado el francés Julio Verne, un siglo antes, según asentó en su novela De la tierra a la luna en voz del temerario Impey Barbicane: Acaso nos esté reservada la gloria de ser los colonos de este mundo desconocido.

Mucho se ha avanzado en ciencia y tecnología desde que el Apolo 11 tocó suelo lunar. A este viaje se siguieron algunos otros tripulados, para finalmente descontinuarlos y enfocar los afanes de la transportación espacial en otro sentido. La tecnología se diversifica de modos inimaginables, y aquel vetusto televisor blanco y negro a través del cual atestigüé la maravilla de Armstrong y Aldrin, hoy es pieza de museo.

Viene entonces la pregunta incómoda: Nosotros como seres humanos, ¿estamos avanzando a la velocidad con que hace la tecnología? O acaso sucede, de forma paradójica, que vamos en un retroceso en lo que a humanismo se refiere. A ratos se antoja imaginar que tenían más peso específico los debates de los ateneístas de la antigua Grecia, que los contenidos de las redes sociales, hacia las cuales desarrollamos una adicción de mayor o menor envergadura, pero adicción al fin. Tal parece que en ese pretender estar informado y comunicado con el resto de la humanidad, terminamos extraviándonos a nosotros mismos, hasta un punto en el cual dejamos de identificarnos como individuos separados del resto de los humanos. Como si nos diluyéramos, incapaces de defender un argumento personal, concretándonos a participar a la sombra de los líderes, lanzando piedras desde lo oscurito.

En ese movimiento -casi un tic- de revisar constantemente la pantalla de nuestro aparato digital, ¿en realidad ganamos algo concreto?, ¿o solamente perdemos el tiempo? Tal vez solo nos sacudimos la sensación de soledad que tanto nos atemoriza, o quizás actuemos el papel de persona interesante dentro de este mundo. Un mundo en el que -según se ve-, lo que cuenta es la imagen, la apariencia, la coraza, la envoltura, y no tanto el contenido real. En donde salir bien en la foto es lo más importante para trascender.

Como un examen de conciencia riguroso, vale la pena, al término del día, evaluar qué hicimos durante ese cúmulo de horas que la vida nos regaló desde que despertamos. Qué aprendimos, qué hicimos de provecho, de qué manera nos enriquecimos. Y de igual modo, qué aportamos a otros, con nuestro tiempo, con nuestro entusiasmo, con actos de bondad tangibles, de esos que no se anuncian, porque en anunciarse pierden su valor. Terminar el día satisfechos de ir a la cama hoy, siendo mejores personas que ayer. No porque alguien dijo que lo somos, no porque en la foto aparentamos serlo. Ser mejores personas porque fuimos capaces de hacer algo más que ayer, a favor de nuestro universo.

Esta es una fecha para dar gracias al cielo por tantas bendiciones: Una familia con la cual se comparten eventos como la llegada del hombre a la luna. Una casa y un televisor para verlo de manera cómoda. Cinco sentidos para apreciarlo y para comunicar esa emoción con los seres queridos. Una mente para expandir nuestros conocimientos tanto como nos lo propongamos. Un corazón para conectarnos, y sobre todo para trascender. Para ser en esta vida, más allá de nosotros mismos, algo para los demás. Sobre todo, para quienes más puedan necesitarlo.

Felices momentos aquellos que se evocan con una sonrisa, aunque haya pasado medio siglo. Momentos mágicos que nos marcan de manera favorable y para siempre. Como diría Verne, para ser los colonos de este mundo desconocido, en que nos ha tocado vivir.

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14 Julio 2019 04:00:00
Reflexión
Hay un gran libro de Sergio Ramírez: “Infancia es destino”. El autor –psicoanalista—hace una minuciosa disección de los elementos históricos que modulan la conducta del individuo y, por ende, establecen el comportamiento de las sociedades. Luego llega Mauriac a reafirmarnos que es, primordialmente en las entrañas del hogar, donde dicho proceso comienza. Ya que, según señala él, en la paráfrasis con que inicio, la infancia es el todo de una vida, pues ella nos da la llave (para vivirla).

Cada vez son más países, en particular de la Unión Europea, donde los niños comienzan a escasear. Las generaciones jóvenes empujan a las maduras, y estas hacen lo necesario para llegar a la tercera y cuarta edad en condiciones apropiadas. Se cuidan, de modo que su expectativa de vida va en aumento. En nuestro continente la pirámide poblacional se ha invertido, la idea de tener hijos es menor entre jóvenes, y el concepto de familia se modifica a sucedáneos, que las legislaciones no acaban de abarcar en su totalidad: Hay familias compuestas, en las que cada cónyuge viene con hijos de relaciones anteriores, pero no dispuestos a traer más niños al mundo. Hay por otra parte sociedades de convivencia, individuos con perrhijos y lo que venga. ¡Vaya! la exuberancia de mi pequeño jardín me está llevando a querer inaugurar un nuevo concepto, que bien pudiera llamarse “planthijas”. A cada nueva planta le busco su ubicación, y tal parece que me lo agradece obsequiándome un verdor desbordante, mismo que atrae invitados de primera categoría: Calandrias, colibríes y algún que otro carpintero.

Los niños que habitan nuestro planeta –sin embargo—plantean un reto singular, en especial para quienes han decidido traerlos al mundo. Cada personita tiene necesidades únicas que habrá que satisfacer de la mejor manera. A estas alturas del partido de la anticoncepción, no es válido llamar “accidente” a un recién nacido. Si viene al mundo, estamos obligados a ofrecerle todo aquello que se merece. Como señala con total acierto mi colega y amigo, Guillermo Gutiérrez Calleros, la preparación para tener un hijo comienza 20 años antes, con la de los propios padres.

Frente a tal escenario, en un mundo en el que hay lo indispensable para planificar las cosas, no se vale actuar sin toda la responsabilidad que al caso corresponde. No hay razón para que nosotros, como sociedad, permitamos que vayan por el mundo niños silvestres, que no estén preparados para vivir una vida satisfactoria.

Tener un niño en casa implica adecuar todo –hasta el último rincón—a las necesidades del pequeño, y no lo contrario, por más que parezca un juego de palabras. Ese bebé que no pidió ser incluido en la jugada, no tiene por qué recibir la peor mano, sino la mejor. Habremos de ocuparnos para que, desde antes de nacer, cuente con elementos que le permitan desarrollar todo su potencial como adulto. En la fórmula está incluida, por supuesto, una infancia feliz, como catalizador de esa maravillosa cadena emocional, que culmina en un ser humano satisfecho con lo que es y con lo que tiene. Uno que esté dispuesto a invertir todos sus recursos de tiempo y energía en el logro de sus metas. Y que, para lograrlo, conozca y maneje, de igual manera, sus capacidades y sus limitaciones.

Entre ese ideal “del libro” y el ser humano que llega al mundo, está la presencia de una familia amorosa que lo reconoce y acepta. Que se propone caminar al compás de sus primeros pasos, para acompañarlo siempre, en toda circunstancia. Una familia integrada por adultos que asumen como prioritario ese proyecto de ser humano, que la vida les ha encomendado.

Hay una escena que llega de manera reiterada a mí: Un hombre joven conduciendo un vehículo en el que van tres o cuatro chiquillos brincando como chapulines. El conductor maneja a ciegas, pues lleva la vista clavada en la pantalla de su celular, mismo que sostiene entre las manos con las que a la vez sujeta el volante. Está a punto de llegar al crucero con una avenida ancha y transitada. Debe hacer alto, pero no lo hace. Por ventura en ese justo momento no venía ningún vehículo que los hubiera impactado de fea manera. Cuando menos ese crucero lo libraron, pero ¿el de la siguiente esquina? ¿Seguirán esos niños con vida, o habrán pasado a ocupar su lugar en las herrumbrosas gavetas de una morgue?...

Tener un hijo es sellar un contrato con la vida. Ser capaces de amarlo, con tal intensidad, como para adecuar lo propio a favor de lo que a él más conviene. Es atestiguar su desarrollo, aplaudir sus logros –que no son nuestros--, y algún día, con ese mismo gozo, verlo partir.

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07 Julio 2019 04:08:00
¿QUÉ PASA CUANDO DAS CLICK?
Vivir es una experiencia increíble. Cada mañana la vida nos ofrece una flamante oportunidad para recomponer lo que somos, dejar de lado aquellos fragmentos que no funcionan y optar por unos nuevos.

A lo largo de la existencia vamos acumulando apegos que se adosan a nuestra vida como coraza. Nos provocan limitación de movimiento, aun así, tal vez prefiramos conservar esos apegos que sumirnos en el dolor de cambiar, una poza cuyo fondo no alcanzamos a adivinar.

En contraste con las generaciones que nos precedieron, la nuestra tiene una opción que no habrían siquiera imaginado los futuristas de hace 100 años. La extensión de nuestra mano puede abarcar un rectángulo provisto de un sistema electrónico y de una pantalla, capaz de trasladarnos, desde la intimidad de la arquitectura atómica de la materia, hasta la galaxia EGS-zs8-1, considerada la más lejana de la Tierra, y que por cierto se formó hace más de 13,000 millones de años. Sucede como con tantos otros elementos de nuestro imaginario actual, su carácter de accesibles nos lleva a perder de vista la magnitud que tienen sus alcances.

Una vez que entramos en la red, difícilmente nos salvamos de engolosinarnos. Comenzamos a dar clic aquí y allá, y vamos desde la mejor forma de quitar manchas en la ropa blanca, hasta cómo preparar hojas de parra, o de qué modo aprovechar los envases PET que desocupamos. Predicciones astrológicas, nombres para perros, en fin…

Hay opciones inagotables para todo lo que a nuestra loca cabecita se le pueda ocurrir, y sucede que en un momento dado nos saturamos de información, y ya no sabemos qué hacer con tanto en la mente. Para establecer un símil entendible, es como esos concursos norteamericanos en los cuales una familia se dedica a coleccionar cupones, llegan a la tienda de autoservicio y surten cantidades inimaginables de crema para depilar; salsas de soya bajas en sodio; galletas con chispas de chocolate sin gluten; aceite de coco y suavizante para la ropa. Cada producto en cantidades industriales, al grado que terminan habilitando una pieza de la casa como almacén… Por más que le he dado vueltas, no logro entender cuál es la satisfacción de estos acumuladores de mercancía que ni en toda una vida alcanzarían a consumir.

Algo similar (me parece) sucede en la Internet. Hacemos acopio de información que, contrario a la mercancía física, entra en nuestras vidas para desencadenar una serie de estados anímicos desde el placer de ensoñación, hasta el dolor más desgarrador. Cuando entramos al mundo de la información con un objetivo en mente, es más difícil que nos perdamos, pero si nada más lo hacemos por entretenimiento, sin un propósito específico, podemos dejarnos llevar por contenidos no siempre sanos.

Es frente a esa hiperinformación, cuando comenzamos a parecernos a los coleccionistas de cupones. Evaluemos cuánto podrá mejorar el planeta cada vez que damos click.
07 Julio 2019 04:00:00
Qué pasa cuando das “clic”
Vivir es una experiencia increíble. Cada mañana la vida nos ofrece una flamante oportunidad para recomponer lo que somos, dejar de lado aquellos fragmentos que no funcionan y optar por unos nuevos.

A lo largo de la existencia vamos acumulando apegos que se adosan a nuestra vida como coraza. Nos provocan limitación de movimiento, aun así, tal vez prefiramos conservar esos apegos que sumirnos en el dolor de cambiar, una poza cuyo fondo no alcanzamos a adivinar.

En contraste con las generaciones que nos precedieron, la nuestra tiene una opción que no habrían siquiera imaginado los futuristas de hace 100 años. La extensión de nuestra mano puede abarcar un rectángulo provisto de un sistema electrónico y de una pantalla, capaz de trasladarnos, desde la intimidad de la arquitectura atómica de la materia, hasta la galaxia EGS-zs8-1, considerada la más lejana de la Tierra, y que por cierto se formó hace más de 13,000 millones de años. Sucede como con tantos otros elementos de nuestro imaginario actual, su carácter de accesibles nos lleva a perder de vista la magnitud que tienen sus alcances.

Una vez que entramos en la red, difícilmente nos salvamos de engolosinarnos. Comenzamos a dar clic aquí y allá, y vamos desde la mejor forma de quitar manchas en la ropa blanca, hasta cómo preparar hojas de parra, o de qué modo aprovechar los envases PET que desocupamos. Predicciones astrológicas, nombres para perros, en fin… Hay opciones inagotables para todo lo que a nuestra loca cabecita se le pueda ocurrir, y sucede que en un momento dado nos saturamos de información, y ya no sabemos qué hacer con tanto en la mente. Para establecer un símil entendible, es como esos concursos norteamericanos en los cuales una familia se dedica a coleccionar cupones, llegan a la tienda de autoservicio y surten cantidades inimaginables de crema para depilar; salsas de soya bajas en sodio; galletas con chispas de chocolate sin gluten; aceite de coco y suavizante para la ropa. Cada producto en cantidades industriales, al grado que terminan habilitando una pieza de la casa como almacén… Por más que le he dado vueltas, no logro entender cuál es la satisfacción de estos acumuladores de mercancía que ni en toda una vida alcanzarían a consumir.

Algo similar –me parece—sucede en la Internet. Hacemos acopio de información que, contrario a la mercancía física, entra en nuestras vidas para desencadenar una serie de estados anímicos desde el placer de ensoñación, hasta el dolor más desgarrador. Cuando entramos al mundo de la información con un objetivo en mente, es más difícil que nos perdamos, pero si nada más lo hacemos por entretenimiento, sin un propósito específico, podemos dejarnos llevar por contenidos no siempre sanos. Lloramos ante imágenes de niños famélicos en Siria, o frente a un par de ojos de un niño tarahumara, o tzotzil, o tepehuano, que parece seguirnos, mientras nos llama a ayudarlo pues tiene hambre. Entre una cosa y otra van saltando como chapulines las peticiones para salvar a los perros orientales de ser convertidos en delicias culinarias; para revertir el calentamiento global, de modo que los osos polares no se extingan, o los infaltables asuntos de política, que terminan en recordatorios maternos.

Es frente a esa hiperinformación, cuando comenzamos a parecernos a los coleccionistas de cupones. Llenamos hasta tres carritos con contenidos inútiles, estorbosos, que no habrán de resolver nada. Otro punto, que hay que tomar en serio, es que amenazan la salud mental. Hay que discriminar fuentes de donde viene la información. Que “Anónimo en la red” diga que llegó el Apocalipsis, no implica que efectivamente ya llegó y que habrá que apanicarnos y correr a escondernos. Frente a una publicación habrá que analizar quién está detrás y qué intenciones tiene al subirla. Posteriormente habrá que cotejarla con informaciones similares, de fuentes confiables. Si vemos que una noticia se repite por varios canales, podemos anticipar que algo hay de verdad en ello. Aún así, se han dado casos de noticias falsas, muy bien disfrazadas, que circulan por un rato antes de ser desenmascaradas.

Conviene administrar el hogar. Conviene administrar pensamientos y emociones. Si vamos a navegar, hacerlo mediante plataformas confiables, en sitios seguros, a través de voces autorizadas. No sea que terminemos como los coleccionistas de cupones, con un exceso de información que no hará más que robarnos espacio mental, tranquilidad espiritual y tiempo. Por último, asumamos nuestra responsabilidad cuando presionamos un botón para que esas noticias sigan circulando, actuemos de forma inteligente eligiendo qué vale la pena reenviar. Evaluemos cuánto podrá mejorar el planeta cada vez que damos “clic”.

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30 Junio 2019 04:00:00
Una vida con sentido
José Luis Santiago Garduño es un joven estudiante de Medicina de la UNAM, quien además se desempeña como paramédico voluntario. Por su labor altruista se hizo acreedor a un premio económico de una institución bancaria. José Luis decidió donar a su alma mater el monto de lo obtenido.

Es uno de esos relatos que surgen de cuando en cuando, para refrescarnos la esperanza. Ahora recuerdo a mi querido y joven amigo Éric Valdés, destacado pianista saltillense, a quien conocí hace algunos años, a través de una nota periodística que daba cuenta de un acto similar: Fue galardonado con un premio económico, mismo que utilizó para adquirir un piano que donó a un orfanatorio, luego de lo cual pudo ofrecer clases gratuitas a los niños internos.

Nos ha tocado vivir en un mundo a tal grado saturado de violencia, que fácilmente nos descorazonamos. Hay hechos delictivos en los sitios públicos, en la televisión, en las redes sociales. Las acciones perversas parecen imponerse sobre las nobles, tanto que a ratos se nos desinfla el espíritu. Entonces llegan estos jóvenes cargados de bondad, a inyectar entusiasmo a nuestras vidas, para de este modo, avanzar por otro buen tramo del camino.

Es muy fácil aseverar que las causas de tantas conductas antisociales radican fuera de nuestra propia persona: Atribuimos a los sistemas de gobierno; a las instituciones educativas, o a los medios de comunicación, lo que en principio es nuestra responsabilidad como formadores.

No podemos salir a señalar con índice de fuego, sin antes haber limpiado hasta la última brizna de polvo dentro de nuestros propios hogares.
Hace unos cuantos días una falla en un tomacorriente dejó mi casa sin energía eléctrica.

Durante unas 8 horas no pude hacer uso de dispositivo eléctrico alguno. En esas circunstancias entendí cuánto dependemos de la corriente eléctrica para nuestro día a día. Una cosa sería programar una salida de domingo al campo, mentalizados en el disfrute de la naturaleza lejos de las comodidades modernas.

Otra muy distinta es que, tras un tronido espeluznante de un aparato, nos percatemos de que no hay corriente eléctrica para llevar a cabo las funciones que diariamente se emprenden “en automático”. Preparar un café, contrarrestar el calor o llamar por teléfono fijo, se convirtieron en metas imposibles de alcanzar durante ese período de tiempo.

En lo personal fueron unas horas útiles para la reflexión acerca de qué somos, por qué medios reforzamos nuestra identidad personal, y, sobre todo, qué sentido buscamos dar a esa búsqueda de lo propio.

A ratos se confrontan el ideal de nación -de José Luis y de mi amigo Éric- frente al México inclemente, que incita a sacar ventaja de cuanto sea posible, sin importar qué tanto salgan afectados otros mexicanos.

Es el México que llama a hacer trampa, a utilizar la sagacidad para beneficio propio. El que nos encamina a pensar en nosotros mismos, por encima de todo lo demás.

Es el México que ha llevado a muchos personajes a perder piso y proporciones, para enriquecerse vorazmente hasta la cuarta generación, sin tocarse el corazón por un solo momento.

Gracias al cielo existen los prodigiosos testimonios de José Luis y de Éric, y de tantos otros mexicanos, que invitan a actuar bien nada más porque sí, porque nuestra nación se lo merece. Espíritus libres que llaman a que cada uno de nosotros ponga un esfuerzo adicional en lo que hace, sin esperar reconocimiento ni gratificación. Es el ejemplo de estos corazones generosos, la mejor lección sobre nacionalismo que podemos recibir, quienes a ratos nos desanimamos.

Lipovetsky en su libro intitulado “De la ligereza” habla de lo que él define como “recursos de la seducción”.

Así busca explicar fenómenos como la necesidad casi compulsiva de subir a la red imágenes de cada uno de nuestros actos, por cotidianos que sean, haciendo de la ligereza un imaginario social que debería definirnos, pero a fin de cuentas termina por difuminarnos.

Está cada uno de nosotros frente al mundo, preguntándose cuál es la razón de estar con vida, y qué hacer para trascender.

Se busca dar a la existencia un sentido que nos supere a nosotros mismos como seres individuales.

Una vez instalada la pregunta en la cabeza, corresponde establecer un proyecto de vida personal único, encaminado a lograr que el mundo sea mejor por aquello que hacemos.

Tenemos entonces a los jóvenes de corazón generoso, en quienes la dádiva se hace de manera espontánea, como una muestra de gratitud a la vida.

Y estamos todos los demás, con nuestro bloc de matemáticas en las manos, haciendo balance de cada uno de nuestros actos.

Entre unos y otros se halla el corazón, espacio maravilloso donde Dios ha decidido poner su morada temporal en este mundo.

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23 Junio 2019 04:00:00
Reflexiones al amanecer
Rumbo a Piedras Negras me sorprende el amanecer. Al filo de las 5 llegamos a Ciudad Frontera. El blanco polar de las luminarias hace un agudo contraste con el cielo límpido, y hacia el oriente la luz del sol naciente comienza a orlar, con filos plateados, las densas nubes cirriformes, contra un cielo que ahora se va pintando de azul y rosa.

Como rey portentoso emerge el candente sol. Sus bordes lucen irregulares tras un velo de nubes que le concede un aire misterioso. Un rato después luce alto y plomizo, tras la cortina de nubes. Parece general de batalla guiado por la estrategia militar de Sun Tzu, moviendo sus ejércitos a la distancia, de manera intachable.

Mis diálogos con la naturaleza hacen obligada pausa. Nos aproximamos al retén de revisión. A estas alturas de recomposición de fuerzas de seguridad, no sé a qué grupo pertenecen los elementos que nos revisan. La parafernalia es la misma, uno como estatua, con arma de alto poder y mirada vigilante; más allá dos o tres uniformados observan los acontecimientos. Todo remata con un can que no se inquieta, a pesar de tanto movimiento. La revisión incluye bolsos de mano. Como cada vez que ha ocurrido este esculque, me pregunto qué artículo o sustancia esperan encontrar dentro de mi bolso. Eso sí, contrario a otras veces el uniformado que me revisa es simpático, tiene un acento jarocho, y platica mientras inspecciona, una por una, mis pertenencias personales. Se detiene a investigar lo que traigo en una cantimplora de plástico.

--¿Es agua? ¿Por qué trae agua así, de este modo?

--Para no provocar más contaminación con desechos plásticos.

Como los misioneros evangélicos, aprovecho para dar mi mensaje. No sé qué impacto llegue a tener, me anticipo a suponer que poco. Observo que ahora, al lado de la mesa de revisión, hay un refrigerador con refrescos y agua embotellada para venta. Los humanos vamos como escuelas de peces en el agua, cada cual movido por su consigna personal. En un punto del océano coincidimos, intercambiamos contenidos, para en seguida continuar, cada cual en su propia dirección.

Cuando llegamos a Allende el cielo se ha despejado. El movimiento en las calles ha comenzado, aunque no es muy intenso. Acaba de arrancar el periodo vacacional, ya no se observan esos ríos de escolares, de la mano de sus cuidadores, caminando velozmente hacia los centros escolares. Inmuebles y niños, toman un merecido descanso. Los edificios se perciben ordenados y silentes, yo diría que aliviados del trajín habitual.

Es interesante observar las casas de pueblo cuando comienzan a desperezarse. Cada una ofrece material precioso para crear historias. En un predio utilizan parte de la extensión para montar una “pulga”, hay mesas con diversos electrodomésticos, y al fondo un barrote del cual penden prendas de ropa variopintas. En la propiedad contigua, próximo al límite entre predios, hay un tejabán bajo el cual se hallan tres toallas colgadas. Parecen las vecinas entrometidas, que asoman cuando nadie las ve, para husmear entre los objetos de la casa de al lado.

En cierto crucero un hombre madrugador saluda entusiasta a la distancia, al conductor del camión. Caigo en cuenta cómo se han perdido estas costumbres en las ciudades. Un reconocimiento gratuito que se recibe con agrado, pero que en las moles de concreto y hierro ya nadie tiene tiempo de obsequiar. Vaya, ni nos percatamos de su valor de identidad, hasta que no redescubrimos en un pueblo ajeno, lo que hemos perdido.

Las poblaciones despertaron. Si acaso algún perro holgazán duerme echado sobre la banqueta, aprovechando el relativo frescor de la noche. Sorprende atestiguar el modo como la naturaleza se abre paso a través de resquicios, o venciendo obstáculos de altura. Crece un menudo nogal al lado de un árbol trunco pintado de amarillo mostaza. El contraste de este último con el verde intenso del joven retoño, es agudo.

Más allá una enredadera silvestre ha ascendido del nivel del suelo a varios metros de altura, siguiendo los cables de fijación de un poste de concreto. Como para recordarnos que, así se antoje imposible, la naturaleza siempre estará por encima de los estragos que la civilización provoca.

Viajar es siempre aleccionador. A través de los viajes aprendemos a revalorar lo propio desde fuera. Esos tres trabajadores de la construcción, que esperan sentados en la banqueta, con sus respectivas bicicletas, la hora de ir a trabajar, me lleva a recordar, que la dignidad de las personas no se mide por lo grueso de sus carteras. Los tacos que esos hombres llevan para la hora de comida están hechos con los ingredientes más finos: amor y cuidado.

Llego a casa dispuesta a reinventarme después de estos descubrimientos. Hasta el próximo viaje.

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16 Junio 2019 04:00:00
Anónima violencia
Es un rosario de dolores, el que recorremos los mexicanos con los dedos encallecidos cada semana, son dolores a la vez tan distintos, pero tan parecidos. Por desgracia, de intensidad creciente cada día, como si lo único que faltara es que a la vuelta de la esquina nos acechara un monstruo que nos engullera.

Esta vez fue primero Norberto Ronquillo, y un par de días después Leonardo Avendaño. De manera similar, en semanas previas pueden haber sido niñas, jovencitas o recién nacidos. Vidas que se utilizan como mercancía de baratillo, vidas a las que se arranca con furia todo mérito y cualquier vestigio de dignidad. Detrás de ello se percibe un enojo de dimensiones terribles. Un enojo en contra de la vida, de la humanidad, y finalmente un enojo de estos criminales atroces, contra ellos mismos.

Norberto y Leonardo: Ambos comparten el hecho de ser recién graduados de universidades católicas privadas, en la ciudad de México. Los crímenes ocurren con un margen horas o días antes o después de la culminación de sus estudios. En el caso de Norberto se exige y se cobra un rescate, cuando, al parecer, para ese momento él ya había sido asesinado.

Tal pareciera que el ser humano necesita sentir la adrenalina en su torrente sanguíneo. En su necesidad escalará hacia emociones cada vez más fuertes para lograrlo.

La violencia llegó para quedarse entre nosotros. Es una hidra proteiforme que muestra una y mil caras. Está visto que cobra mayor fuerza cuando proviene de grupos de personas no identificables que actúan en masa. Termina siendo una violencia ilegítima, pero que difícilmente, si no es que nunca, será sancionada. Siendo tantos autores, no hay a quien inculpar, y la impunidad reina. Así vemos en nuestro país grupos de manifestantes, caravanas de migrantes, multitudes que actúan destrozando y vejando, más como deporte maligno que otra cosa.

¿Qué nos dice esta anónima violencia? ¿Cuánto vale la vida para estos autores que no son capaces, dentro de su criminal oficio, actuar de manera de preservar la vida del secuestrado?

“Vine por su diploma, y me llevo su acta de defunción” Palabras de la madre de Norberto, que a todos nos toca atender, antes de que se agote la esperanza.
16 Junio 2019 04:00:00
Anónima violencia
Es un rosario de dolores, el que recorremos los mexicanos con los dedos encallecidos cada semana, son dolores a la vez tan distintos, pero tan parecidos. Por desgracia, de intensidad creciente cada día, como si lo único que faltara es que a la vuelta de la esquina nos acechara un monstruo que nos engullera.

Esta vez fue primero Norberto Ronquillo, y un par de días después Leonardo Avendaño. De manera similar, en semanas previas pueden haber sido niñas, jovencitas o recién nacidos.

Vidas que se utilizan como mercancía de baratillo, vidas a las que se arranca con furia todo mérito y cualquier vestigio de dignidad. Detrás de ello se percibe un enojo de dimensiones terribles. Un enojo en contra de la vida, de la humanidad, y finalmente un enojo de estos criminales atroces, contra ellos mismos.

Norberto y Leonardo: Ambos comparten el hecho de ser recién graduados de universidades católicas privadas, en la ciudad de México. Los crímenes ocurren con un margen horas o días antes o después de la culminación de sus estudios. En el caso de Norberto se exige y se cobra un rescate, cuando, al parecer, para ese momento él ya había sido asesinado.

Se ha desarrollado un acostumbramiento ante la violencia. Ya poco o nada logra impresionarnos, o quizá -paradójicamente- nos impacta más la muerte del último rinoceronte negro en Kenia, que la de un grupo de estudiantes en el sureste mexicano.

A este grado hemos llegado, como si las imágenes que reciben nuestras pupilas fueran producto de efectos especiales, y no una captura de hechos reales.

Tal pareciera que el ser humano necesita sentir la adrenalina en su torrente sanguíneo. En su necesidad escalará hacia emociones cada vez más fuertes para lograrlo.

En días pasados comenzó a circular en redes sociales un video tomado en alguna provincia de España. Muestra en el ruedo una vaquilla que aún no ha sido destetada.

Varios aficionados la capotean, y poco después comienzan a encajarle banderillas, hasta que la hacen caer. Es impactante el modo como la vaquilla, más que de dolor, muestra una expresión de desconcierto; no hace nada por defenderse, seguramente por su juventud.
Simplemente se va debilitando hasta terminar en la tierra. Contrastan con esta imagen de un animal totalmente desvalido y herido, las expresiones de los seudo-toreros, quienes se regodean por sus acciones, como los grandes valientes de la tarde.

La violencia llegó para quedarse entre nosotros. Es una hidra proteiforme que muestra una y mil caras. Está visto que cobra mayor fuerza cuando proviene de grupos de personas no identificables que actúan en masa. Termina siendo una violencia ilegítima, pero que difícilmente, si no es que nunca, será sancionada.

Siendo tantos autores, no hay a quien inculpar, y la impunidad reina. Así vemos en nuestro país grupos de manifestantes, caravanas de migrantes, multitudes que actúan destrozando y vejando, más como deporte maligno que otra cosa. Una violencia asesina que prejuzga y lincha sin piedad, para terminar de este modo con incontables vidas humanas, muchas de las veces de personas inocentes. Además de cercenar la esperanza de los pueblos.

Según señala Le Bon, en su obra sobre psicología de las masas, estas formas de organización pasan a ser irracionales, emotivas, extremas, instantáneas, irritables, volubles e irresponsables. Hablando de violencia, las masas se organizan en torno a un elemento, que bien puede ser una encomienda de unos cuantos líderes, o un hecho en apariencia injusto. Conforme crecen en tamaño, cobran fuerza, y comienzan a actuar ya sin atender a una razón específica.

En los casos que terminan en linchamiento, la turba no responde más al factor que desencadenó el enojo inicial, para convertirse en una orgía de sangre cobijada por el anonimato.

Anónima violencia movida por intereses tantas veces oscuros. Que va –envalentonada en su condición grupal—en contra de causas que de manera individual jamás se atacarían.

Anónima violencia que termina para siempre con esos escenarios que incomodan a la molicie. Que un chico y su familia se esfuercen a lo largo de varios años por verlo llegar a su ceremonia de graduación. Que otro joven con aspiraciones sacerdotales se empeñe en terminar una maestría. O el simple hecho de que los dos sean estudiantes de instituciones privadas, a las cuales se entra luego de cubrir una serie de requisitos que no cualquiera puede reunir.

¿Qué nos dice esta anónima violencia? ¿Cuánto vale la vida para estos autores que no son capaces –dentro de su criminal oficio—actuar de manera de preservar la vida del secuestrado?

“Vine por su diploma, y me llevo su acta de defunción” Palabras de la madre de Norberto, que a todos nos toca atender, antes de que se agote la esperanza.

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09 Junio 2019 04:00:00
Luz y sombra
El Templo de la iglesia “La Luz del Mundo” en Guadalajara, destaca a un costado de la vía rápida que conduce del aeropuerto al puente atirantado –otro baluarte de la Perla de Occidente. Respecto a esta denominación pentecostal hay que decir que surgió en 1926, en el fragor de la guerra cristera. Algunos estudiosos consideran que fue a instancias de Plutarco E. Calles, como una forma para restar fuerza a la iglesia católica. Inició en Jalisco capital como una congregación de 2,000 tapatíos, que a la fecha ha crecido a millones de creyentes, y se ha extendido a diversos países. Como sabemos, ahora ocupa titulares periodísticos, y no precisamente por la más noble de las razones.

Resulta ocioso repetir lo que mucho se ha dicho desde el 15 de mayo. Solo cabe señalar que, como se ha destacado en otras ocasiones, las iglesias procuran mantener una relación armónica con los partidos políticos. Las primeras proveen de votantes, y los segundos de protección. Tal parece ser el caso de La Luz del Mundo en México. Sobre sus tres máximos dirigentes, en línea vertical, han pesado acusaciones de conductas sexuales inapropiadas. No es hasta ahora, y en el extranjero, cuando algunas de dichas acusaciones se consolidan. Curiosamente la denuncia por pederastia y pornografía infantil en contra de Naasón, se hace pública 15 días después de que el recinto de Bellas Artes fuera sede de un homenaje para el máximo líder –hoy indiciado-- de esta iglesia.

Siempre me ha llamado la atención aquello que tiene que ver con la fe religiosa, en particular lo relativo al fanatismo. A lo largo y ancho de la historia hay muchos casos que terminan en tragedia, y que desde fuera no parecen tener una explicación, sin embargo desde dentro para sus protagonistas hay total congruencia, a partir de una lógica particular única. Dos ejemplos atroces han sido, el suicidio colectivo de la comunidad “Templo del Pueblo” en la Guyana, en 1978, y el de los Davidianos en Waco, Texas en 1993.

Bernardo Barranco es en México uno de los grandes estudiosos de las religiones. Su formación sociológica le permite identificar una serie de elementos, que llevan al individuo a depositar su confianza total en un personaje sacrosanto, que es visto como el “elegido”. La feligresía ve en Naasón Joaquín García al Ungido de Dios, con tan profunda fe, que es tenido por impoluto. Una acusación como las 26 que se le acaban de fincar en la vecina nación, es algo inimaginable por parte de aquel a quien erigieron como figura sacrosanta.

Gary Willis, al hablar de delitos sexuales entre clérigos, puntualiza dos elementos importantes: Desde la posición de líder religioso no hay un sistema de rendición de cuentas entre el medio eclesiástico y el laico. Un delito como la violación de menores es asumido como pecado, no como crimen, y queda impune. Willis se refiere además a una corrupción endémica, esto es, el superior jerárquico se entera del hecho y lo solapa, para no desacreditar el nombre de la institución frente al mundo. En el caso de Naasón, reconocido por sus feligreses como el ungido de Dios, la disociación entre la comisión de un presunto delito y la posibilidad de enjuiciarlo es absoluta.

Resulta bien sabido que durante las crisis sociales y económicas se dispara la afiliación a grupos doctrinarios. Sucede de manera más intensa, cuando la religión no solo promete la vida eterna, sino que provee una teología de la prosperidad. Esta otorga al feligrés un sentido de pertenencia a una entidad terrenal luminosa, por encima de su propia persona. Dicha teología de la prosperidad, queda evidenciada por la suntuosidad con que se edifican los templos y todo lo que tenga que ver con una religión dada. Tal es el caso de la Hermosa Provincia, colonia en la que se asentó el templo internacional en Guadalajara, desde 1953. Por otra parte, la uniformidad en la indumentaria de hombres y mujeres de esta congregación, refuerza en ellos un sentido de pertenencia.

Los estudiosos de la mente consideran que el fanatismo nace de la inseguridad y de la ignorancia. Frente a las turbulencias del exterior hay una necesidad del individuo por adherirse a una figura de poder que le dé amparo. En la medida de su necesidad de apego, crecen la admiración y la fe ciega, hasta perder por completo la capacidad para emitir un juicio crítico.

Difícil predecir en qué irán a terminar las acusaciones en contra de Naasón Joaquín García. Aún si llegaran a condenarlo, su congregación continuaría venerándolo y clamando por justicia. Inquietante descubrir hasta qué punto nuestro México está urgido de contar con un líder portentoso. De ese tamaño la revisión que a cada uno de nosotros corresponde hacer, para erigir de manera conjunta un México dignificante y satisfactorio para todos.

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09 Junio 2019 03:55:00
Luz y sombra
El Templo de la iglesia La Luz del Mundo en Guadalajara, destaca a un costado de la vía rápida que conduce del aeropuerto al puente atirantado, otro baluarte de la Perla de Occidente. Respecto a esta denominación pentecostal hay que decir que surgió en 1926, en el fragor de la guerra cristera.

Algunos estudiosos consideran que fue a instancias de Plutarco E. Calles, como una forma para restar fuerza a la Iglesia católica. Inició en Jalisco capital como una congregación de 2 mil tapatíos, que a la fecha ha crecido a millones de creyentes, y se ha extendido a diversos países.

Cabe señalar que las iglesias procuran mantener una relación armónica con los partidos políticos. Las primeras proveen de votantes, y los segundos de protección. Tal parece ser el caso de La Luz del Mundo en México. Sobre sus tres máximos dirigentes, en línea vertical, han pesado acusaciones de conductas sexuales

inapropiadas. No es hasta ahora, y en el extranjero, cuando algunas de dichas acusaciones se consolidan. Curiosamente la denuncia por pederastia y pornografía infantil en contra de Naasón, se hace pública 15 días después de que el recinto de Bellas Artes fuera sede de un homenaje para el máximo líder (hoy indiciado) de esta iglesia.

Siempre me ha llamado la atención aquello que tiene que ver con la fe religiosa, en particular lo relativo al fanatismo. A lo largo y ancho de la historia hay muchos casos que terminan en tragedia. Dos ejemplos atroces han sido, el suicidio colectivo de la comunidad Templo del Pueblo en la Guyana, en 1978, y el de los Davidianos en Waco, Texas en 1993.

Los estudiosos de la mente consideran que el fanatismo nace de la inseguridad y de la ignorancia. Frente a las turbulencias del exterior hay una necesidad del individuo por adherirse a una figura de poder que le dé amparo. En la medida de su necesidad de apego, crecen la admiración y la fe ciega, hasta perder por completo la capacidad para emitir un juicio crítico.

Difícil predecir en qué irán a terminar las acusaciones en contra de Naasón Joaquín García. Aún si llegaran a condenarlo, su congregación continuaría venerándolo y clamando por justicia. Inquietante descubrir hasta qué punto nuestro México está urgido de contar con un líder portentoso. De ese tamaño la revisión que a cada uno de nosotros corresponde hacer, para erigir de manera conjunta un México dignificante y satisfactorio para todos.
02 Junio 2019 04:00:00
El termómetro del mundo
El pasado abril se publicaron los resultados de la encuesta Gallup 2018, que mide aspectos intangibles de la población –sentimientos y emociones--, tópicos que otro tipo de estudios no se aboca a investigar.

Es un escrutinio que se lleva a cabo desde el año 2006, y que en esta edición interrogó a 151,000 entrevistados de 148 países.

Los resultados indican que las emociones negativas como la cólera, la tristeza y la ansiedad, han aumentado con relación a los años previos. En tanto los estados positivos como la sonrisa, la risa y la sensación de satisfacción van a la baja.

No necesitamos documentarnos a profundidad, para corroborar la congruencia de estos resultados con nuestra actuación de cada día. Baste con observar la forma como nos comportamos en diversos sitios públicos. Pareciera que estamos enojados con la vida.

Respondemos de manera precipitada, atropellamos a quienes tienen la mala fortuna de cruzarse frente a nosotros. A como dé lugar buscamos ser los primeros, sacando ventaja de la prudencia de los sensatos. Un ejemplo que ilustra esto último, es el comportamiento de los automovilistas que aguardan la luz verde. Uno, dos o tres conductores se adelantan por el carril derecho hasta colocarse por delante del que –por haberse formado primero—encabeza la fila de espera. En cuanto cambia la luz, el invasor o invasores aceleran sus unidades a toda velocidad. Actitud nada civilizada además de pueril.

Es un modo absurdo de decir “yo las puedo”, tras lo cual se percibe una lastimosa falta de autoestima.

Regresando a la encuesta Gallup, se preguntó a los entrevistados cuál fue su estado de ánimo el día anterior, si habían reído, o al menos sonreído. Si hicieron algo que consideraran interesante. Si se sintieron tristes, ansiosos o enojados, o sufrieron algún tipo de dolor físico. Una de cada tres personas reportó sentirse muy inquieta; una proporción similar se reportó estresada. Tres de cada diez mencionaron haber padecido algún dolor físico, en tanto uno de cada cinco se sintió triste o iracundo.

Era de esperar que los países más azotados por la violencia reportaran los índices más altos de infelicidad. Sin embargo, contra lo supuesto, hubo países como México cuyos niveles de felicidad fueron altos a pesar de la inseguridad y bajo PIB, en tanto algunos países con un PIB elevado, reportaron prevalencia de sentimientos negativos.

El estudio concluye que, habiendo satisfecho necesidades vitales como el hambre, la percepción de sentimientos positivos depende mucho de la actitud. De cómo evalúa cada cual su propia calidad de vida; de cómo mantiene las relaciones interpersonales y de la forma en que utiliza su libertad individual. Volvemos entonces a lo expresado aquí en distintas ocasiones, la felicidad corresponde más a la actitud con la cual enfrentamos la vida, que a las dificultades de la vida que nos toque enfrentar.

Dentro de los modernos motivadores hay uno que en lo particular me agrada. De repente percibo en esta modalidad del “coaching”, una asociación entre satisfacción personal y mercadeo que no me cuadra. Un mezquino “ser para vender”, como receta de cocina que asoma entre los pliegues del escenario de fondo. Un objetivo que manejan los conferencistas, y que de acuerdo con mi particular filosofía, termina siendo un contrasentido.

Víctor Küppers –me parece—escapa a ese arquetipo mercantilista, de manera que puedo abordarlo sin problema. Una de sus reflexiones determina que enfocar las cosas de una manera positiva es más inteligente que dejarse arrastrar por el pesimismo.

Más aún cuando las condiciones que nos rodean tienden a colocarnos en contra de la pared hasta sacarnos el aire de los pulmones. De ello deriva una segunda y muy valiosa afirmación humanista que hace Küppers: Ser buena persona es más importante que ser inteligente.

Lo primero es resultado de una determinación individual por lograrlo, en tanto lo segundo es consecuencia del azar. Como sucede con la imagen, sucede con la inteligencia, está sobrevalorada, nos rendimos ante ella. Sin embargo, lo que necesita el mundo para salir adelante no son ideas brillantes, sino buenos sentimientos que coadyuven y sanen.

No son palabras elegantes o discursos VIP, sino ir a ensuciarnos las manos para ayudar al que se está hundiendo en el lodo.

El nuestro es un mundo de imágenes, en el cual lo que importa es la forma, no el fondo.

El aspecto, no la médula.

La apariencia, no la realidad.

Por tal razón vivimos con peine y espejo en la mano, listos para la foto que sigue, a costa del descuido de lo demás, lo que realmente nos lleva a trascender, a sentir que la vida es una empresa por la que vale la pena esforzarnos.

Que cada día es ocasión tan especial, como para ser felices.

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02 Junio 2019 03:45:00
El termómetro del mundo
El pasado abril se publicaron los resultados de la encuesta Gallup 2018, que mide aspectos intangibles de la población (sentimientos y emociones), tópicos que otro tipo de estudios no se aboca a investigar. Es un escrutinio que se lleva a cabo desde el año 2006, y que en esta edición interrogó a 151,000 entrevistados de 148 países. Los resultados indican que las emociones negativas como la cólera, la tristeza y la ansiedad, han aumentado con relación a los años previos. En tanto los estados positivos como la sonrisa, la risa y la sensación de satisfacción van a la baja.

No necesitamos documentarnos a profundidad, para corroborar la congruencia de estos resultados con nuestra actuación de cada día. Baste con observar la forma como nos comportamos en diversos sitios públicos.

El estudio concluye que, habiendo satisfecho necesidades vitales como el hambre, la percepción de sentimientos positivos depende mucho de la actitud. De cómo evalúa cada cual su propia calidad de vida; de cómo mantiene las relaciones interpersonales y de la forma en que utiliza su libertad individual. Volvemos entonces a lo expresado aquí en distintas ocasiones, la felicidad corresponde más a la actitud con la cual enfrentamos la vida, que a las dificultades de la vida que nos toque enfrentar.

Dentro de los modernos motivadores hay uno que en lo particular me agrada. De repente percibo en esta modalidad del “coaching”, una asociación entre satisfacción personal y mercadeo que no me cuadra. Un mezquino “ser para vender”, como receta de cocina que asoma entre los pliegues del escenario de fondo. Un objetivo que manejan los conferencistas, y que de acuerdo con mi particular filosofía, termina siendo un contrasentido.

Víctor Küppers (me parece) escapa a ese arquetipo mercantilista, de manera que puedo abordarlo sin problema. Una de sus reflexiones determina que enfocar las cosas de una manera positiva es más inteligente que dejarse arrastrar por el pesimismo. Más aún cuando las condiciones que nos rodean tienden a colocarnos en contra de la pared hasta sacarnos el aire de los pulmones. De ello deriva una segunda y muy valiosa afirmación humanista que hace Küppers: Ser buena persona es más importante que ser inteligente.
26 Mayo 2019 04:00:00
Primero los niños
Respetable señor presidente Andrés Manuel López Obrador, comienzo con una confesión: Pertenezco a lo que usted ha dado en llamar “el hampa del periodismo”. Durante más de cuarenta años he publicado semanalmente en diversos rotativos de la región, siempre a título gratuito. Puede decirse que entre mi primera colaboración allá por 1975 y la presente, me he formado en el oficio de escribir. Me costó tiempo, así como el desembolso de recursos propios, para tomar talleres y diplomados, dentro y fuera de la ciudad. Lo he hecho convencida, contenta, asumiendo esta labor como un reto personal, un servicio a México.

En razón de lo arriba mencionado, es triste sentir que ahora se me incluya dentro de ese grupo que daña a México por el hecho de señalar lo que --a nuestro juicio-- no va bien en el país. A lo largo de muchas administraciones federales ha habido fallas en distintos rubros, eso lo sabemos todos. Sin embargo, en la actual, están aplicándose recortes en el rubro de la salud, que me parecen lamentables, en seguida explico en que baso mi opinión: Aparte de mis afanes con la palabra escrita, soy médico pediatra jubilada del Sector Salud. A lo largo de treinta años recorrí pasillos, salas y quirófanos del IMSS, primero como estudiante, luego como becaria, y finalmente como médico de base. Durante mi práctica institucional, en incontables ocasiones sentí el roce del ángel de la muerte. Para mi fortuna, no fueron pocos los casos, en mi larga trayectoria institucional, cuando conseguí arrancar de los brazos de Azrael la vida de un recién nacido, o de algún pequeño que ingresaba a Urgencias tras un accidente, o se hallaba hospitalizado por determinada enfermedad. Esos logros, aún ahora que los evoco, no dejan de generar una íntima satisfacción; recuerdo rostros, nombres, diagnósticos, ¡vaya! Hasta el número de cuna que ocuparon algunos pequeños. Ello reitera que todos los esfuerzos que en su momento se hicieron a favor del paciente, valieron la pena. Cada una de esas victorias fue resultado del trabajo conjunto de todo el personal, así como del abasto de equipo e insumos para trabajar.

La atención de los enfermos, la aplicación de medidas preventivas y la modificación de factores de riesgo, son pilares básicos sobre los cuales descansa la salud. La Medicina tiene un costo, en muchos casos elevado, como pudiera ser el caso de enfermedades cancerosas o de trasplantes de órganos. Para los óptimos resultados que merecen nuestros niños, hay que invertir. No se vale escatimar. Se necesita dinero, y para conseguirlo habrá que afinar con precisión quirúrgica el modo de obtenerlo y de transparentarlo.

A través de la comunidad pediátrica del país, llega a mí un comunicado escrito por el doctor Pablo Lezama Del Valle, jefe de Cirugía Oncológica en el Hospital Infantil de México Federico Gómez. Nos comparte su desazón al ver cómo se van limitando los recursos para el hospital y, por ende, las posibilidades de éxito en pacientitos con tumores cancerosos. Él mismo reconoce que no es posible mantener los excelentes resultados, que han puesto al hospital entre los mejores del mundo, si no se le dota de los recursos necesarios para lograrlo.

Desde sus inicios en 1943 el Hospital Infantil de México Federico Gómez, ha sido baluarte de la atención pediátrica. Es parte de los institutos nacionales de salud. Por sus salas han pasado personajes como su fundador Federico Gómez; Lázaro Benavides, y Jesús Kumate, entre muchos otros. Cada uno ha aportado grandes cosas a la Pediatría mundial. En dicho hospital, en 1958, se probó el programa de hidratación oral, iniciado un año antes en Chile, y que tantas vidas ha salvado. De este mismo modo es como día a día el Hospital Infantil atiende a niños que no cuentan con el beneficio de la seguridad social, y que de otra manera estarían en riesgo de morir.

Entiendo y aplaudo sus iniciativas en el combate a la corrupción. Esta ha sido para el sistema, desde tiempo atrás, lo que en el plano médico es el cáncer, un mal que todo infiltra. Como causante confío en que mi aportación fiscal, se aproveche de la mejor manera para México, mediante una planeación científica que establezca prioridades presupuestales. Y como pediatra, señor presidente, la salud y la integridad de nuestros niños es una prioridad insoslayable. Por tal motivo hoy manifiesto de manera abierta mi apoyo a las demandas de los colegas del Hospital Infantil; no es válido sacrificar el beneficio de procedimientos, que para esos niños representan oportunidades de vida.

Primero los niños, señor presidente. Todos ellos, los que pueden pagar una atención privada; los subsidiarios del sistema de seguridad social, y los desprotegidos. Primero ellos, sus necesidades de salud, y ya después, todo lo demás.

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19 Mayo 2019 04:00:00
La fuerza del todo
El suicidio no deja de sorprendernos más cada día: por su creciente número, así como por las causas que lo motivan. Esta semana hubo un par de tragedias que invitan a la reflexión. Primera, en el Reino Unido durante 14 años se transmitió un programa en vivo, en cada emisión dos personas ventilaban sus diferencias, frente al público. Este fungía como jurado, que luego de escuchar a una y otra de las partes, decidía. Dicho programa era conducido por Jeremy Kyle. Según la información que pude consultar, de ser un programa tranquilo, se volvió cada vez más tóxico, con brotes violentos. En el último de sus capítulos, de fecha mayo 10 –pues acaba de ser cancelado—, una pareja discutía frente al gran público si el esposo era infiel. El hombre aceptó someterse a la prueba del polígrafo, la cual no pasó. Los conocedores indican que dicha prueba, para ser confiable, debe hacerse por un experto, en un ambiente tranquilo, y su duración puede extenderse a 3 o 4 horas para resultados precisos. En este caso no se dieron las condiciones. El público presente se volcó en contra del esposo de fea manera. El hombre llegó a su casa, escribió una nota afirmando que no había sido infiel, y se colgó.

Otro caso, más doloroso todavía. En Singapur una chica de 16 años desarrolló ideación suicida, publicó en su Instagram una encuesta acerca si debía o no suicidarse. Más del 60% opinó que sí lo hiciera, y ella puso fin a su vida. Parecen malas bromas de algún cuentista sin oficio, que se pone a escribir historias bizarras. Desgraciadamente son hechos reales, que no porque sucedan lejos de nosotros, dejan de ser representativos. Nos venimos convirtiendo en una sociedad de seres humanos solos; cada uno gira sobre su propio eje mientras la cuerda nos dure. Como si no halláramos qué más hacer. Tenemos temor de aproximarnos a otros que –suponemos-- hacen lo mismo, y colisionar. Los abordamos a través de redes sociales, adivinando cómo son, para luego dejar en sus manos las grandes decisiones de nuestra propia vida. Así no nos comprometemos. Frente a la fría pantalla seguimos sintiéndonos solos, hambrientos de esa calidez que cualquier ser vivo con un cerebro desarrollado, necesita para percibir que está seguro y poder avanzar. Lo hace cualquier especie, y más nosotros los humanos, provistos de un sistema límbico que proceso las emociones de forma excepcional, para desencadenar una cascada interna de reacciones frente al mundo, ante el cual nos sentimos más vulnerables de lo que debe sentirse un mapache, una nutria o un gato montés.

Una forma alternativa de suicidio, que finalmente termina en el mismo punto –la extinción—es lo que está ocurriendo con nuestra única casa, el planeta Tierra. Vemos correr ríos de basura; nos pasma el sargazo; contabilizamos por decenas las especies que van desapareciendo para siempre del orbe. Hallamos incontenibles los incendios en distintos puntos del territorio nacional, algunos de ellos parecieran intencionales. Y seguimos igual, utilizamos bolsas de plástico, tiramos basura donde no deberíamos hacerlo, y omitimos llevar a cabo muchas acciones a favor del planeta, que en conjunto contribuirían en gran medida, a frenar la extinción de las especies vivas.

Wangari Muta Maathai (1940-2011) fue la primera mujer africana en obtener el Premio Nobel de la Paz en el 2004. Diseñó un proyecto ecológico de restauración, mediante la creación de cinturones verdes para combatir la deforestación, el cambio climático y la erosión de los suelos. Nacida en la tribu keniana kikuyú, realizó su educación básica en África, y más delante con una beca pudo seguir la carrera de Biología y una maestría en Ciencias Biológicas en Norteamérica. Regresó a su tierra natal para emprender un proyecto de repoblación de zonas deforestadas, que más y más países copiaron, por el que recibió el Nobel.

¿Qué cosa nos falta como sociedad, que nos lleva a la apatía ciudadana y del medio ambiente? Como si se nos hubiera apagado el piloto y por más que traten de encendernos nada más no respondemos.

‘¿Qué tal si empezamos con pequeñas acciones? Cuando vayamos a comprar alimentos llevemos nuestra bolsa reusable. En el restaurante rechacemos popotes de plástico. Reciclemos el períodico, en vez de que vaya a la basura. Juntemos y depositemos el PET en contenedores apropiados. Exijamos a nuestras autoridades un sitio especial para colocar desechos electrónicos y baterías. Al salir llevemos nuestra botella de agua reutilizable en vez de consumir la que se vende en recipientes de plástico…

La fuerza del todo está dada por la integridad de cada una de sus partes. Es un principio universal que igual se aplica a los humanos, y que para ahora es equivalente a no morir.

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19 Mayo 2019 03:25:00
La fuerza del todo
El suicidio no deja de sorprendernos cada día: por su creciente número, así como por las causas que lo motivan.

Esta semana hubo un par de tragedias que invitan a la reflexión. Primera, en Reino Unido durante 14 años se transmitió un programa en vivo, en cada emisión dos personas ventilaban sus diferencias, frente al público. Este fungía como jurado, que luego de escuchar a una y otra de las partes, decidía.

Según la información que pude consultar, de ser un programa tranquilo, se volvió cada vez más tóxico, con brotes violentos. En el último de sus capítulos (10 de mayo), pues acaba de ser cancelado, una pareja discutía si el esposo era infiel. El hombre aceptó someterse a la prueba del polígrafo, la cual no pasó.

dicha prueba, para ser confiable, debe hacerse por un experto, en un ambiente tranquilo, y su duración puede extenderse a 3 o 4 horas para resultados precisos. En este caso no se dieron las condiciones. El público presente se volcó en contra del esposo de fea manera. El hombre llegó a su casa, escribió una nota afirmando que no había sido infiel, y se colgó.

Otro caso, más doloroso todavía. En Singapur una chica de 16 años desarrolló ideación suicida, publicó en Instagram una encuesta acerca si debía o no suicidarse. Más del 60% opinó que sí lo hiciera, y ella puso fin a su vida. Parecen malas bromas de algún cuentista sin oficio, que se pone a escribir historias bizarras.

Desgraciadamente son hechos reales, que no porque sucedan lejos de nosotros, dejan de ser representativos. Nos venimos convirtiendo en una sociedad de seres humanos solos; cada uno gira sobre su propio eje mientras la cuerda nos dure. Como si no halláramos qué más hacer.

Tenemos temor de aproximarnos a otros que, suponemos, hacen lo mismo, y colisionar. Los abordamos a través de redes sociales, adivinando cómo son, para luego dejar en sus manos las grandes decisiones de nuestra propia vida. Así no nos comprometemos. Frente a la fría pantalla seguimos sintiéndonos solos, hambrientos de esa calidez que cualquier ser vivo con un cerebro desarrollado, necesita para percibir que está seguro y poder avanzar. Lo hace cualquier especie, y más nosotros los humanos, provistos de un sistema límbico que procesa las emociones de forma excepcional, para desencadenar una cascada interna de reacciones frente al mundo, ante el cual nos sentimos más vulnerables de lo que debe sentirse un mapache, una nutria o un gato montés.

Una forma alternativa de suicidio, que finalmente termina en el mismo punto, la extinción, es lo que está ocurriendo con nuestra única casa, el planeta Tierra. Vemos correr ríos de basura; nos pasma el sargazo; contabilizamos por decenas las especies que van desapareciendo para siempre del orbe

Hallamos incontenibles los incendios en distintos puntos del país, algunos de ellos parecieran intencionales. Y seguimos igual, utilizamos bolsas de plástico, tiramos basura donde no deberíamos hacerlo, y omitimos llevar a cabo muchas acciones a favor del planeta, que en conjunto contribuirían a frenar la extinción de las especies vivas. Wangari Muta

Maathai (1940-2011) fue la primera africana en obtener el Premio Nobel de la Paz en 2004. Diseñó un proyecto ecológico de restauración, mediante la creación de cinturones verdes para combatir la deforestación, el cambio climático y la erosión de los suelos. Nacida en la tribu keniana kikuyú, realizó su educación básica en África, y más delante con una beca pudo seguir la carrera de Biología y una maestría en Ciencias Biológicas en Norteamérica. Regresó a su tierra natal para emprender un proyecto de repoblación de zonas deforestadas, que más y más países copiaron, por el que recibió el Nobel.

¿Qué cosa nos falta como sociedad, que nos lleva a la apatía ciudadana y del medio ambiente? Como si se nos hubiera apagado el piloto y por más que traten de encendernos nada más no respondemos.

¿Qué tal si empezamos con pequeñas acciones? Cuando compremos alimentos llevemos nuestra bolsa reusable. En el restaurante rechacemos popotes de plástico. Reciclemos el períodico, en vez de que vaya a la basura. Juntemos y depositemos el PET en contenedores apropiados. Exijamos a nuestras autoridades un sitio especial para colocar desechos electrónicos y baterías. Al salir llevemos nuestra botella de agua reutilizable en vez de consumir la que se vende en recipientes de plástico.

La fuerza del todo está dada por la integridad de cada una de sus partes. Es un principio universal que igual se aplica a los humanos, y que para ahora es equivalente a no morir.
12 Mayo 2019 04:00:00
La mejor madre
Desperté este Día de la Madre no sé si triste, cuando menos nostálgica. Ahora que lo pienso, así es para mí desde que la ocasión dejó de ser ese día especial de la infancia, cuando preparábamos los bordados o los deshilados para el regalo de mamá. Ensayábamos cantos o bailables, y seguíamos con emoción la cuenta regresiva, hasta el día del festival, momento en que lucíamos ropas distintas a las habituales, ya fuera el uniforme de gala o un vestuario acorde con la caracterización que desarrollaríamos.

Debo precisar, entre aquel tiempo y el actual, ocurrió la etapa maravillosa en que me convertí yo misma en receptáculo de festivales y regalos. De estos últimos conservo un par de tazas que utilizo en forma habitual; debido a su uso el pensamiento de inspiración filial, impreso en cada una de las tazas, se ha borrado. Hay fotos de aquellos festivales, incontables anécdotas y momentos simpáticos que guardo en la castaña de los dulces recuerdos. Aun así el Día de las Madres sigue siendo nostálgico, en recuerdo de Melita, la mamá que ya no está aquí.

Por redes sociales proliferan las felicitaciones. Más allá de las nobles intenciones con que se intercambian dichas fórmulas, dentro de mí siento que la ocasión es íntima, entre la madre y los hijos, en una pequeña cápsula de tiempo y espacio, a donde la alharaca del entorno no tiene cabida. Es, en mi caso, recordar a esa mamá hermosa que ha partido, pero que se queda conmigo de muchas formas, al menos mientras volvamos a encontrarnos.

Son los pequeños detalles cotidianos, en los que poco o nada solemos reparar, los que nos llevan a comprender de qué manera esa madre sigue con nosotros. En casa los muros exhiben muchos de los cuadros que pintó mi mamá, uno a uno cuentan su historia. Cada vez que me quedo mirando cualquiera de ellos, aparece aquel momento mágico, la veo buscando con urgencia en su bolso de mano algún papel y un lápiz o pluma, para capturar en unos cuantos trazos lo que acaba de llamar su atención. El brillo de sus ojos va aumentando conforme la mano corre sobre el papel para en dos o tres bocetos de una misma escena, capturar la esencia inmortal que la habita.

De ella aprendí cómo coser un botón, la forma de freír un huevo para evitar que se pegue, cómo escoger melones o papayas. Dónde consultar determinada información en tiempos donde Google no existía; la forma de arreglar un ramo de flores en un jarrón, o de preparar la cena de Navidad… Hay en casa piezas artesanales, libros y mantelería, que con una sola mirada la evocan para mí. La recuerdo en su estudio, frente al caballete, con su saco amplio de grandes bolsas a los lados, la paleta multicolor en la mano izquierda, y el pincel o la espátula en la derecha. Es una de las imágenes que con mayor facilidad logro evocar, pues siendo por 10 años su única hija, me convertí en la eterna modelo para sus óleos y acuarelas. Lo único que se me permitía era respirar y parpadear, fuera de eso debía permanecer como maniquí de aparador.

Hoy es para mí un día nostálgico, los recuerdos agridulces se hallan suspendidos en el aire, rozan mi rostro y cosquillean las memorias. Es un tiempo de convivir con el espíritu de esos seres amados que han dejado su morada terrenal, pero siguen aquí como brisa buena, inspiración bendita, música melodiosa. Melita, mi madre, haciéndose presente de muchas maneras para animarme, para decirme que la labor de la maternidad es eso, ir sembrando pequeñas huellas por el camino. Que nos toca andar en una sola dirección, sin volver atrás ni la vista ni la marcha, puesto que nuestro tiempo no habrá de repetirse.

Hoy, en esa dulce nostalgia le confieso que albergo la certeza de que allá donde se encuentran ella y mi papá, podrán estar satisfechos por haber dejado escritas en sus hijas historias que forman senderos. Claros y alegres senderos; prometedores caminos de regreso al Principio donde, más allá de las limitaciones del tiempo, habremos de reunirnos algún día.

Igual que cualquier otro ser humano, hoy afirmo que yo tuve la mejor madre.
12 Mayo 2019 04:00:00
La mejor madre
Desperté este Día de la Madre no sé si triste, cuando menos nostálgica. Ahora que lo pienso, así es para mí desde que la ocasión dejó de ser ese día especial de la infancia, cuando preparábamos los bordados o los deshilados para el regalo de mamá. Ensayábamos cantos o bailables, y seguíamos con emoción la cuenta regresiva, hasta el día del festival, momento en que lucíamos ropas distintas a las habituales, ya fuera el uniforme de gala o un vestuario acorde con la caracterización que desarrollaríamos.

Debo precisar, entre aquel tiempo y el actual, ocurrió la etapa maravillosa en que me convertí yo misma en receptáculo de festivales y regalos. De estos últimos conservo un par de tazas que utilizo en forma habitual; debido a su uso el pensamiento de inspiración filial, impreso en cada una de las tazas, se ha borrado. Hay fotos de aquellos festivales, incontables anécdotas y momentos simpáticos que guardo en la castaña de los dulces recuerdos. Aun así el Día de las Madres sigue siendo nostálgico, en recuerdo de Melita, la mamá que ya no está aquí.

Por redes sociales proliferan las felicitaciones. Más allá de las nobles intenciones con que se intercambian dichas fórmulas, dentro de mí siento que la ocasión es íntima, entre la madre y los hijos, en una pequeña cápsula de tiempo y espacio, a donde la alharaca del entorno no tiene cabida. Es –como en mi caso— recordar esa mamá hermosa que ha partido, pero que se queda conmigo de muchas formas, al menos mientras volvamos a encontrarnos.

Son los pequeños detalles cotidianos, en los que poco o nada solemos reparar, los que nos llevan a comprender de qué manera esa madre sigue con nosotros: En casa los muros exhiben muchos de los cuadros que pintó mi mamá, uno a uno cuentan su historia. Cada vez que me quedo mirando cualquiera de ellos, aparece aquel momento mágico, la veo buscando con urgencia en su bolso de mano algún papel y un lápiz o pluma, para capturar en unos cuantos trazos lo que acaba de llamar su atención. El brillo de sus ojos va aumentando conforme la mano corre sobre el papel para en dos o tres bocetos de una misma escena, capturar la esencia inmortal que la habita.

De ella aprendí cómo coser un botón, la forma de freír un huevo para evitar que se pegue, cómo escoger melones o papayas. Dónde consultar determinada información en tiempos donde Google no existía; la forma de arreglar un ramo de flores en un jarrón, o de preparar la cena de Navidad… Hay en casa piezas artesanales, libros y mantelería, que con una sola mirada la evocan para mí. La recuerdo en su estudio, frente al caballete, con su saco amplio de grandes bolsas a los lados, la paleta multicolor en la mano izquierda, y el pincel o la espátula en la derecha. Es una de las imágenes que con mayor facilidad logro evocar, pues siendo por diez años su única hija, me convertí en la eterna modelo para sus óleos y acuarelas. Lo único que se me permitía era respirar y parpadear, fuera de eso debía permanecer como maniquí de aparador.

La mía, como toda madre, fue pródiga en amor a través de las pequeñas cosas, los detalles, los premios de contrabando. Fue la compañera divertida y alegre que me enseñó a amar la vida, aunque –debo decirlo— fue también la mujer de hierro, quien junto con mi padre se propuso encauzarme a una meta ambiciosa y lejana, que para ellos dos costó tiempo, dinero y angustias: Hacer de mí una ciudadana responsable, autosuficiente y respetuosa, que se esfuerza por hacer bien las cosas.

Hoy es para mí un día nostálgico, los recuerdos agridulces se hallan suspendidos en el aire, rozan mi rostro y cosquillean las memorias. Es un tiempo de convivir con el espíritu de esos seres amados que han dejado su morada terrenal, pero siguen aquí como brisa buena, inspiración bendita, música melodiosa. Melita, mi madre, haciéndose presente de muchas maneras para animarme, para decirme que la labor de la maternidad es eso, ir sembrando pequeñas huellas por el camino. Que nos toca andar en una sola dirección, sin volver atrás ni la vista ni la marcha, puesto que nuestro tiempo no habrá de repetirse.

Hoy, en esa dulce nostalgia le digo a ella --que se ha quedado conmigo--, de qué forma la siento a lo largo del día. Le confieso que albergo la certeza de que allá donde se encuentran ella y mi papá, podrán estar satisfechos por haber dejado escritas en sus hijas historias que forman senderos. Claros y alegres senderos; prometedores caminos de regreso al principio donde, más allá de las limitaciones del tiempo, habremos de reunirnos algún día.

Igual que cualquier otro ser humano, hoy afirmo que yo tuve la mejor madre. La de los pequeños detalles, que en días como hoy cobra vida para hacerme ver cuánto se lució Dios al crearla.

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05 Mayo 2019 04:00:00
100 y contando
Albert Einstein dividió a la humanidad en dos mitades. La primera constituida por los escépticos, quienes piensan que los milagros no existen. La otra mitad la forman los entusiastas, para los cuales la vida representa una sucesión interminable de milagros.

Francisco Ledesma Guajardo corresponde al último grupo de hombres y mujeres, que tienen la capacidad de encontrar cada mañana un motivo para vivir, un asombro ante el cual maravillarse, y una razón para dar gracias a la vida. La relación con él, a quien considero a la vez amigo y maestro, inició hace muchos años, cuando la tecnología estrenaba los correos electrónicos como una forma veloz y económica para comunicarse. En Torreón, donde él radica, se dio a la tarea de conseguir mi dirección de correo electrónico, lo hizo a través de mi querido tío Homero del Bosque Villarreal, con quien siempre lo unió una entrañable amistad. A partir de ese primer correo, hace más de 20 años, comenzamos un intercambio de misivas electrónicas variopintas: Poesía, relatos familiares y eventos especiales. Del total de correos que he recibido de su parte, tengo muy presentes algunos, aunque debo reconocer que cada entrega suya en mi bandeja es recibida con gusto y alegría. Sé de antemano que contendrá un mensaje enriquecedor, optimista y pleno de esperanza.

Viene a mi memoria un correo que mandó hace varios años, cuando él y su amada esposa Martha celebraban un aniversario de bodas muy significativo. El texto se hacía acompañar de una fotografía que es como un poema, dibuja línea por línea de manera fiel, cómo el amor llega a convertir a dos personas en una fundación única, un hogar cálido, una capilla santa. Todo ello sin que la estrecha unión impida a cada uno de los esposos conservar su esencia individual.

Otro correo significativo --del que quiero hablar en particular-- me llegó esta semana. Como en el caso anterior, incluye una fotografía, esta vez únicamente de Francisco, con un encabezado que dice “Centésimo aniversario”, seguida de un texto redactado por el propio cumpleañero, mediante el cual agradece de forma puntual, a quienes han acompañado su camino durante estos diez decenios. Me emocionaron sus palabras, primero por él, luego por su amada familia, y finalmente por mí, a quien generosamente incluye entre sus amistades.

Los seres humanos nos manejamos en dos coordenadas, no necesariamente inalterables. Por una parte está el espacio, a través del cual somos capaces de desplazarnos, y más en estos tiempos de avanzada tecnología. Las fronteras físicas –en su mayoría—vienen siendo reemplazadas por fronteras políticas, religiosas, o ideológicas. Hoy podemos ir y venir a través de las diversas geografías, muchas de las veces con solo desearlo. El tiempo que llevaba a Marco Polo recorrer la ruta de la Seda en el siglo 13, alcanzaría hoy para darle la vuelta completa al planeta, conociendo las principales capitales del mundo.

El otro elemento de las coordenadas es el tiempo. Su paso es riguroso, pero aun así resulta relativo. El tiempo adquiere un ritmo propio conforme a nuestras expectativas, la biografía personal, y fundamentalmente el entusiasmo que inyectemos en cada proyecto que albergamos. No tienen que ser los grandes emprendimientos que cambien al mundo, basta con que sean aquellos que activen fe y creatividad en nuestra vida personal. Así tendremos suficientes elementos para hacer rendir el tiempo que se nos ha prestado, y que no sabemos en qué momento habrá de agotarse.

A Francisco nunca he sentido la necesidad de anteponerle el “Don”, aun cuando hay cierta diferencia de edades. Jamás me había detenido a analizarlo, a vuelo de pájaro supuse que sería el cariño el que me movía a nombrarlo de un modo tan familiar. Sin embargo, con motivo de su centésimo aniversario, y los años que tenemos de conocernos, he alcanzado a entender, y para ello va una anécdota muy significativa de su parte, que paso a narrar:

Calculo que él tendría unos 85 años cuando me envió una presentación cuyo tema era el envejecimiento. Me la hizo llegar con un texto que decía: “Porque algún día la vamos a necesitar”. Me causó gracia que a su edad no se sintiera incluido entre los de la tercera o la cuarta edad, pero no es sino hasta ahora que entiendo qué quiso decir. Sé que a sus 100 años Francisco tiene un alma de niño que busca, se sorprende y se alegra, y no contento con hacerlo para sí, va y contagia a todos los demás. Así llega al centenario y sigue sin necesitar los consejos para el envejecimiento, puesto que es un alma joven. He ahí la gran enseñanza que hoy me deja. Y por eso no puedo anteponerle un solemne “Don”, rígido y formal, para él que vive con la alegría en pleno vuelo, como cometa al aire en cualquier soleada mañana lagunera.

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05 Mayo 2019 03:54:00
100 y contando
Albert Einstein dividió a la humanidad en dos. La primera constituida por los escépticos, quienes piensan que los milagros no existen. La otra mitad la forman los entusiastas, para los cuales la vida representa una sucesión interminable de milagros.

Francisco Ledesma Guajardo corresponde al último grupo de hombres y mujeres que tienen la capacidad de encontrar cada mañana un motivo para vivir, un asombro ante el cual maravillarse, y una razón para dar gracias. La relación con él, a quien considero a la vez amigo y maestro, inició hace muchos años, cuando la tecnología estrenaba los correos electrónicos como una forma veloz y económica para comunicarse.

En Torreón, donde él radica, se dio a la tarea de conseguir mi dirección de correo electrónico, lo hizo a través de mi querido tío Homero del Bosque Villarreal, con quien siempre lo unió una entrañable amistad. A partir de ese primer correo, hace más de 20 años, comenzamos un intercambio de misivas electrónicas variopintas: poesía, relatos familiares y eventos especiales.

Del total de correos que he recibido de su parte, tengo muy presentes algunos, aunque debo reconocer que cada entrega suya en mi bandeja es recibida con gusto y alegría. Sé de antemano que contendrá un mensaje enriquecedor, optimista y pleno de esperanza.

Viene a mi memoria un correo que mandó hace años, cuando él y su amada esposa Martha celebraban un aniversario de bodas muy significativo. El texto se hacía acompañar de una fotografía que es como un poema, dibuja línea por línea de manera fiel, cómo el amor llega a convertir a dos personas en una fundación única, un hogar cálido, una capilla santa. Todo ello sin que la estrecha unión impida a cada uno de los esposos conservar su esencia individual.

Otro correo significativo (del que quiero hablar en particular) me llegó esta semana. Como en el caso anterior, incluye una fotografía, esta vez únicamente de Francisco, con un encabezado que dice “Centésimo aniversario”, seguida de un texto redactado por el propio cumpleañero, mediante el cual agradece de forma puntual a quienes han acompañado su camino durante estos 10 decenios. Me emocionaron sus palabras, primero por él, luego por su amada familia, y finalmente por mí, a quien generosamente incluye entre sus amistades.

A Francisco nunca he sentido la necesidad de anteponerle el “Don”, aun cuando hay cierta diferencia de edades. Jamás me había detenido a analizarlo, a vuelo de pájaro supuse que sería el cariño el que me movía a nombrarlo de un modo tan familiar. Sin embargo, con motivo de su centésimo aniversario, y los años que tenemos de conocernos, he alcanzado a entender, y para ello va una anécdota muy significativa.

Calculo que él tendría unos 85 años cuando me envió una presentación cuyo tema era el envejecimiento. Me la hizo llegar con un texto que decía: “Porque algún día la vamos a necesitar”. Me causó gracia que a su edad no se sintiera incluido entre los de la tercera o la cuarta edad, pero no es sino hasta ahora que entiendo qué quiso decir. Sé que a sus 100 años Francisco tiene un alma de niño que busca, se sorprende y se alegra, y no contento con hacerlo para sí, va y contagia a todos los demás.
28 Abril 2019 04:00:00
Caleidoscopio
La verdad os hará libres:
Jn 8, 31-42

Metro de la ciudad de México, estación Tacubaya. Mientras camina por el andén, una mujer madura comienza a trastabillar y se desvanece. La secuencia de imágenes captadas por las cámaras de seguridad hilan una historia que termina cuando cinco uniformados sacan en vilo a la mujer al exterior de la estación, en donde permanece más de 24 horas, hasta que finalmente una ambulancia, la levanta y la lleva a un servicio de emergencias. Es hospitalizada y un par de días después fallece. Por lo poco que se sabe padecía una enfermedad crónico-degenerativa y sufrió un evento vascular cerebral que provocó desvanecimiento y muerte. Ella portaba una placa informativa en su muñeca, la cual fue robada junto con el resto de sus pertenencias.

Los eventos ocurrieron desde el pasado mes de febrero, y hasta ahora salen a la luz. Muy en contra de lo que suele suceder, hace un par de días la directora general del sistema Metro, Florencia Serranía, acaba de asumir su responsabilidad por lo ocurrido. Ofrece que se revisarán los protocolos, aunque insiste en que se actuó como se hizo, basándose en el reporte de que la mujer estaba alcoholizada, cuestión que sus familiares niegan. Y aún si ese fuera el caso, el estado de intoxicación por sí mismo habría ameritado vigilancia en un servicio de urgencias.

Más allá de los protagonistas que, según la evidencia recogida, no hicieron mayor cosa por auxiliar a la mujer, y ahora buscan justificar su actuación, me sorprende la indolencia ciudadana. Que la enferma haya permanecido a la intemperie por más de 24 horas, y que al parecer el único contacto humano que ella recibió después de ser abandonada, fue del ladronzuelo que robó sus pertenencias. Entretanto sus familiares, preocupados, notificaban acerca de la desaparición y emprendían su búsqueda.

Buen momento para analizar en qué medida lo virtual viene contaminando nuestra percepción de la realidad, de modo que no alcanzamos a discriminar si lo que captan nuestros sentidos en verdad existe, o es solamente un juego de la imaginación. Pudiera decirse que lo virtual ha superado a lo real, de manera que llegamos a percibir lo que ocurre en derredor nuestro como algo irreal, salido de la imaginación de un diseñador de videojuegos, frente a lo cual nosotros –en nuestro papel de jugadores—tenemos la opción de interactuar o de no hacerlo. En el estado que guardan las cosas hoy en día, esa parte que conocemos como “conciencia” busca ponernos a salvo del caos, y para nuestra propia protección interna, convierte los hechos de la vida real en tramas virtuales cuyo desenlace no depende solamente de nosotros. Las escenas de muertes violentas con cuerpos regados en el suelo de un salón de fiestas, como lo ocurrido en Minatitlán, se convierte entonces en parte del escenario imaginario. Nuestro afán de supervivencia nos impele a verlo de este modo. Asumirlo como real nos colocaría en serio riesgo de muerte también a nosotros. Que en el caso de la mujer fallecida, las autoridades señalen que la masacre no ocurrió a resultas de fallas en el Estado de Derecho, sino por cuestiones ajenas a la gobernanza, es igualmente parte de esa trama virtual, en un juego en el que nos enfrentamos día a día con el enemigo bajo diversas identidades virtuales.

“Percepción selectiva” es el término acuñado hace más de un siglo por William James para este tipo de apreciación sesgada de la realidad. Frente a un exceso de información yo “elijo” qué voy a ver y qué voy a ignorar. Algo parecido --me atrevo a suponer—es lo que sucede en la actualidad, el nivel de violencia nos sobrepasa, y el yo aceptarlo como real sería reconocer que me encuentro en riesgo inminente de muerte. He ahí la razón por la que comienzo a apreciar la realidad con sesgo, filtrando aquellas percepciones que me tornan vulnerable. Por otra parte, dado que vivimos inmersos en un mundo de alta tecnología, mi percepción echa mano de algo adicional: Una imbricación entre lo real y lo virtual. Ello explica buena parte de lo que sucede allá afuera, con el fin de fomentar mi tranquilidad. El exceso de violencia no es más que parte del videojuego, y los heridos y muertos son hologramas que puedo borrar con tan solo pulsar un botón.

Ya lo dijo Saramago: “Según yo entiendo el mundo se está convirtiendo en una caverna igual que la de Platón. Todos mirando imágenes y creyendo que son la realidad”. De este modo la indolencia frente a la mujer enferma, botada a la calle, es resultado de una chanza de nuestro inconsciente, que queremos percibir como inexistente. Algo similar a las fantasías ópticas de un caleidoscopio, a través de cuyo visor se observa lo que no existe, cuando la realidad no se ajusta a las expectativas de quien mira.

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21 Abril 2019 04:00:00
¿Hacia dónde?
Hay grandes hechos que rebasan las fronteras del tiempo y la geografía. Eventos únicos que se inscriben en los libros de historia para siempre. Tal ha sido el caso del incendio de la Catedral de Notre Dame; al caer la tarde los tonos escarlata sobre las aguas del Sena se vieron superados por las primeras flamas que comenzaron a elevarse. La escena se tornó surrealista, conforme avanzaba el fuego contra la oscuridad como escenario de fondo. En lo que a mí se refiere, esa catedral tiene un significado personal y familiar único, aparte de su valor histórico y como joya arquitectónica .

A través de las redes sociales corrió la noticia. Al inicio se sospechó que hubiera sido intencional, pronto los especialistas lo desmintieron. Las reacciones fueron muy variadas, desde un dolor profundo hasta expresiones de contento por parte de grupos extremistas no cristianos. Tal fue el impacto, que para el siguiente día se habían reunido varios cientos de millones de euros para la reconstrucción, provenientes, tanto de pequeñas colectas de comunidades católicas, como fuertes sumas por parte de grandes empresarios. Fue entonces cuando comenzó a circular en redes una fotografía de un bebé completamente desnutrido y la leyenda recriminatoria de que cómo era posible que para la reconstrucción de la catedral se hubieran reunido cerca de mil millones de euros en 24 horas, mientras que para salvar la vida de esos niños víctimas de la pobreza nadie actuara.

El malestar de quienes lo circulan es entendible, sin embargo reclamar en redes no es la solución. Tampoco se trata de ir sembrando culpas en quienes simpatizamos con el dolor de los franceses. Como quien quiere comandar el mundo apoltronado en un sillón con el aparato electrónico en las manos, pero la verdad es que esto no lleva a ninguna parte.

Una panorámica a vuelo de pájaro nos señala que nuestro mundo trae perdido el corazón. Con ello me refiero al espíritu, al sentido último por el que hacemos cada día las cosas que hacemos. Pareciera que nos invade un hastío, una suerte de abatimiento como quien dice: ¿Y para qué me esfuerzo, o planeo, o me animo…? Y entonces vamos y caemos en las cosas vanas, nos enfocamos a la imagen, como si esta fuera la llave mágica que abre el mundo de las posibilidades. Las personas delgadas se someten a cirugías bariátricas hasta quedar como hologramas. Las personas maduras comienzan una secuencia de cirugías plásticas para conservar la juventud. Las canas se cubren, y tantas otras monerías se llevan a cabo para estar acordes con lo que el mundo dicta que debe de ser. Lo más extraño del caso es que nos dejamos llevar justo por lo que otros dicen, hacen, reprueban o determinan, tantas veces dejando al margen lo que yo en mi persona debería decidir por y para mí.

En aquella sensación de vacío hay ratos cuando actuamos por arranques, a favor o en contra de una causa. Arranques de ira de cuando en cuando. Impulsos que nos llevan en uno u otro sentido a emprender acciones que quizá después estemos lamentando.

Si yo decido ayudar a prevenir la extinción del camello bactriano en Mongolia, o del pez napoleón en el Índico, ¡qué bueno! Si hacerlo me proporciona un sentido de trascendencia, porque llevo a cabo algo por un ser vivo que de ninguna manera podría agradecérmelo. ¡Perfecto! Igual si hay quienes apoyan a grupos que se encuentran en zonas en desastre por las guerras de oriente, o quienes investigan las zonas arqueológicas en la Selva Lacandona. Del mismo modo, si me apetece ir a abrazar árboles a Oaxaca, o aprender chino mandarín, magnífico. Todas ellas son acciones que finalmente refuerzan la autoestima. Y al tener bien plantada la autoestima, estoy en condiciones de sentir empatía por los demás, y ayudarlos de una forma efectiva, actuando para auxiliarlos a satisfacer sus necesidades.

A propósito de ayudar, verifiquemos si nuestras acciones van encaminadas a favorecer que esas personas crezcan y se superen, o si –por el contrario—con mi dádiva hago que sigan estancadas, esperanzadas a que la ayuda venga de fuera siempre. México necesita aprender a salir adelante por sí mismo, que cada ciudadano se prepare para desarrollar su inteligencia emocional, que le permita el diseño de herramientas, para generar los cambios necesarios para vivir mejor. Salir a resolverles los problemas es una forma de minimizarlos, de favorecer la parálisis social. Enseñarlos a valorar los recursos con los que cuentan y saber aplicarlos, es comenzar a resolver sus problemas.

La autoestima nos permite llevar a cabo lo que nos gusta, con total libertad, sin sentirnos culpables de no hacer lo que “todos” hacen. Es poner un sello personal a nuestra vida y disfrutarlo, siempre y cuando no dañemos a terceros.


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21 Abril 2019 03:04:00
¿Hacia dónde?
Hay grandes hechos que rebasan las fronteras del tiempo y la geografía. Eventos únicos que se inscriben en los libros de historia para siempre. Tal ha sido el caso del incendio de la Catedral de Notre Dame; al caer la tarde los tonos escarlatas sobre las aguas del Sena se vieron superados por las primeras flamas que comenzaron a elevarse. La escena se tornó surrealista, conforme avanzaba el fuego contra la oscuridad como escenario de fondo. En lo que a mí se refiere, esa catedral tiene un significado personal y familiar único, aparte de su valor histórico y como joya arquitectónica .

A través de las redes sociales corrió la noticia. Al inicio se sospechó que hubiera sido intencional, pronto los especialistas lo desmintieron. Las reacciones fueron muy variadas, desde un dolor profundo hasta expresiones de contento por parte de grupos extremistas no cristianos. Tal fue el impacto, que para el siguiente día se habían reunido varios cientos de millones de euros para la reconstrucción, provenientes, tanto de pequeñas colectas de comunidades católicas, como fuertes sumas por parte de grandes empresarios. Fue entonces cuando comenzó a circular en redes una fotografía de un bebé completamente desnutrido y la leyenda recriminatoria de que cómo era posible que para la reconstrucción de la catedral se hubieran reunido cerca de mil millones de euros en 24 horas, mientras que para salvar la vida de esos niños víctimas de la pobreza nadie actuara.

El malestar de quienes lo circulan es entendible, sin embargo reclamar en redes no es la solución. Tampoco se trata de ir sembrando culpas en quienes simpatizamos con el dolor de los franceses. Como quien quiere comandar el mundo apoltronado en un sillón con el aparato electrónico en las manos, pero la verdad es que esto no lleva a ninguna parte.

Una panorámica a vuelo de pájaro nos señala que nuestro mundo trae perdido el corazón. Con ello me refiero al espíritu, al sentido último por el que hacemos cada día las cosas que hacemos. Pareciera que nos invade un hastío, una suerte de abatimiento como quien dice: ¿Y para qué me esfuerzo, o planeo…? Y entonces vamos y caemos en las cosas vanas, nos enfocamos a la imagen, como si esta fuera la llave mágica que abre el mundo de las posibilidades. Lo más extraño del caso es que nos dejamos llevar justo por lo que otros dicen, hacen, reprueban o determinan, tantas veces dejando al margen lo que yo en mi persona debería decidir por y para mí.

En aquella sensación de vacío hay ratos cuando actuamos por arranques, a favor o en contra de una causa. Arranques de ira de cuando en cuando. Impulsos que nos llevan en uno u otro sentido a emprender acciones que quizá después estemos lamentando.

Si yo decido ayudar a prevenir la extinción del camello bactriano en Mongolia, o del pez napoleón en el Índico, ¡qué bueno! Si hacerlo me proporciona un sentido de trascendencia, porque llevo a cabo algo por un ser vivo que de ninguna manera podría agradecérmelo. ¡Perfecto! Igual si hay quienes apoyan a grupos que se encuentran en zonas en desastre por las guerras de oriente, o quienes investigan las zonas arqueológicas en la Selva Lacandona. Del mismo modo, si me apetece ir a abrazar árboles a Oaxaca, o aprender chino mandarín, magnífico. Todas ellas son acciones que refuerzan la autoestima.

Verifiquemos si nuestras acciones van encaminadas a favorecer que esas personas crezcan y se superen, o si, por el contrario, con mi dádiva hago que sigan estancadas, esperanzadas a que la ayuda venga de fuera siempre. México necesita aprender a salir adelante por sí mismo, que cada ciudadano se prepare para desarrollar su inteligencia emocional, que le permita el diseño de herramientas, para generar los cambios necesarios para vivir mejor. Salir a resolverles los problemas es una forma de minimizarlos, de favorecer la parálisis social. Enseñarlos a valorar los recursos con los que cuentan y saber aplicarlos, es comenzar a resolver sus problemas.

La autoestima nos permite llevar a cabo lo que nos gusta, con total libertad, sin sentirnos culpables de no hacer lo que “todos” hacen. Es poner un sello personal a nuestra vida y disfrutarlo, siempre y cuando no dañemos a terceros.
14 Abril 2019 04:00:00
Silencios que matan
Acabo de terminar el libro intitulado “Beautiful Boy”, obra testimonial del escritor y periodista David Sheff, que narra su experiencia como padre de un hijo drogadicto. La trama, a ratos desgarradora, conserva sin embargo, aún en los peores momentos un rayo de esperanza, por encima de las terribles mareas y contramareas que genera la adicción a sustancias tóxicas. Tal es el caso del chico, quien inicia a temprana edad fumando marihuana, y más delante prueba las metanfetaminas con las cuales queda virtualmente “ganchado”.

La adolescencia es un tema que me apasiona. Esa etapa de la vida que, si para los hoy mayores tuvo turbulencias y agitaciones, para los adolescentes actuales debe de resultar como un viaje a través de un hoyo negro (ahora que sabemos cómo se ven y cómo funcionan). Los chicos se someten a una cantidad de estímulos que vuelven el asunto de ser adolescente en un juego de alto riesgo. A través de la exposición intensa y continua a la Internet, entran en comunicación con diversos estilos de vida, lo que puede resultar funesto, en razón de su corta edad.

Algunos autores definen a la actual la “Generación del silencio”. De igual manera, pero por otras razones, se llamó así a la generación de norteamericanos nacidos hace cien años, en tiempos de la Gran Depresión. La actual se ha denominado de este modo por el habitual mutismo de los individuos frente a la pantalla. En grupos humanos priva el silencio, metido cada uno en su mundo virtual, ajeno a lo que sucede en derredor suyo. En buena medida este tipo de conducta se replica dentro del hogar, convirtiendo a la familia en un sitio para satisfacer las necesidades básicas solamente, pues la convivencia ha dejado de formar parte de la interacción familiar. No es gratuito aplicar ese refrán popular que dice que la tecnología “acerca a los lejanos y aleja a los cercanos”.

Ahora bien, con relación a las adicciones, descubrí un autor ruso cuya claridad me impactó: Oleg Zikov preside una fundación que se dedica a los temas de alcoholismo y drogadicción. Él emite una propuesta en la que vale la pena detenernos a reflexionar: El problema de la adicción no radica en la oferta de drogas, el problema está en la persona. Esto es, cuando el individuo trae la formación desde su casa para evitar el uso de sustancias químicas adictivas, saldrá victorioso, sea cual fuere el ambiente en el cual se halle. Encuentro a Zikov con su gran verdad muy aislado, como si el resto del mundo no volteara a verlo o no quisiera tomarlo en cuenta. Siendo muy suspicaces, hasta podríamos suponer que hay muchos intereses económicos detrás de la venta y consumo de drogas, de manera que no resulta conveniente que Zikov se dé a conocer.

“Libro una guerra silenciosa contra un amigo tan pernicioso y omnipresente como el mal”, menciona David Sheff en uno de los capítulos donde está a punto de darse por derrotado. Su familia lo ha apoyado durante todo el proceso, pero llega un momento cuando él se pregunta si vale la pena todo eso, y si es justo por un miembro –su hijo—estar arriesgando a todos los demás. Así, con esa profundidad, hoy quiero entender a Zikov. La drogadicción es un problema de la persona, de la familia, de la sociedad que conformamos quienes nos consideramos “buenos ciudadanos”. No es que lleguen los demonios de fuera a inyectar el mal en nuestros niños y adolescentes; somos nosotros mismos quienes fallamos en blindarlos para que sepan protegerse allá afuera, en cuanto atraviesan el umbral de la casa y se hallan expuestos a sustancias tóxicas. No basta con mandarlos a tomar una plática informativa en la que les digan que hay adolescentes que en el primer “viaje” fallecen de un infarto, o que pierden sus facultades de pensamiento para toda la vida. No basta con alarmarlos o amenazarlos. Se trata de blindarlos, y este blindaje lo proporciona el amor real, paciente, ese que se hace presente a diario, que se expresa con calidez. El amor que no se distrae, que se enfoca en cumplir lo suyo a cada momento. Ese amor que ilumina la mirada de un padre o de una madre ante el triunfo de su hijo, logro tal vez “insignificante” para el mundo, pero grandioso para el pequeño.

Oleg Zikov, atribuye las adicciones al “bienestar social”. Su planteamiento postula que se presentan en sociedades ocupadas por alcanzar niveles económicos elevados. Lograrlo implica encauzar el potencial humano a la producción, a expensas de sacrificar mucho de lo que la atención familiar requiere. El caldo de cultivo está en su punto: sociedades con gran poder adquisitivo conformadas por familias secuestradas por el medio laboral, que producen niños proclives a las adicciones. La adicción no es la enfermedad sino síntoma de una patología del alma, que se gesta desde la cuna.

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14 Abril 2019 03:40:00
Silencios que matan
Acabo de terminar el libro Beautiful Boy, obra testimonial de David Sheff, que narra su experiencia como padre de un hijo drogadicto. La trama, a ratos desgarradora, conserva sin embargo, aún en los peores momentos un rayo de esperanza, por encima de las terribles mareas y contramareas que genera la adicción a sustancias tóxicas. Tal es el caso del chico, quien inicia a temprana edad fumando mariguana, y más delante prueba las metanfetaminas con las cuales queda “ganchado”.

La adolescencia es un tema que me apasiona. Esa etapa de la vida que, si para los hoy mayores tuvo turbulencias y agitaciones, para los adolescentes actuales debe de resultar como un viaje a través de un hoyo negro (ahora que sabemos cómo se ven y cómo funcionan). Los chicos se someten a una cantidad de estímulos que vuelven el asunto de ser adolescente en un juego de alto riesgo. A través de la exposición intensa y continua a la internet, entran en comunicación con diversos estilos de vida, lo que puede resultar funesto, en razón de su corta edad.

Algunos autores definen a la actual la Generación del Silencio. De igual manera, pero por otras razones, se llamó así a la generación de norteamericanos nacidos hace cien años, en tiempos de la Gran Depresión. La actual se ha denominado de este modo por el habitual mutismo de los individuos frente a la pantalla. En grupos humanos priva el silencio, metido cada uno en su mundo virtual, ajeno a lo que sucede en derredor suyo. En buena medida este tipo de conducta se replica dentro del hogar, convirtiendo a la familia en un sitio para satisfacer las necesidades básicas solamente, pues la convivencia ha dejado de formar parte de la interacción familiar. No es gratuito aplicar ese refrán popular que dice que la tecnología “acerca a los lejanos y aleja a los cercanos”.

Ahora bien, con relación a las adicciones, descubrí un autor ruso cuya claridad me impactó: Oleg Zikov preside una fundación que se dedica a los temas de alcoholismo y drogadicción. Él emite una propuesta en la que vale la pena detenernos a reflexionar: el problema de la adicción no radica en la oferta de drogas, el problema está en la persona. Esto es, cuando el individuo trae la formación desde su casa para evitar el uso de sustancias químicas adictivas, saldrá victorioso, sea cual fuere el ambiente en el cual se halle. Encuentro a Zikov con su gran verdad muy aislado, como si el resto del mundo no volteara a verlo o no quisiera tomarlo en cuenta. Siendo muy suspicaces, hasta podríamos suponer que hay muchos intereses económicos detrás de la venta y consumo de drogas, de manera que no resulta conveniente que Zikov se dé a conocer. “Libro una guerra silenciosa contra un amigo tan pernicioso y omnipresente como el mal”, menciona David Sheff en uno de los capítulos donde está a punto de darse por derrotado.

Zikov, atribuye las adicciones al “bienestar social”. Su planteamiento postula que se presentan en sociedades ocupadas por alcanzar niveles económicos elevados. Lograrlo implica encauzar el potencial humano a la producción, a expensas de sacrificar mucho de lo que la atención familiar requiere. El caldo de cultivo está en su punto: sociedades con gran poder adquisitivo conformadas por familias secuestradas por el medio laboral, que producen niños proclives a las adicciones. La adicción no es la enfermedad sino síntoma de una patología del alma, que se gesta desde la cuna.
07 Abril 2019 04:00:00
Ser educadores
Hay hechos que marcan un punto de quiebre, nos señalan que es momento de rectificar el rumbo. Uno de tales hechos corresponde al suicidio de Armando Vega Gil, integrante del grupo musical “Botellita de Jerez”. Alguien podrá decir que fue el desenlace de una depresión, no obstante hay el disparador muy evidente fue una acusación anónima subida a redes sociales.

Procuro no incurrir en lo mismo que señalo. No tengo elementos para aventurar una opinión de por qué lo hizo -algo tan común en línea- tal vez nadie llegue nunca a saberlo. El hecho terrible está ahí, frente a nosotros, llamando a la reflexión.

Cada ser humano es resultado de sus valores familiares, su preparación académica y el nivel de conciencia que él mismo se proponga desarrollar. Difícil aplicar las matemáticas para determinar cuál será el resultado final de esa interacción entre elementos biográficos, educativos y metas personales. Difícil, pero en cierta medida previsible.

A partir de lo anterior, habría que preguntarnos entonces qué nos está sucediendo como ciudadanos del tercer milenio. Hemos tenido grandes oportunidades para informarnos y conocer, sin embargo las cuentas no cuadran. El afán de posesión ha crecido a nivel exorbitante, en tanto la parte espiritual de la persona sufre una terrible merma.

Es curioso, frente a la palabra “espiritual” nos comienza un escozor incómodo, como si ello invocara templos, monjas y cilicios, o habrá quien lo rechace para honrar a Benito Juárez, quien instauró la educación laica. De modo muy personal interpreto esta incomodidad como la conducta de un adolescente, que quiere evitar aquello que huela a privación de la libertad.

En su obra “Pedagogía del Oprimido” el educador Paulo Freire expresa el concepto de “educación bancaria”. En el contexto de su obra, describe el tipo de educación que convierte a los educandos en receptáculos donde el educador deposita conocimientos en forma acumulativa. Un tipo de educación que exige del educando una actitud pasiva, con cero iniciativa, contraria a lo que el propio autor considera una educación liberadora, a través de la cual el alumno interactúa con el maestro, aprende a razonar y trabaja en equipo. Yo iría más allá para suponer que esa “educación bancaria” gira en torno a un solo eje rector llamado “dinero”.

Podemos concluir que dicho modelo educativo respondía a las necesidades del mundo de mediados del siglo pasado. El enfoque estaba centrado en la industrialización a gran escala después de varias guerras que mermaron la economía mundial. Correspondió al momento histórico que se vivía.

A partir de esa reflexión habría que preguntarnos qué requiere nuestro mundo de hoy. Cuáles son los problemas que enfrentamos como sociedad en el día a día, para determinar qué tipo de educación se necesita en la actualidad. Hay diversos modelos, todos ellos -cada cual por su propio camino-- convergen en un solo concepto: el humanismo
.
Si nos detenemos por un momento a reflexionar, hoy en día somos más impulsivos y menos sensatos. Más violentos para actuar desde el anonimato, pero poco capaces de dar la cara. El nivel de información al que tenemos acceso no se corresponde con el grado de conciencia que nuestra actuación demuestra. Los nacidos en este milenio han desarrollado una maestría sin parangón en el manejo de la tecnología, pero están cada vez más aislados, menos conscientes de ellos mismos.

Correspondemos a una generación que expresa su narcisismo a través de la toma de un sinnúmero de fotografías, tantas de ellas insulsas. Una generación que, paradójico, se ha olvidado mirarse al espejo del alma. Nos convertimos en los jueces implacables, más aún en línea. Vemos la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio.

El verdadero proceso educativo comienza en casa, más allá del discurso con el ejemplo. Primero que nada nos corresponde plantarnos frente al espejo y abrir grandes los ojos, revisar nuestra propia actuación, analizar cómo somos, reconocer qué estamos haciendo mal y escudriñar por qué razón lo hacemos. La sinceridad frente a nosotros mismos es la cimentación de una conducta íntegra, orientada al bien común.

Tenemos la obligación de convertirnos en modelos para nuestros pequeños. Hacer de nuestro hogar el microcosmos que deseamos ver replicado allá afuera, en cualquier grupo humano donde hoy priva la codicia, la falta de honestidad y la hipocresía. Somos responsables de trabajar para que germine la integridad y la franqueza absoluta, y así decir las cosas de frente. Alejarnos de ser el que lanza la piedra y esconde la mano.

La sociedad nos demanda enseñar a nuestros niños valores como el respeto, la empatía, la comunicación y la armonía: ¿estamos preparados para enseñarlos?

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07 Abril 2019 03:01:00
Ser educadores
Hay hechos que marcan un punto de quiebre, nos señalan que es momento de rectificar el rumbo. Uno de tales hechos corresponde al suicidio de Armando Vega Gil, integrante del grupo musical Botellita de Jerez. Alguien podrá decir que fue el desenlace de una depresión, no obstante hay el disparador muy evidente fue una acusación anónima subida a redes
sociales.

Procuro no incurrir en lo mismo que señalo. No tengo elementos para aventurar una opinión de por qué lo hizo (algo tan común en línea), tal vez nadie llegue nunca a saberlo. El hecho terrible está ahí, frente a nosotros, llamando a la reflexión.

Cada ser humano es resultado de sus valores familiares, su preparación académica y el nivel de conciencia que él mismo se proponga desarrollar. Difícil aplicar las matemáticas para determinar cuál será el resultado final de esa interacción entre elementos biográficos, educativos y metas personales. Difícil, pero en cierta medida previsible.

A partir de lo anterior, habría que preguntarnos entonces qué nos está sucediendo como ciudadanos del tercer milenio. Hemos tenido grandes oportunidades para informarnos y conocer, sin embargo las cuentas no cuadran. El afán de posesión ha crecido a nivel exorbitante, en tanto la parte espiritual de la persona sufre una terrible merma.

Es curioso, frente a la palabra “espiritual” nos comienza un escozor incómodo, como si ello invocara templos, monjas y cilicios, o habrá quien lo rechace para honrar a Benito Juárez, quien instauró la educación laica. De modo muy personal interpreto esta incomodidad como la conducta de un adolescente, que quiere evitar aquello que huela a privación de la libertad.
En su obra Pedagogía del Oprimido el educador Paulo Freire expresa el concepto de “educación bancaria”. En el contexto de su obra, describe el tipo de educación que convierte a los educandos en receptáculos donde el educador deposita conocimientos en forma acumulativa.

Un tipo de educación que exige del educando una actitud pasiva, con cero iniciativa, contraria a lo que el propio autor considera una educación liberadora, a través de la cual el alumno interactúa con el maestro, aprende a razonar y trabaja en equipo. Yo iría más allá para suponer que esa “educación bancaria” gira en torno a un solo eje rector llamado “dinero”.
Podemos concluir que dicho modelo educativo respondía a las necesidades del mundo de mediados del siglo pasado. El enfoque estaba centrado en la industrialización a gran escala después de varias guerras que mermaron la economía mundial. Correspondió al momento histórico que se vivía.

A partir de esa reflexión habría que preguntarnos ¿qué requiere nuestro mundo de hoy? ¿Cuáles son los problemas que enfrentamos como sociedad en el día a día?, para determinar qué tipo de educación se necesita en la actualidad. Hay diversos modelos, todos ellos (cada cual por su propio camino) convergen en un solo
concepto: el humanismo

Si nos detenemos por un momento a reflexionar, hoy en día somos más impulsivos y menos sensatos. Más violentos para actuar desde el anonimato, pero poco capaces de dar la cara. El nivel de información al que tenemos acceso no se corresponde con el grado de conciencia que nuestra actuación
demuestra.

Los nacidos en este milenio han desarrollado una maestría sin parangón en el manejo de la tecnología, pero están cada vez más aislados, menos conscientes de ellos mismos.
Correspondemos a una generación que expresa su narcisismo a través de la toma de un sinnúmero de fotografías, tantas de ellas insulsas. Una generación que, paradójico, se ha olvidado mirarse al espejo del alma. Nos convertimos en los jueces implacables, más aún en línea. Vemos la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio.

El verdadero proceso educativo comienza en casa, más allá del discurso con el ejemplo. Primero que nada nos corresponde plantarnos frente al espejo y abrir grandes los ojos, revisar nuestra propia actuación, analizar cómo somos, reconocer qué estamos haciendo mal y escudriñar por qué razón lo hacemos. La sinceridad frente a nosotros mismos es la cimentación de una conducta íntegra, orientada al bien común.

Tenemos la obligación de convertirnos en modelos para nuestros pequeños. Hacer de nuestro hogar el microcosmos que deseamos ver replicado allá afuera, en cualquier grupo humano donde hoy priva la codicia, la falta de honestidad y la hipocresía. Somos responsables de trabajar para que germine la integridad y la franqueza absoluta, y así decir las cosas de frente. Alejarnos de ser el que lanza la piedra y esconde la mano.

La sociedad nos demanda enseñar a nuestros niños valores como el respeto, la empatía, la comunicación y la armonía: ¿estamos preparados para enseñarlos?
31 Marzo 2019 04:00:00
Misión cumplida
Fueron alrededor de treinta años, restando un receso temporal que ella hizo hace muchos años, el tiempo que Blanca Esthela Treviño y yo compartimos la plana editorial de domingo en periódico Zócalo. Aunque ella ya no está físicamente con nosotros, dentro de sus preparativos para el viaje final dejó por anticipado tres colaboraciones, la que se publicó el domingo pasado, la de hoy y la del próximo domingo.

Así era y así vamos a recordarla siempre, una mujer ordenada, sensible y gentil, que de forma admirable sacó adelante una asombrosa cantidad de tareas, y todas de excelencia: Matrimonio y familia; compromisos laborales y quehacer literario; labor social y docencia, y partió cuando supo que era el momento de hacerlo. Sus colaboraciones periodísticas han tenido un sello de excelencia, alejadas de la constricción de la opinión subjetiva, para asirse a la erudición de conocedores y expertos. Dueña de sus conceptos, pero en todo momento con la cortesía de ceder a los convocados a su columna, el brillo de las luminarias.

Tuve la fortuna de convivir con ella desde mi llegada a Piedras Negras en 1984. Fueron los tiempos cuando el sacerdote Fernando Martínez lanzó a Blanca Esthela al ruedo de la palabra escrita. En muy poco tiempo, pasó de ser una novel columnista, a convertirse en sólida opinadora, y más delante en diestra novelista. Dentro de su labor editorial, esa fascinación tan suya por la lectura, le proveyó de lo necesario para fundamentar sus opiniones acerca de aquello que planeaba escribir. Fue al final de esos ochentas cuando se integró a ese mismo espacio editorial, la profesora Martha Nélida Riojas (+).

Blanca Esthela vio cumplidos sus dos caros sueños literarios: Escribir un libro con relación a la figura de su abuela paterna, a través de cuyas páginas la autora nos lleva de paseo por Allende, pasamos tardes en el jardín de la abuela, y nos toca participar en un memorable episodio de la Revolución Mexicana, cuando su padre –entonces niño—descubre su vocación médica de una forma poco convencional. Y así, de un escenario a otro, Blanca Esthela nos lleva a comprender que la familia es –finalmente—la razón que mueve al corazón del mundo. Ese primer libro se intituló “Cuéntamelo otra vez”.

Durante la creación de su segunda y última novela, escrita dentro del taller de literatura testimonial, sus compañeros talleristas tuvimos la fortuna de atestiguar la gestación de cada personaje desde la magia de su pluma. En esta obra la autora se propuso dar respuesta a la pregunta de uno de sus nietos: “¿Cómo le hicieron Wito y tú para ser tan felices en su matrimonio?”. De ese modo fuimos descubriendo la forma como Mario –Wito-- apareció en su vida; lo que sucedió a causa del extravío de unos lentes en una alberca, y a partir de aquella reunión comenzamos a conocer a quienes fueron novios por más de cincuenta años. Atestiguamos el enamoramiento, las expectativas de cada uno en la relación; las aventuras que vivieron juntos y a la distancia. Gozos y sustos, como el día cuando se extravió el más inquieto de sus hijos. De un modo divertido, pero con profundo sentido humanista, la autora termina ofreciendo un mensaje al amado nieto: La vida es así, con altas y bajas, lo importante radica en mantener la fe en Dios, el amor en la persona que eliges como pareja, y la unión familiar. El epílogo del libro, donde Blanca Esthela pone toda su alma en cada letra, es una carta escrita a ese su grande y único amor, con quien acaba de partir a reencontrarse hace unos cuantos días.

Desde el próximo domingo 14 me va a resultar extraño no hallar la colaboración de mi admirada compañera de afanes literarios, encabezada por la imagen de su perfil, con esa sonrisa que la caracterizó en todo momento. Estamos ciertos de que ella se queda con nosotros a través de las letras; su esencia plasmada en la sonrisa que el paso del tiempo no habrá de borrar. Como diría el inmortal Jorge Luis Borges, “la muerte es una vida vivida”, y ella vivió –y sonrió-- plenamente hasta el final. Es así como nosotros, que tuvimos la fortuna de convivir con ella, y las futuras generaciones, que podrán conocerla a través de su obra, encontraremos una forma alternativa de vivir la vida: Dispuestos siempre a superar cualquier obstáculo, dando gracias al cielo por lo que tenemos y prodigando amor a nuestros semejantes. Además hacerlo alegres, siempre alegres.

Blanca Esthela: Voy a extrañar tu sabiduría, tu sentido del humor y ese auténtico don de gentes. El tiempo de Dios es perfecto, y tú partes esbozando esa última sonrisa que expresa lo que muy pocos tendrán oportunidad de decir al final del largo camino: “Misión cumplida”.

https://contraluzcoah.blogspot.com/
31 Marzo 2019 03:25:00
Misión cumplida
Fueron alrededor de 30 años (restando un receso que ella hizo), el tiempo que Blanca Esthela Treviño y yo compartimos la plana editorial de domingo en el periódico Zócalo. Aunque ella ya no está físicamente con nosotros, dentro de sus preparativos para el viaje final dejó por anticipado tres colaboraciones, la que se publicó el domingo pasado, la de hoy y la del próximo domingo. Así era y así vamos a recordarla siempre, una mujer ordenada, sensible y gentil, que de forma admirable sacó adelante una asombrosa cantidad de tareas, y todas de excelencia: Matrimonio y familia; compromisos laborales y quehacer literario; labor social y docencia, y partió cuando supo que era el momento de hacerlo.

Tuve la fortuna de convivir con ella desde mi llegada a Piedras Negras en 1984. Fueron los tiempos cuando el sacerdote Fernando Martínez lanzó a Blanca Esthela al ruedo de la palabra escrita. En muy poco tiempo, pasó de ser una novel columnista, a convertirse en sólida opinadora, y más delante en diestra novelista. Dentro de su labor editorial, esa fascinación tan suya por la lectura, le proveyó de lo necesario para fundamentar sus opiniones acerca de aquello que planeaba escribir. Fue al final de esos 80 cuando se integró a ese mismo espacio editorial, la profesora Martha Nélida Riojas (+).

Ella vio cumplidos sus dos caros sueños literarios: Escribir un libro con relación a la figura de su abuela paterna, a través de cuyas páginas la autora nos lleva de paseo por Allende, pasamos tardes en el jardín de la abuela, y nos toca participar en un memorable episodio de la Revolución Mexicana, cuando su padre (entonces niño) descubre su vocación médica de una forma poco convencional. Y así, de un escenario a otro, Blanca Esthela nos lleva a comprender que la familia es la razón que mueve al corazón del mundo. Ese primer libro se tituló Cuéntamelo Otra Vez.

Durante la creación de su segunda y última novela, escrita dentro del taller de literatura testimonial, sus compañeros talleristas tuvimos la fortuna de atestiguar la gestación de cada personaje desde la magia de su pluma. En esta obra la autora se propuso dar respuesta a la pregunta de uno de sus nietos: “¿Cómo le hicieron Wito y tú para ser tan felices en su matrimonio?”. De ese modo fuimos descubriendo la forma como Mario apareció en su vida; lo que sucedió a causa del extravío de unos lentes en una alberca, y a partir de aquella reunión comenzamos a conocer a quienes fueron novios por más de 50 años. Atestiguamos el enamoramiento, las expectativas de cada uno en la relación; las aventuras que vivieron juntos y a la distancia. Gozos y sustos, como el día cuando se extravió el más inquieto de sus hijos. De un modo divertido, pero con profundo sentido humanista, la autora termina ofreciendo un mensaje al amado nieto: La vida es así, con altas y bajas, lo importante radica en mantener la fe en Dios, el amor en la persona que eliges como pareja, y la unión familiar. El epílogo del libro, donde Blanca Esthela pone toda su alma en cada letra, es una carta escrita a ese su grande y único amor, con quien acaba de partir a reencontrarse.

Desde el próximo domingo 14 me va a resultar extraño no hallar la colaboración de mi admirada compañera de afanes literarios, encabezada por la imagen de su perfil, con esa sonrisa que la caracterizó en todo momento. Estamos ciertos de que ella se queda con nosotros a través de las letras; su esencia plasmada en la sonrisa que el paso del tiempo no habrá de borrar. Como diría Jorge Luis Borges, “la muerte es una vida vivida”, y ella vivió y sonrió plenamente hasta el final.

Blanca Esthela: Voy a extrañar tu sabiduría, tu sentido del humor y ese auténtico don de gentes. El tiempo de Dios es perfecto, y tú partes esbozando esa última sonrisa que expresa lo que muy pocos tendrán oportunidad de decir al final del largo camino: “Misión cumplida”.
31 Marzo 2019 03:25:00
Misión cumplida
Fueron alrededor de 30 años (restando un receso que ella hizo), el tiempo que Blanca Esthela Treviño y yo compartimos la plana editorial de domingo en el periódico Zócalo. Aunque ella ya no está físicamente con nosotros, dentro de sus preparativos para el viaje final dejó por anticipado tres colaboraciones, la que se publicó el domingo pasado, la de hoy y la del próximo domingo. Así era y así vamos a recordarla siempre, una mujer ordenada, sensible y gentil, que de forma admirable sacó adelante una asombrosa cantidad de tareas, y todas de excelencia: Matrimonio y familia; compromisos laborales y quehacer literario; labor social y docencia, y partió cuando supo que era el momento de hacerlo.

Tuve la fortuna de convivir con ella desde mi llegada a Piedras Negras en 1984. Fueron los tiempos cuando el sacerdote Fernando Martínez lanzó a Blanca Esthela al ruedo de la palabra escrita. En muy poco tiempo, pasó de ser una novel columnista, a convertirse en sólida opinadora, y más delante en diestra novelista. Dentro de su labor editorial, esa fascinación tan suya por la lectura, le proveyó de lo necesario para fundamentar sus opiniones acerca de aquello que planeaba escribir. Fue al final de esos 80 cuando se integró a ese mismo espacio editorial, la profesora Martha Nélida Riojas (+).

Ella vio cumplidos sus dos caros sueños literarios: Escribir un libro con relación a la figura de su abuela paterna, a través de cuyas páginas la autora nos lleva de paseo por Allende, pasamos tardes en el jardín de la abuela, y nos toca participar en un memorable episodio de la Revolución Mexicana, cuando su padre (entonces niño) descubre su vocación médica de una forma poco convencional. Y así, de un escenario a otro, Blanca Esthela nos lleva a comprender que la familia es la razón que mueve al corazón del mundo. Ese primer libro se tituló Cuéntamelo Otra Vez.

Durante la creación de su segunda y última novela, escrita dentro del taller de literatura testimonial, sus compañeros talleristas tuvimos la fortuna de atestiguar la gestación de cada personaje desde la magia de su pluma. En esta obra la autora se propuso dar respuesta a la pregunta de uno de sus nietos: “¿Cómo le hicieron Wito y tú para ser tan felices en su matrimonio?”. De ese modo fuimos descubriendo la forma como Mario apareció en su vida; lo que sucedió a causa del extravío de unos lentes en una alberca, y a partir de aquella reunión comenzamos a conocer a quienes fueron novios por más de 50 años. Atestiguamos el enamoramiento, las expectativas de cada uno en la relación; las aventuras que vivieron juntos y a la distancia. Gozos y sustos, como el día cuando se extravió el más inquieto de sus hijos. De un modo divertido, pero con profundo sentido humanista, la autora termina ofreciendo un mensaje al amado nieto: La vida es así, con altas y bajas, lo importante radica en mantener la fe en Dios, el amor en la persona que eliges como pareja, y la unión familiar. El epílogo del libro, donde Blanca Esthela pone toda su alma en cada letra, es una carta escrita a ese su grande y único amor, con quien acaba de partir a reencontrarse.

Desde el próximo domingo 14 me va a resultar extraño no hallar la colaboración de mi admirada compañera de afanes literarios, encabezada por la imagen de su perfil, con esa sonrisa que la caracterizó en todo momento. Estamos ciertos de que ella se queda con nosotros a través de las letras; su esencia plasmada en la sonrisa que el paso del tiempo no habrá de borrar. Como diría Jorge Luis Borges, “la muerte es una vida vivida”, y ella vivió y sonrió plenamente hasta el final.

Blanca Esthela: Voy a extrañar tu sabiduría, tu sentido del humor y ese auténtico don de gentes. El tiempo de Dios es perfecto, y tú partes esbozando esa última sonrisa que expresa lo que muy pocos tendrán oportunidad de decir al final del largo camino: “Misión cumplida”.
24 Marzo 2019 04:00:00
No negociable
La escena es muy simple. Sube el criminal a la combi, encañona al conductor demandando “su cuota”. El conductor le responde que no la tiene. El criminal exige que le entregue su teléfono celular. El conductor lo hace. A gritos el criminal ordena a todos los pasajeros y al conductor abandonar el vehículo, pues va a inutilizarlo. Conforme van descendiendo de la unidad el criminal se dirige a ellos para decirles: “Que Dios me los bendiga”.

Una escena así no hubiera salido ni de la pluma de Faulkner. Paradójicamente a nosotros nos resulta muy familiar, son cosas que suceden a diario. Hasta podríamos decir que los pasajeros tuvieron la fortuna de que el arma del criminal haya sido una escuadra y no un AR15, y que todos vivieron para contarlo. Encaja muy bien en un escenario donde el desencanto cristiano erigió la Santa Muerte, y un sincretismo singular colocó en un altar a Jesús Malverde, el “santo” de los narcotraficantes.

El término “señales mixtas” se ha utilizado en muchos campos del comportamiento, ya sea en el flirteo entre dos personas, o en la educación de los menores. El clásico ejemplo de esto último es el del padre que con el cigarro en los labios prohíbe a su hijo fumar, o el que se alcoholiza y a la vez castiga a su hijo por tomarse una cerveza.

En lo personal me enfoco mucho al significado de las palabras. De acuerdo a Howard Gardner, creador de la hipótesis de las inteligencias múltiples, ello se debe al predominio de la inteligencia lingüístico-verbal. Debo confesar que cuando leí por primera vez acerca del trabajo de este investigador del comportamiento humano, a principios de los años ochenta del siglo pasado, sentí un alivio inmenso. A partir de su planteamiento no era grave que yo fuera desorientada y confundiera el oriente con el occidente, tampoco lo era no haber heredado las dotes para las artes plásticas de mi mamá. Mis habilidades iban por otro camino, de modo que me correspondía aprender a sacarles provecho: Con el tiempo descubrí que poner tanto énfasis en el peso específico de cada palabra, abre una lectura distinta de la vida, en ocasiones al punto paranoica, pues andamos descubriendo intenciones de las que tal vez ni el mismo autor tenga conciencia.

“Dios me los bendiga” puede estar dicho con la mejor de las intenciones, pero en lo particular lleva implícito un sentido de superioridad del que ofrece bendiciones por encima de aquellos a quienes van dirigidas. Es un modo de insinuar que se está muy cercano al Creador, de modo que va a negociar con él para que favorezca a todos: En este caso el criminal negociará con Dios para bendecir al conductor y a los pasajeros, después de que los dejó a todos sin corrida y al conductor sin teléfono celular.

Cada palabra genera un impacto en la sociedad. Las que son confusas o dañinas propician un golpeteo que daña la confianza y mina la autoestima. De este asunto de las bendiciones podrían salir una y mil sinrazones que –cada una por su camino propio—afectan a la sociedad. Por citar algunas que se me ocurren en este momento:

•Mi dios y yo somos “tan cuates”, que permite que yo los asalte, y luego atiende a mi solicitud de colmarlos de bendiciones.

•Dios no los cuida a ustedes, pues me está permitiendo ser parte del crimen organizado, pero no se preocupen, si mueren a causa de un disparo, partirán con todas mis bendiciones.

•El cielo es para todos. Tanto para los que mueren balaceados como los que detonan el arma.

•El cielo no existe.

Así como lavamos diversas partes de nuestro cuerpo para mantenerlas limpias, deberíamos de hacer de manera periódica con nuestro interior. Revisar qué está entrando a través de los sentidos. Deshacernos de todo aquello que genera desánimo y propicia –como diría Farrés—“ansiedad, angustia y desesperación”. Analizar cada hecho al que nos enfrentamos, ya sea en primera persona o a través de los medios, y definir con que parte del mensaje recibido nos quedamos. Ahora bien, cuando se trata de los pequeños, vigilar qué señales están captando y cuáles podrían ser los efectos de las mismas. Si los exponemos indiscriminadamente a señales mixtas, tendremos por resultado lógico un comportamiento confuso y errático, alejado de la ética ciudadana que México requiere.

Comunicar qué es lo que está bien y qué es lo que está mal, implica en primer término haberlo entendido nosotros, ser claros al manifestarlo y tener la entereza de sostenerlo. Se requiere un “sí” o un “no” contundente, que permita establecer un marco referencial para el comportamiento del chico. Ya conforme crezca y madure, estará en capacidad para definir la relatividad de sus conceptos, pero, hasta nuevo aviso, la verdad no es negociable.

https://contraluzcoah.blogspot.com/
24 Marzo 2019 03:51:00
No negociable
La escena es muy simple. Sube el criminal a la combi, encañona al conductor demandando “su cuota”. El conductor le responde que no la tiene. El criminal exige que le entregue su teléfono celular. El conductor lo hace. A gritos el criminal ordena a todos los pasajeros y al conductor abandonar el vehículo, pues va a inutilizarlo. Conforme van descendiendo de la unidad el criminal se dirige a ellos para decirles: “Que Dios me los bendiga”.

Una escena así no hubiera salido ni de la pluma de Faulkner. Paradójicamente a nosotros nos resulta muy familiar, son cosas que suceden a diario. Hasta podríamos decir que los pasajeros tuvieron la fortuna de que el arma del criminal haya sido una escuadra y no un AR15, y que todos vivieron para contarlo. Encaja muy bien en un escenario donde el desencanto cristiano erigió la Santa Muerte, y un sincretismo singular colocó en un altar a Jesús Malverde, el “santo” de los narcotraficantes.

El término “señales mixtas” se ha utilizado en muchos campos del comportamiento, ya sea en el flirteo entre dos personas, o en la educación de los menores. El clásico ejemplo de esto último es el del padre que con el cigarro en los labios prohíbe a su hijo fumar, o el que se alcoholiza y a la vez castiga a su hijo por tomarse una cerveza.

En lo personal me enfoco al significado de las palabras. De acuerdo con Howard Gardner, creador de la hipótesis de las inteligencias múltiples, ello se debe al predominio de la inteligencia lingüístico-verbal. Debo confesar que cuando leí por primera vez acerca del trabajo de este investigador del comportamiento humano, a principios de los años 80 del siglo pasado, sentí un alivio inmenso. A partir de su planteamiento no era grave que yo fuera desorientada y confundiera el oriente con el occidente, tampoco lo era no haber heredado las dotes para las artes plásticas de mi mamá. Mis habilidades iban por otro camino, de modo que me correspondía aprender a sacarles provecho.

“Dios me los bendiga” puede estar dicho con la mejor de las intenciones, pero en lo particular lleva implícito un sentido de superioridad del que ofrece bendiciones por encima de aquellos a quienes van dirigidas. Es un modo de insinuar que se está muy cercano al Creador, de modo que va a negociar con él para que favorezca a todos: En este caso el criminal negociará con Dios para bendecir al conductor y a los pasajeros, después de que los dejó a todos sin corrida y al conductor sin teléfono celular.

Cada palabra genera un impacto en la sociedad. Las que son confusas o dañinas propician un golpeteo que daña la confianza y mina la autoestima. De este asunto de las bendiciones podrían salir una y mil sinrazones que, cada una por su camino propio, afectan a la sociedad. Por citar algunas que se me ocurren en este momento: “Mi dios y yo somos ‘tan cuates’, que permite que yo los asalte, y luego atiende a mi solicitud de colmarlos de bendiciones”. “Dios no los cuida a ustedes, pues me está permitiendo ser parte del crimen organizado, pero no se preocupen, si mueren a causa de un disparo, partirán con todas mis bendiciones”. “El cielo es para todos. Tanto para los que mueren balaceados como los que detonan el arma”.

Así como lavamos diversas partes de nuestro cuerpo para mantenerlas limpias, deberíamos de hacer de manera periódica con nuestro interior. Revisar qué está entrando a través de los sentidos.

Comunicar qué es lo que está bien y qué es lo que está mal, implica en primer término haberlo entendido nosotros, ser claros al manifestarlo y tener la entereza de sostenerlo. Se requiere un “sí” o un “no” contundente, que permita establecer un marco referencial para el comportamiento del chico. Ya conforme crezca y madure, estará en capacidad para definir la relatividad de sus conceptos, pero, hasta nuevo aviso, la verdad no es negociable.
17 Marzo 2019 04:00:00
Las barbas del vecino
Esta vez tocó a Brasil y a Nueva Zelanda. Crímenes de odio que terminan en el desgarrador asesinato de civiles. En el primer caso las víctimas fueron escolares y maestros dentro de un plantel escolar a la hora de recreo. En el segundo, feligreses en dos mezquitas, a corta distancia una de la otra.

Tras el azoro llega a la mente un alud de ideas. Se identifican al menos tres elementos en los que valdría la pena reflexionar: Hay un factor ideológico. Se percibe una gran carga de violencia. Y una vez más el fácil acceso a armas de alto poder.

La migración es un fenómeno natural de los grupos humanos. Ha sido a causa de ella que se han poblado los continentes; que se han conformado las diversas culturas regionales, y que contamos con una oferta tan variada en todos los campos del saber humano. Las primeras migraciones en la época de recolectores cazadores, obedecieron a la búsqueda de alimento. A partir de la agricultura y el asentamiento humano, los movimientos grupales obedecieron a otras causas que tienen que ver con el mejoramiento de las condiciones de vida de los pueblos, hasta nuestros días. En el transcurso de los siglos desde entonces hasta la actualidad, han existido diversos elementos que confieren a los humanos modos de reaccionar que llegan a ser muy violentos. Cuando la causa está relacionada con principios ideológicos, las conductas son más brutales. Para ejemplos tenemos diversos grupos fundamentalistas extremos que actúan convencidos de honrar a sus dioses de este modo.

El segundo elemento, que tiene que ver con el grado de violencia con que actúan estos individuos hallaría muchas explicaciones y a la vez ninguna que los justifique. Vivimos en un medio en el cual la agresividad es moneda de cambio. Desde la intimidad del hogar hasta las relaciones internacionales, observamos conductas irascibles que sugieren que antes de reflexionar, de zanjar o de mediar, lo primero es atacar. Actuamos de manera temeraria, muchas veces a la defensiva. Exigimos derechos reales o ficticios pero no estamos muy dispuestos a asumir las responsabilidades correspondientes. Conformamos una sociedad timorata que antepone los “derechos” de los criminales a los de las víctimas. Sistemas escolares que evitan imponer su autoridad frente a alumnos caprichosos y padres agresivos que además exigen lo imposible: Sin que se toque a sus “pimpollos”, quieren ver resultados que solamente la disciplina bien aplicada podría producir.

El último elemento de esta ecuación nefasta lo constituye el fácil acceso de armas de alto poder alrededor del mundo. Podríamos irnos a analizar las leyes militares de Burundi en el continente africano, o de Bután en Asia, pero mejor empezamos por nuestro querido México para preguntarnos cómo es que la delincuencia organizada cuenta con esos arsenales inagotables de armas semiautomáticas y automáticas “de uso exclusivo del ejército”. ¿Dónde las compraron? ¿Cómo llegaron a nuestro país? ¿Cómo cruzaron la frontera? ¿Quién las produce a gran escala para cubrir esas ventas masivas?... Son preguntas que sí nos corresponde analizar, tratar de responder, y más delante exigir lo que corresponda para desarticular dichos mecanismos. No es aceptable que los criminales hayan desarrollado tal capacidad de controlar a tantos segmentos de la población por la vía de “plata o plomo”. En los casos de Brasil y Nueva Zelanda ya corresponderá a sus ciudadanos y autoridades analizar qué pasó allá. Volviendo a México, un último asunto: Me sorprende que haya tanto extranjero afiliado al crimen organizado, habría que dilucidar cómo ingresaron y de qué modo prolongan su estancia en nuestro país, sin que ninguna autoridad parezca tomar cartas en el asunto.

En un artículo sobre educación, su autor el doctor Díaz Barriga desarrolla el término de “compulsión al cambio” al hablar del sistema educativo por competencias, que lleva a formularnos la pregunta de si puede construirse un mundo de paz cuando el sistema educativo se orienta con apremio a la competencia más que a la cooperación.

Finalmente: Si antes de asomarnos por la ventana a opinar sobre los problemas del vecino, arreglamos los de nuestra casa, podría ir dándose un cambio verdadero. Si más que señalar con el dedo hacia otro lado, nos plantamos frente al espejo y medimos qué tanto de nuestro diario actuar, puede estar atizando el fuego de la violencia a distintos niveles… Si aplicamos aquel refrán popular de “Cuando las barbas de tu vecino veas afeitar, pon las tuyas a remojar”, estaremos en camino para alcanzar el sueño de la “no violencia” que los grandes iluminados han imaginado para este mundo.

https://contraluzcoah.blogspot.com/
17 Marzo 2019 03:40:00
Las barbas del vecino
La violencia es el miedo a los ideales de los demás. M. Gandhi

Esta vez tocó a Brasil y a Nueva Zelanda. Crímenes de odio que terminan en el desgarrador asesinato de civiles. En el primer caso las víctimas fueron escolares y maestros dentro de un plantel escolar a la hora de recreo. En el segundo, feligreses en dos mezquitas, a corta distancia una de la otra.

La migración es un fenómeno natural de los grupos humanos. Ha sido a causa de ella que se han poblado los continentes; que se han conformado las diversas culturas regionales, y que contamos con una oferta tan variada en todos los campos del saber humano.

Las primeras migraciones en la época de recolectores-cazadores, obedecieron a la búsqueda de alimento. En el transcurso de los siglos desde entonces hasta la actualidad, han existido diversos elementos que confieren a los humanos modos de reaccionar que llegan a ser muy violentos. Cuando la causa está relacionada con principios ideológicos, las conductas son más brutales. Para ejemplos tenemos diversos grupos fundamentalistas extremos que actúan convencidos de honrar a sus dioses de este modo.

El segundo elemento, que tiene que ver con el grado de violencia con que actúan estos individuos hallaría muchas explicaciones –y a la vez ninguna– que los justifique. Vivimos en un medio en el cual la agresividad es moneda de cambio.

Desde la intimidad del hogar hasta las relaciones internacionales, observamos conductas irascibles que sugieren que antes de reflexionar, de zanjar o de mediar, lo primero es atacar. Actuamos de manera temeraria, muchas veces a la defensiva.

Conformamos una sociedad timorata que antepone los “derechos” de los criminales a los de las víctimas. Sistemas escolares que evitan imponer su autoridad frente a alumnos caprichosos y padres agresivos que además exigen lo imposible: Sin que se toque a sus “pimpollos”, quieren ver resultados que solamente la disciplina bien aplicada podría producir.

El último elemento de esta ecuación nefasta lo constituye el fácil acceso de armas de alto poder alrededor del mundo. Podríamos irnos a analizar las leyes militares de Burundi en el continente africano, o de Bután en Asia, pero mejor empezamos por nuestro querido México para preguntarnos cómo es que la delincuencia organizada cuenta con esos arsenales inagotables de armas semiautomáticas y automáticas “de uso exclusivo del ejército”.

¿Dónde las compraron? ¿Cómo llegaron a nuestro país? ¿Cómo cruzaron la frontera? ¿Quién las produce a gran escala para cubrir esas ventas masivas?... Son preguntas que sí nos corresponde analizar, tratar de responder, y más delante exigir lo que corresponda para desarticular dichos mecanismos.

No es aceptable que los criminales hayan desarrollado tal capacidad de controlar a tantos segmentos de la población por la vía de “plata o plomo”. En los casos de Brasil y Nueva Zelanda ya corresponderá a sus ciudadanos y autoridades analizar qué pasó allá.

Volviendo a México, un último asunto: Me sorprende que haya tanto extranjero afiliado al crimen organizado, habría que dilucidar cómo ingresaron y de qué modo prolongan su estancia en nuestro país, sin que ninguna autoridad parezca tomar cartas en el asunto.

En un artículo sobre educación, su autor –el doctor Díaz Barriga– desarrolla el término de “compulsión al cambio” al hablar del sistema educativo por competencias, que lleva a formularnos la pregunta de si puede construirse un mundo de paz cuando el sistema educativo se orienta con apremio a la competencia más que a la cooperación.
10 Marzo 2019 04:00:00
De Conchita a Camila
Hace un par de días se conmemoró el Día Internacional de la Mujer. Contrario a cualquier giro festivo, se conmemora la muerte de más de 100 mujeres durante un incendio en una fábrica textil neoyorquina, en 1911. Institucionalizada por la ONU en 1975, en México se celebra a partir de 1961, aunque con distinta fecha, que ya luego se igualó con el resto del mundo.

Como señalan los conocedores, su origen parte de una tragedia que evidenció las condiciones denigrantes en las que trabajó y murió un grupo de trabajadoras textiles, y que me lleva a recordar a las trabajadoras que fallecieron dentro de un edificio durante el sismo del ‘85, tras lo que surgió el movimiento “Costureras del ‘85”.

Estas tragedias son algunas de las propiciadas por las condiciones precarias en que algunas mujeres de clase trabajadora han debido desempeñarse para sacar adelante a su familia. Valga recordar que en nuestro país 4 de cada 10 hogares dependen de los ingresos de la madre.

A lo largo de la historia existen múltiples evidencias que señalan las condiciones de desventaja para la mujer, en el ámbito escolar, laboral y de gobierno –entre otros. Lo que para un varón es dado por su sola condición de nacimiento, para su contraparte representa, en muchas ocasiones, un desafío por el cual llega a dar hasta la propia vida. Se avanza en muchos aspectos, pero sigue habiendo grandes áreas de oportunidad que son negadas a la mujer en razón de su género. Sigue siendo una asignatura pendiente para todas.

Hay una esfera paralela a la anterior, en la que hoy deseo enfocarme y con ello hacer un llamado a mis congéneres aprovechar el tiempo que tenemos a nuestra disposición. En cuestión de asignatura de roles nuestro país se ha mantenido más apegado a lo tradicional que muchos otros. Cuando inicié mi incursión en la medicina --años setenta--, era siempre la mamá quien llevaba a consultar al niño, y cargaba con dos o tres más, si no había quien los cuidara en casa. Era más probable ver un pingüino en el desierto, que a un padre de familia ayudando con los hijos. La mujer tenía esto a su cargo, y por desgracia hoy en día, persisten casos similares, aún si la mujer trabaja fuera para complementar el sustento del hogar. Esa idea de eliminar las estancias infantiles, y dar el dinero a la madre para que busque quién cuide a los niños, tiene varias implicaciones: Los niños estarán en manos de personas no profesionales. La denominada “beca” de 1,600 pesos por mamá (no por niño), se otorgará bimestralmente. Y además, ¿quién garantiza que ese dinero no le sea arrebatado a la madre, en ocasiones hasta por su misma pareja sentimental?

Para terminar con algo positivo, paso al siguiente cuestionamiento: Una vez que la mujer termina con sus responsabilidades en el hogar: ¿En qué ocupa su tiempo? ¿Tiene ella la inquietud de utilizarlo en algo que le permita crecer, ampliar sus horizontes…? Hay en esta frontera un personaje que yo admiro profundamente por muy diversas razones; la principal es su lealtad como amiga, que en lo personal representa un tesoro que guardo muy cerca de mi corazón. Conchita Tinajero de Harper, quien este año completará 97 años de existencia, es una mujer auténtica, activa y admirable. Cada vez que le llamo y le pregunto cómo está, invariablemente contesta: “Muy bien, doc, ¿y tú?”. Debe ser justo esa actitud la que la mantiene en tan excelentes condiciones, con el entusiasmo como el motor de nuevos emprendimientos, en los que no duda un momento en involucrarse. Es la mano amiga que se otorga, ya para ayudar, para impulsar o para aplaudir los logros de otros, al margen de cualquier asomo de recelo. Decidió aprender una nueva lengua –aparte del inglés que domina a la perfección--, y desde hace medio año toma clases de francés. Le gusta mantenerse ocupada, y las escasas limitaciones que tiene por razón de su edad, las toma con filosofía, y halla la forma de sacar adelante cada proyecto, valiéndose de toda su creatividad. Una de las últimas noticias que la trae muy ilusionada es el nacimiento de su bisnieta Camila, a quien ya conoció por videoconferencia, pues de momento la distancia geográfica no le permite tenerla entre sus brazos.

No tenemos que viajar a otras latitudes para encontrar mujeres extraordinarias que nos inspiren. Las tenemos muy cerca trabajando incansablemente, creando nuevos proyectos, impulsando y animando a sus congéneres a seguir adelante. Mujeres que recuerdan al Atlante, con el mundo sobre sus hombros, y aun así, con una dulce sonrisa en el rostro.

Desde este pequeño espacio felicito de todo corazón a Camila por llevar esa sangre empeñosa y triunfadora que visualiza –gozosa-- en cada obstáculo un nuevo reto a vencer.

https://contraluzcoah.blogspot.com/
10 Marzo 2019 03:38:00
De Conchita a Camila
Hace un par de días se conmemoró el Día Internacional de la Mujer. Contrario a cualquier giro festivo, se conmemora la muerte de más de 100 mujeres durante un incendio en una fábrica textil neoyorquina, en 1911. Institucionalizada por la ONU en 1975, en México se celebra a partir de 1961, aunque con distinta fecha, que ya luego se igualó con el resto del mundo.

Como señalan los conocedores, su origen parte de una tragedia que evidenció las condiciones denigrantes en las que trabajó y murió un grupo de trabajadoras textiles, y que me lleva a recordar a las trabajadoras que fallecieron dentro de un edificio durante el sismo del ’85, tras lo que surgió el movimiento Costureras del ‘85.

Estas tragedias son algunas de las propiciadas por las condiciones precarias en que algunas mujeres de clase trabajadora han debido desempeñarse para sacar adelante a su familia.

A lo largo de la historia existen múltiples evidencias que señalan las condiciones de desventaja para la mujer, en el ámbito escolar, laboral y de gobierno, entre otros. Lo que para un varón es dado por su sola condición de nacimiento, para su contraparte representa, en muchas ocasiones, un desafío por el cual llega a dar hasta la propia vida. Se avanza en muchos aspectos, pero sigue habiendo grandes áreas de oportunidad que son negadas a la mujer en razón de su género.

Cuando inicié mi incursión en la medicina (años 70), era siempre la mamá quien llevaba a consultar al niño, y cargaba con dos o tres más, si no había quien los cuidara en casa. Era más probable ver un pingüino en el desierto, que a un padre de familia ayudando con los hijos. La mujer tenía esto a su cargo, y por desgracia hoy en día, persisten casos similares, aún si la mujer trabaja fuera para complementar el sustento del hogar.

Esa idea de eliminar las estancias infantiles, y dar el dinero a la madre para que busque quién cuide a los niños, tiene varias implicaciones: los niños estarán en manos de personas no profesionales.

Para terminar con algo positivo, paso al siguiente cuestionamiento: Una vez que la mujer termina con sus responsabilidades en el hogar: ¿En qué ocupa su tiempo? ¿Tiene ella la inquietud de utilizarlo en algo que le permita crecer, ampliar sus horizontes…? Hay en esta frontera un personaje que yo admiro profundamente por muy diversas razones; la principal es su lealtad como amiga, que en lo personal representa un tesoro que guardo muy cerca de mi corazón.

Conchita Tinajero de Harper, quien este año completará 97 años de existencia, es una mujer auténtica, activa y admirable. Cada vez que le llamo y le pregunto cómo está, invariablemente contesta: “Muy bien, doc, ¿y tú?”. Debe ser justo esa actitud la que la mantiene en tan excelentes condiciones, con el entusiasmo como el motor de nuevos emprendimientos, en los que no duda un momento en involucrarse. Es la mano amiga que se otorga, ya para ayudar, para impulsar o para aplaudir los logros de otros, al margen de cualquier asomo de recelo. Decidió aprender una nueva lengua (aparte del inglés que domina a la perfección), y desde hace medio año toma clases de francés. Le gusta mantenerse ocupada, y las escasas limitaciones que tiene por razón de su edad, las toma con filosofía, y halla la forma de sacar adelante cada proyecto.

Una de las últimas noticias que la trae muy ilusionada es el nacimiento de su biznieta Camila, a quien ya conoció por videoconferencia, pues de momento la distancia geográfica no le permite tenerla entre sus brazos.

Desde este pequeño espacio felicito de todo corazón a Camila por llevar esa sangre empeñosa y triunfadora que visualiza en cada obstáculo un nuevo reto a vencer.
03 Marzo 2019 04:00:00
Historias que cuentan
La mercadotecnia sabe cómo capturar la atención del cliente potencial. No en vano coloca productos que terminan integrándose a los que en un principio planeábamos adquirir. Artículos que no se anotaron en la lista del mandado, y que tampoco habríamos detectado de otro modo, pero que por razón de su colocación en sitios estratégicos, según el criterio de los mercadólogos, se venden. Ello redunda en ganancias para los comercios, y no pocas veces en compras que terminan siendo poco o nada útiles para nosotros los consumidores.

Algo que tiene que ver con el asunto viví recientemente dentro de una tienda de conveniencia. A pesar de que estoy consciente de evitar estas trampas de último minuto, alguna vez me ha cautivado una golosina o cierta revista. En esta ocasión esperaba mi turno para pagar cuando a una distancia corta, como parte del acervo de publicaciones de la tienda, capturó mi atención un título: “Historias macabras de panteones en México”. Soy honesta, su autor me resultó desconocido, pero lo atractivo de la edición y lo accesible del costo colocaron a este ejemplar junto con el kilogramo de tortillas y la docena de huevos de mi compra original.

En lo personal siempre me ha atraído el tema de la muerte: arte y ceremonias fúnebres; literatura y fotografía alusiva al tema. Me gusta conocer panteones, en particular antiguos, que para mí constituyen historias de vida de las que aprendemos a vivir mejor. Mi última adquisición literaria en esta línea fue un hermoso libro sobre el arte funerario del maestro Benigno Montoya de la Cruz, editado por el Gobierno del Estado de Durango, con fotografías en gran formato de esculturas y mausoleos realizados por el escultor de origen zacatecano, hermano del famoso pintor y muralista Francisco, de los mismos apellidos, quien dejó diversos frescos en edificios públicos de la capital duranguense, actualmente en fase de restauración. Dentro de las esculturas del maestro Benigno destacan los ángeles, esculpidos con tal maestría, que parece que siguieran con la mirada a quien los mira. Gran parte de su obra se halla reunida en un museo que lleva su nombre, localizado en el Panteón Oriente de esa ciudad capital.

Pero volvamos a los mercadólogos, las tiendas de conveniencia y mi adquisición: Una sabrosa colección de historias que hablan sobre aparecidos, leyendas y otras florituras fúnebres, que disfruté de principio a fin. Terminada esta tarea me puse a investigar al autor, de nombre Juan Antonio Amezcua Castillo, egresado de la carrera de periodismo de la Escuela Carlos Septién en la ciudad de México. Comprobé una vez más, hasta dónde lo que aprendemos se ve reflejado en la calidad de lo que hacemos.

En el país la oferta de capacitación en arte y cultura, me parece que sigue siendo muy centralista, asimétrica en las distintas regiones del país, y en gran medida discrecional, quedando a criterio de unos cuantos la decisión de dotar de recursos en tal o cual área a tal o cual población. Y sucede que de repente tenemos disciplinas con alta demanda y escasa oferta, mientras que en otras la oferta rebasa con mucho la demanda.

Durango me parece un muy buen ejemplo de planeación cultural que responde a las necesidades de la población, amén de equilibrada y accesible a todos los bolsillos. Una ciudad que se empeña en hacer el rescate arquitectónico de edificios y monumentos históricos, y que emprende cuestiones novedosas una vez que ha calculado debidamente su factibilidad y cumplimiento en tiempo.

El libro que compré me costó lo mismo que la docena de huevos y unos pesos más que el kilogramo de tortillas (considerando el último aumento a este producto básico). Es una edición profesional y cuidada, de una obra popular, muy amena, de la pluma de un joven escritor y periodista.


El FCE está anunciando publicaciones económicas de obras literarias. Lo primero que vino a mi recelosa mente: ¿Nos irá a beneficiar a todos los mexicanos? Me apena confesar tanta desconfianza, pero como dicen en mi pueblo, “el que con leche se quema, hasta al jocoque le sopla”. Quiero creer que sea un proyecto “inclusivo” (por más que me antipatiza la palabra), y que estemos contemplados todos, y así dar cumplimiento a lo que señalan nuestros grandes maestros: “El primer paso para escribir bien es leer mucho”.

03 Marzo 2019 04:00:00
Historias que cuentan
La mercadotecnia sabe cómo capturar la atención del cliente potencial. No en vano coloca productos que terminan integrándose a los que en un principio planeábamos adquirir. Artículos que no se anotaron en la lista del mandado, y que tampoco habríamos detectado de otro modo, pero que por razón de su colocación en sitios estratégicos --según el criterio de los mercadólogos-, se venden. Ello redunda en ganancias para los comercios, y no pocas veces en compras que terminan siendo poco o nada útiles para nosotros los consumidores.

Algo que tiene que ver con el asunto viví recientemente dentro de una tienda de conveniencia. A pesar de que estoy consciente de evitar estas trampas de último minuto, alguna vez me ha cautivado una golosina o cierta revista. En esta ocasión esperaba mi turno para pagar cuando a una distancia corta, como parte del acervo de publicaciones de la tienda, capturó mi atención un título: “Historias macabras de panteones en México”. Soy honesta, su autor me resultó desconocido, pero lo atractivo de la edición y lo accesible del costo colocaron a este ejemplar junto con el kilogramo de tortillas y la docena de huevos de mi compra original.

En lo personal siempre me ha atraído el tema de la muerte: Arte y ceremonias fúnebres; literatura y fotografía alusiva al tema. Me gusta conocer panteones -en particular antiguos- que para mí constituyen historias de vida de las que aprendemos a vivir mejor. Mi última adquisición literaria en esta línea fue un hermoso libro sobre el arte funerario del maestro Benigno Montoya de la Cruz, editado por el gobierno del estado de Durango, con fotografías en gran formato de esculturas y mausoleos realizados por el escultor de origen zacatecano, hermano del famoso pintor y muralista Francisco, de los mismos apellidos, quien dejó diversos frescos en edificios públicos de la capital duranguense, actualmente en fase de restauración. Dentro de las esculturas del maestro Benigno destacan los ángeles, esculpidos con tal maestría, que parece que siguieran con la mirada a quien los mira. Gran parte de su obra se halla reunida en un museo que lleva su nombre, localizado en el Panteón Oriente de esa ciudad capital.

Pero volvamos a los mercadólogos, las tiendas de conveniencia y mi adquisición: Una sabrosa colección de historias que hablan sobre aparecidos, leyendas y otras florituras fúnebres, que disfruté de principio a fin. Terminada esta tarea me puse a investigar al autor, de nombre Juan Antonio Amezcua Castillo, egresado de la carrera de periodismo de la Escuela Carlos Septién en la ciudad de México. Comprobé una vez más, hasta dónde lo que aprendemos se ve reflejado en la calidad de lo que hacemos. A través de redes sociales hay diversas páginas que incluyen narrativas sobre el mismo tema, de autores variados –la mayoría jóvenes—, publicados con la mejor de las intenciones, pero con una serie de fallas que desaniman a continuar su lectura, y que se resolverían con cierta preparación en el oficio de escribir.

En el país la oferta de capacitación en arte y cultura, me parece --en lo personal-- que sigue siendo muy centralista, asimétrica en las distintas regiones del país, y en gran medida discrecional, quedando a criterio de unos cuantos la decisión de dotar de recursos en tal o cual área a tal o cual población. Y sucede que de repente tenemos disciplinas con alta demanda y escasa oferta, mientras que en otras la oferta rebasa con mucho la demanda. La ciudad de Durango—a propósito-- me parece un muy buen ejemplo de planeación cultural que responde a las necesidades de la población, amén de equilibrada y accesible a todos los bolsillos. Una ciudad que se empeña en hacer el rescate arquitectónico de edificios y monumentos históricos, y que emprende cuestiones novedosas una vez que ha calculado debidamente su factibilidad y cumplimiento en tiempo.

El libro que compré me costó lo mismo que la docena de huevos y unos pesos más que el kilogramo de tortillas (considerando el último aumento a este producto básico). Es una edición profesional y cuidada, de una obra popular, muy amena, de la pluma de un joven escritor y periodista.

El FCE está anunciando publicaciones económicas de obras literarias. Lo primero que vino a mi recelosa mente: ¿Nos irá a beneficiar a todos los mexicanos? Me apena confesar tanta desconfianza, pero como dicen en mi pueblo, “el que con leche se quema, hasta al jocoque le sopla”. Quiero creer que sea un proyecto “inclusivo” (por más que me antipatiza la palabra), y que estemos contemplados todos, y así dar cumplimiento a lo que señalan nuestros grandes maestros: “El primer paso para escribir bien es leer mucho”.


https://contraluzcoah.blogspot.com/
24 Febrero 2019 04:00:00
Nuestra triunfadora
Esta semana se conmemoró el Día de la Lengua Materna, ocasión para exaltar nuestras raíces originales. Para estas inusuales ocasiones nos permitimos sentir que al menos un eritrocito de los aproximadamente 5 millones que circulan en nuestro torrente sanguíneo corresponde a la raza de bronce que nos dio origen. Los restantes 364 días para muchos congéneres pareciera que la sangre de nuestros pueblos originarios representa una mácula que hay que lavarse con ácido muriático, si fuera necesario. Así de ridículos llegamos a ser ante nuestro incuestionable mestizaje que en realidad, de forma venturosa, vuelve al México donde nacimos en un territorio rico y variado, y a nuestros pueblos originarios parte de aquello que nos coloca en el mundo.

Hoy se llevará a cabo la ceremonia de los Premios Oscar que todos esperamos con particular expectación. Quienes consideramos que Yalitza Aparicio representa el arte mexicano, lo viviremos emocionados, invocando al espíritu de Metztli, la diosa-luna, para que ella sea la acreedora de la estatuilla dorada como mejor actriz protagónica. Algunos otros estarán siguiendo el evento ataviados con alguna de las indumentarias propias, ya de la ignorancia histórica, ya de la envidia histriónica. Tal vez profiriendo vocablos groseros para desacreditar una carrera actoral que no por corta o por sorpresiva, deja de ser profesional. Uno de esos personajes fruncidos y amargosos, de apellido Goyri llamó a nuestra nominada “lavaplatos” (en castellano antiguo), seguida por el vocablo “india” (origen del cual Yalitza está muy orgullosa). Aunque quiso luego justificarse, imagino que esta noche tendrá color de “culebra verde áspera norteña” y se abstendrá de comer palomitas, por aquello del ahogo. Pero ya vimos que nuestra Yalitza está vacunada contra esos males.

¡Qué pena da –como mexicanos—que conozcan más sobre nuestra historia muchos extranjeros, o que hayan visitado más museos nacionales que nosotros, de la inmensa oferta cultural que México tiene! Lamentable que haya quien llega a suponer que entre más clara la piel o más rubio el cabello, la persona tiene un mayor valor. ¡Ay, ay, ay! ¡Cómo pesa la ignorancia! Pero así es la mentalidad televisiva que va borrando una a una las circunvoluciones cerebrales, hasta dejarnos un cerebro pulido y brillante, resistente a la función original de pensar.

Me congratulo al descubrir que el cine mexicano esté destacando como lo ha venido haciendo en los últimos años. Orgullosa de una raza de bronce que sabe utilizar los rasgos de origen en su labor creativa. Feliz del reconocimiento que se viene ganando a nivel mundial gracias a las ciencias, las artes y la tecnología. Nuestro México emprendedor, que se las ingenia para resolver un problema valiéndose de aquellos elementos que tiene a su alcance. Una nación que –cuando se lo propone—es capaz de alcanzar la meta más alta. Maravilloso descubrir que en la variedad radica nuestra riqueza como país, porque encasillarnos en determinados arquetipos nos lleva a perdernos gran parte de lo que hay para disfrutar.

Antes del advenimiento de la fotografía digital, los personajes eran representados por fotografías impresas, y previo a ello, por simples esbozos o pinturas al óleo. Fue así como imaginamos a conquistadores, literatos, músicos o gobernantes. En el mejor de los casos alguna mascarilla mortuoria definía con mayor precisión los rasgos del difunto; aun así había distancia entre la captura de su rostro tras la muerte, y lo que hubieran sido sus expresiones mientras vivió. Pero finalmente la imagen no era lo más importante, sino su obra, aquello por lo que hoy en día conocemos a un Goethe, un Da Vinci o un Beethoven. El oficio llevado a un nivel de excelencia que ha vuelto a esos personajes inmortales. En este tenor: ¿Qué importaba su color, su estatura o la fineza de sus rasgos…?

La tecnología digital es eminentemente visual. Lo que importa es la imagen, la foto, la apariencia. Es necesario desarrollar otro tipo de valores de mayor trascendencia para “dar el brinco” y tomar en cuenta aspectos que están más allá de las meras apariencias. Es una tarea de traspasar lo exterior para entrar en contacto con la esencia del ser, y de este modo valorar a la persona por lo que es; por lo que aporta a la historia universal; por lo que le lleva a trascender. El concepto de belleza es de lo más relativo en tiempo y en geografía; por su parte los valores universales sí son eso, elementos que mueven al ser humano independientemente de la época y de la latitud en que le toca vivir.

Yalitza: Desde mi pequeño espacio va toda la buena vibra. Desde ya eres una triunfadora.

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24 Febrero 2019 03:29:00
Nuestra triunfadora
Esta semana se conmemoró el Día de la Lengua Materna, ocasión para exaltar nuestras raíces originales. Para estas inusuales ocasiones nos permitimos sentir que al menos un eritrocito de los aproximadamente 5 millones que circulan en nuestro torrente sanguíneo corresponde a la raza de bronce que nos dio origen.

Los restantes 364 días para muchos pareciera que la sangre de nuestros pueblos originarios es una mácula que hay que lavarse con ácido muriático. Así de ridículos llegamos a ser ante nuestro incuestionable mestizaje que en realidad vuelve al México donde nacimos en un territorio rico y variado, y a nuestros pueblos originarios parte de aquello que nos coloca en el mundo.

Hoy se llevará a cabo la ceremonia de los Oscar que todos esperamos con particular expectación. Quienes consideramos que Yalitza Aparicio representa el arte mexicano, lo viviremos emocionados, invocando al espíritu de Metztli, la diosa-luna, para que ella sea la acreedora de la estatuilla como Mejor Actriz.

Algunos otros estarán siguiendo el evento ataviados con alguna de las indumentarias propias, ya de la ignorancia histórica, ya de la envidia histriónica. Tal vez profiriendo vocablos groseros para desacreditar una carrera actoral que no por corta o por sorpresiva, deja de ser profesional.

Uno de esos personajes fruncidos y amargosos, de apellido Goyri llamó a nuestra nominada “lavaplatos” (en castellano antiguo), seguida por el vocablo “india” (origen del cual Yalitza está muy orgullosa). Aunque quiso luego justificarse, imagino que esta noche tendrá color de “culebra verde áspera norteña” y se abstendrá de comer palomitas, por aquello del ahogo.

¡Qué pena da que conozcan más sobre nuestra historia muchos extranjeros, o que hayan visitado más museos nacionales que nosotros, de la inmensa oferta cultural que México tiene! Lamentable que haya quien llega a suponer que entre más clara la piel o más rubio el cabello, la persona tiene un mayor valor. ¡Ay, ay, ay! ¡Cómo pesa la ignorancia! Pero así es la mentalidad televisiva que va borrando una a una las circunvoluciones cerebrales, hasta dejarnos un cerebro pulido y brillante, resistente a la función de pensar.

Me congratulo al descubrir que el cine mexicano esté destacando. Orgullosa de una raza que sabe utilizar los rasgos de origen en su labor creativa. Nuestro México emprendedor, que se las ingenia para resolver un problema valiéndose de aquellos elementos que tiene a su alcance. Una nación que es capaz de alcanzar la meta más alta. Maravilloso descubrir que en la variedad radica nuestra riqueza como país, porque encasillarnos en determinados arquetipos nos lleva a perdernos gran parte de lo que hay para disfrutar.

Antes del advenimiento de la fotografía digital, los personajes eran representados por fotografías impresas, y previo a ello, por simples esbozos o pinturas al óleo. Fue así como imaginamos a conquistadores, literatos, músicos o gobernantes. En el mejor de los casos alguna mascarilla mortuoria definía con mayor precisión los rasgos del difunto; aun así había distancia entre la captura de su rostro tras la muerte, y lo que hubieran sido sus expresiones mientras vivió. Pero finalmente la imagen no era lo más importante, sino su obra, aquello por lo que hoy en día conocemos a un Goethe, un Da Vinci o un Beethoven. El oficio llevado a un nivel de excelencia que ha vuelto a esos personajes inmortales.

La tecnología digital es eminentemente visual. Lo que importa es la apariencia. Es necesario desarrollar otro tipo de valores de mayor trascendencia para “dar el brinco” y tomar en cuenta aspectos que están más allá de las meras apariencias.

Es una tarea de traspasar lo exterior para entrar en contacto con la esencia del ser, y de este modo valorar a la persona por lo que es, por lo que aporta a la historia universal, por lo que le lleva a trascender.

El concepto de belleza es de lo más relativo en tiempo y en geografía; por su parte los valores universales sí son eso, elementos que mueven al ser humano independientemente de la época y de la latitud en que le toca vivir.

Yalitza: Desde mi pequeño espacio va toda la buena vibra. Desde ya eres una triunfadora.
17 Febrero 2019 04:00:00
De la mano del tiempo
Cada cual habla de la vida desde su perspectiva personal. Querer desprenderse de ella para hacer una narrativa desprovista del propio ser, equivaldría a arrancarse la piel y seguir caminando así, desnudo, de cara al sol.

Para el nuevo ciclo de taller literario me propuse ir organizando un cúmulo de textos escritos durante más de 40 años, y que a la fecha no tienen una clasificación precisa. Comencé por la mitad más sencilla, la electrónica, contenida en un par de discos duros externos. Ya más delante intentaré hacer algo con la otra mitad, que comencé a escribir a partir de los años de secundaria, en una sucesión de máquinas Olivetti, hasta que la computadora vino a sustituirlas.

Es muy interesante explorar, a través de la palabra escrita, distintas etapas de mi vida; estados de ánimo personales y escenarios externos que los propiciaron. Reencontrarme con frases afortunadas que desearía rescatar, y al lado de lo anterior sentir el bochorno de haber publicado escritos que ahora, con mayores elementos de juicio para calificarlos, encuentro reprobables.

De todo ello me queda una reflexión que deseo compartir en este espacio: A mi edad es más el tiempo vivido que el que me resta por vivir. En ese tenor me pregunto dónde quedaron los momentos que no aparecen plasmados en las líneas que hoy reviso; tantos pensamientos que me habrán movido en uno u otro sentido. Tantas emociones despertadas y reprimidas, o que hayan dado lugar a acciones, algunas afortunadas, otras no tanto, pero que a fin de cuenta constituyen mi trayectoria a lo largo del tiempo y del
espacio.

Lo único inaprensible en esta vida es el tiempo. Ni el hombre más rico sobre el planeta, así invierta toda su fortuna en ello, podrá comprar un solo segundo del mismo. Avanza para todos, y del mismo modo como la vida tuvo un principio, llegará a su final. ¿Cuándo…? Imposible predecirlo.

Hallarme revisando carpetas con documentos de muy diverso orden, que he escrito a lo largo de estos años, es como apostarme frente a un montón de álbumes fotográficos en cuyas imágenes voy descubriendo pedazos olvidados de mi vida. Y ahora que lo hago pienso que hubiera querido escribir más acerca de ciertas etapas, en particular aquellas vividas al lado de seres queridos que se han adelantado en el camino. Así mismo, quisiera haber dejado constancia de más detalles que circundaron el nacimiento de mis hijos, cada uno de sus logros escolares, cumpleaños, navidades o vacaciones. Pero bien dice el refrán popular, el “hubiera” no existe.

Heme aquí, pues, frente a las memorias de dos terceras partes de mi vida capturadas mediante la palabra escrita, y aun así preguntándome dónde quedó tanto tiempo que ahora quiero imaginar como grandes oquedades entre el registro de un acontecimiento y el siguiente.

Posterior a ello viene otra larga lista de reflexiones: Cuánta vida desperdiciamos mientras avanzamos rumbo a una meta, asumiendo que cuando la alcancemos comenzaremos a ser felices, de este modo dejando de vivir tantas cosas a lo largo del camino. Los sentidos concentrados en el horizonte, incapaces de gozar el cielo, el trino de las aves o el aroma de la entrante primavera. Sin contacto con la suavidad de la fina hierba bajo las plantas ni el frescor del agua que cosquillea conforme rodea nuestros tobillos en su avance.

¿Qué es la vida? ¿Qué hacemos con ella mientras acompasa cada latido de nuestro corazón? ¿Tenemos un propósito por cumplir, o vamos simplemente sorteando las horas como si nuestra existencia fuera eterna?

Tal vez mucho del desperdicio de tiempo que sufrimos, se deba a nuestra negativa por enfrentar el hecho de que un día vamos a morir. “Si no lo pienso, no existe”, y es a partir de este enunciado que volvemos la vista para otro lado. Lamentable, al hacerlo desaprovechamos un tiempo que nunca ha de volver.

Cualquier momento es bueno para revisar nuestro plan de vuelo, hacer los ajustes necesarios, y poner a volar la nave de los sueños. Máxime si ya llevamos recorrida buena parte de la vida. Hacer un proyecto personal, estudiar la forma de cumplirlo, y lanzarnos con todo.
17 Febrero 2019 04:00:00
De la mano del tiempo
Cada cual habla de la vida desde su perspectiva personal. Querer desprenderse de ella para hacer una narrativa desprovista del propio ser, equivaldría a arrancarse la piel y seguir caminando así –desnudo, de cara al sol.

Para el nuevo ciclo de taller literario me propuse ir organizando un cúmulo de textos escritos durante más de cuarenta años, y que a la fecha no tienen una clasificación precisa. Comencé por la mitad más sencilla, la electrónica, contenida en un par de discos duros externos. Ya más delante intentaré hacer algo con la otra mitad que comencé a escribir, a partir de los años de secundaria, en una sucesión de máquinas Olivetti, hasta que la computadora vino a sustituirlas.

Es muy interesante explorar –a través de la palabra escrita—distintas etapas de mi vida; estados de ánimo personales, y escenarios externos que los propiciaron. Reencontrarme con frases afortunadas que desearía rescatar, y al lado de lo anterior sentir el bochorno de haber publicado escritos que ahora, con mayores elementos de juicio para calificarlos, encuentro reprobables.

De todo ello me queda una reflexión que deseo compartir en este espacio: A mi edad es más el tiempo vivido que el que me resta por vivir. En ese tenor me pregunto dónde quedaron los momentos que no aparecen plasmados en las líneas que hoy reviso; tantos pensamientos que me habrán movido en uno u otro sentido. Tantas emociones despertadas y reprimidas, o que hayan dado lugar a acciones, algunas afortunadas, otras no tanto, pero que a fin de cuenta constituyen mi trayectoria a lo largo del tiempo y del espacio.

Lo único inaprensible en esta vida es el tiempo. Ni el hombre más rico sobre el planeta, así invierta toda su fortuna en ello, podrá comprar un solo segundo del mismo. Avanza para todos, y del mismo modo como la vida tuvo un principio, llegará a su final. ¿Cuándo…? Imposible predecirlo.

Hallarme revisando carpetas con documentos de muy diverso orden, que he escrito a lo largo de estos años, es como apostarme frente a un montón de álbumes fotográficos, en cuyas imágenes voy descubriendo pedazos olvidados de mi vida. Y ahora que lo hago pienso que hubiera querido escribir más acerca de ciertas etapas, en particular aquellas vividas al lado de seres queridos que se han adelantado en el camino. Así mismo, quisiera haber dejado constancia de más detalles que circundaron el nacimiento de mis hijos, cada uno de sus logros escolares, cumpleaños, navidades o vacaciones.

Pero bien dice el refrán popular, el “hubiera” no existe.

Heme aquí, pues, frente a las memorias de dos terceras partes de mi vida capturadas mediante la palabra escrita, y aun así preguntándome dónde quedó tanto tiempo que ahora quiero imaginar como grandes oquedades entre el registro de un acontecimiento y el siguiente.

Posterior a ello viene otra larga lista de reflexiones: Cuánta vida desperdiciamos mientras avanzamos rumbo a una meta, asumiendo que cuando la alcancemos comenzaremos a ser felices, de este modo dejando de vivir tantas cosas a lo largo del camino. Los sentidos concentrados en el horizonte, incapaces de gozar el cielo, el trino de las aves o el aroma de la entrante primavera. Sin contacto con la suavidad de la fina hierba bajo las plantas ni el frescor del agua que cosquillea conforme rodea nuestros tobillos en su avance.

¿Qué es la vida? ¿Qué hacemos con ella mientras acompasa cada latido de nuestro corazón…? ¿Tenemos un propósito por cumplir, o vamos simplemente sorteando las horas como si nuestra existencia fuera eterna?

Tal vez mucho del desperdicio de tiempo que sufrimos, se deba a nuestra negativa por enfrentar el hecho de que un día vamos a morir. “Si no lo pienso, no existe”, y es a partir de este enunciado que volvemos la vista para otro lado. Lamentable, al hacerlo desaprovechamos un tiempo que nunca ha de volver.

Cualquier momento es bueno para revisar nuestro plan de vuelo, hacer los ajustes necesarios, y poner a volar la nave de los sueños. Máxime si ya llevamos recorrida buena parte de la vida. Hacer un proyecto personal, estudiar la forma de cumplirlo, y lanzarnos con todo, decididos a verlo cristalizado.

Se ha puesto de moda una sentencia que me parece iluminadora: “Al final del día no digamos un día más, sino un día menos”. La noche representa la terminación de un lapso de tiempo que ojalá hayamos aprovechado, pues de cualquier manera se ha ido para siempre.

Viene a mi mente un fragmento de las coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique: “Recuerde el alma dormida/avive el seso y despierte/contemplando/ como se pasa la vida/como se viene la muerte.”
Mantener la mente viva, los sentidos despiertos. Que nos sorprenda cada amanecer con una nueva historia por escribir.

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10 Febrero 2019 04:00:00
El arte de escribir
"Escribir es ir y venir, del silencio a la palabra, de la lectura a la reescritura".
Javier Tinajero R.

Estoy por iniciar un nuevo ciclo de taller literario con Gerardo Segura. A través de su guía en el taller, he aprendido cosas importantes, entre las que destacan dos fundamentales: Cómo llevar a cabo una lectura crítica de textos, y cómo encontrar mi propia voz. Así que –pese a factores que podrían haberme desanimado—, me alegra el inicio de un nuevo ciclo.

Esta mañana, mientras me organizaba para elaborar la columna semanal, cayó del cielo la reflexión de Javier Tinajero respecto al oficio de escribir, la cual me permito utilizar como epígrafe. Disparó un orden de razonamientos personales, que deseo compartir.

Una gran amiga tallerista de Monclova, me hacía notar cómo hoy en día es muy sencillo publicar, gracias a la tecnología digital. Sus palabras me remontaron a 1981, cuando saqué mi primer libro. Recordé los linotipos de plomo, pruebas de galera y otros asuntos de la imprenta tradicional que en estos tiempos son piezas de museo. Con el advenimiento de la computadora personal, hoy en día cualquier persona puede publicar textos en diversos medios, o bien sacar un libro, sin toparse con mayores obstáculos para hacerlo: Los costos han disminuido de manera notable, y la digitalización ha facilitado las formas y acortado los plazos. La oferta literaria crece, y hay que seleccionar qué leer. Para quienes gustamos de escribir, surge la obligación de evitar quedarnos en nuestra zona de confort, publicando sin poner todo el esmero de que somos capaces. No conformarnos con volcar la idea y ya: Revisarla, soltarla y más delante retomarla, hasta conseguir su mejor expresión.

En ello radica –precisamente—la riqueza de un taller literario. Cada participante escribe un texto, del cual reparte copias entre los compañeros de sesión. Luego hace una lectura en voz alta, de manera que a la propia se suman las lecturas que cada uno de los participantes hace, desde su perspectiva personal. Son ellos los primeros lectores que nos señalan elementos fuera de lugar, confusos o mejorables, lo que finalmente deviene en un producto literario de calidad muy superior a la que tenía en un principio. Las aportaciones de cada uno de los participantes pueden tomarse en cuenta o no, a juicio del leído. No es obligatorio efectuar los cambios sugeridos, eso cada autor habrá de decidirlo.

Solamente quien ha tenido la experiencia de participar en un taller, cuenta con elementos para apreciar la diferencia entre trabajar de manera aislada, o hacerlo acompañado por esos primeros “lectores íntimos”, que impulsan a perfeccionar el texto. Supongo que algo similar debe suceder en talleres de cualquier otra disciplina; yo hablo de la que conozco, --la literatura. Valga aquí una cuña de cultura general: La dinámica del taller literario comenzó en México a mediados del siglo pasado, siendo uno de sus primeros impulsores el propio Octavio Paz. Anterior a ello hubo revisión de textos entre autores, pero no de forma estructurada.

Hallo las palabras de Javier Tinajero de una profundidad notable. Presentan el arte de escribir como ejercicio de reflexión frente a uno mismo, hacer una pausa, volver la vista a otro lado, para luego retomar la idea original. Una y otra, y otra vez. Tantas como sea necesario.

Las redes sociales son un recurso así de maravilloso como de infausto. Salvo casos extremos, permiten compartir todo tipo de contenidos, al margen de respetar o no a los demás. Se comienza con un asunto, digamos, de políticas pesqueras, y se termina trayendo a colación a las progenitoras de los participantes, de manera ominosa y hasta escatológica. A la vez, pueden representar maravillosos canales de comunicación, que proveen de elementos para percibir el mundo de otro modo. Por cierto, el epígrafe de Tinajero lo tomé de su Twitter.

La palabra escrita tiene una fuerza pocas veces imaginada. Aquello que leemos va modulando nuestros estados de ánimo; predispone el espíritu y orienta nuestras acciones, con una intensidad que supera los alcances de la imaginación. De allí la necesidad de seleccionar qué lecturas procuramos como escenario existencial.

Ahora bien, cuando nos decidimos por desarrollar la expresión escrita, adquirimos frente al lector en potencia, la obligación de decir las cosas de manera puntual. Pulir el texto hasta asegurarnos de que da cuenta precisa de lo que deseamos comunicar. Que escribir no signifique una mera catarsis, sino que las expresiones sean claras y auténticas; dotadas de un propósito más allá de uno mismo, que las vuelvan de interés para otros.

Escribir bien: Un arte que se aprende.

https://contraluzcoah.blogspot.com/
10 Febrero 2019 03:31:00
El arte de escribir
Estoy por iniciar un nuevo ciclo de taller literario con Gerardo Segura. A través de su guía en el taller he aprendido cosas importantes, entre las que destacan dos fundamentales: Cómo llevar a cabo una lectura crítica de textos, y cómo encontrar mi propia voz.

Esta mañana, mientras me organizaba para elaborar la columna semanal, cayó del cielo la reflexión de Javier Tinajero respecto al oficio de escribir, la cual me permito utilizar como epígrafe. Disparó un orden de razonamientos personales, que deseo compartir.

Una gran amiga tallerista de Monclova me hacía notar cómo hoy en día es muy sencillo publicar gracias a la tecnología digital.

Sus palabras me remontaron a 1981, cuando saqué mi primer libro. Recordé los linotipos de plomo, pruebas de galera y otros asuntos de la imprenta tradicional que en estos tiempos son piezas de museo. Con el advenimiento de la computadora personal, hoy en día cualquier persona puede publicar textos en diversos medios, o bien sacar un libro, sin toparse con mayores obstáculos para hacerlo: Los costos han disminuido de manera notable, y la digitalización ha facilitado las formas y acortado los plazos.

La oferta literaria crece, y hay que seleccionar qué leer. Para quienes gustamos de escribir, surge la obligación de evitar quedarnos en nuestra zona de confort, publicando sin poner todo el esmero de que somos capaces.

No conformarnos con volcar la idea y ya: Revisarla, soltarla y más delante retomarla, hasta conseguir su mejor expresión.

Cada participante escribe un texto, del cual reparte copias entre los compañeros de sesión. Luego hace una lectura en voz alta, de manera que a la propia se suman las lecturas que cada uno de los participantes hace, desde su perspectiva personal. Son ellos los primeros lectores que nos señalan elementos fuera de lugar, confusos o mejorables, lo que finalmente deviene en un producto literario de calidad muy superior a la que tenía en un principio.

Las aportaciones de cada uno de los participantes pueden tomarse en cuenta o no, a juicio del leído. No es obligatorio efectuar los cambios sugeridos, eso cada autor habrá de decidirlo.

Solamente quien ha tenido la experiencia de participar en un taller, cuenta con elementos para apreciar la diferencia entre trabajar de manera aislada, o hacerlo acompañado por esos primeros “lectores íntimos”, que impulsan a perfeccionar el texto.

Valga aquí una cuña de cultura general: La dinámica del taller literario comenzó en México a mediados del siglo pasado, siendo uno de sus primeros impulsores el propio Octavio Paz. Anterior a ello hubo revisión de textos entre autores, pero no de forma estructurada.

Hallo las palabras de Javier Tinajero de una profundidad notable. Presentan el arte de escribir como ejercicio de reflexión frente a uno mismo, hacer una pausa, volver la vista a otro lado, para luego retomar la idea original. Una y otra, y otra vez. Tantas como sea necesario.

Las redes sociales son un recurso así de maravilloso como de infausto. Salvo casos extremos, permiten compartir todo tipo de contenidos, al margen de respetar o no a los demás. Se comienza con un asunto, digamos, de políticas pesqueras, y se termina trayendo a colación a las progenitoras de los participantes, de manera ominosa y hasta escatológica. Ahora bien, cuando nos decidimos por desarrollar la expresión escrita, adquirimos frente al lector en potencia, la obligación de decir las cosas de manera puntual. Pulir el texto hasta asegurarnos de que da cuenta precisa de lo que deseamos comunicar.

Que escribir no signifique una mera catarsis, sino que las expresiones sean claras y auténticas; dotadas de un propósito más allá de uno mismo, que las vuelvan de interés para otros.

Escribir bien: Un arte que se aprende.
03 Febrero 2019 04:00:00
Caminos digitales
Bedin I es la nueva galaxia descubierta por el telescopio Hubble. El conglomerado que se halla a 30 millones de años luz, amaneció junto a mi taza de café, a unas horas de su descubrimiento. Esto es, la galaxia esferoidal enana, considerada como fósil, comparte el pan y la sal conmigo, simple mortal, que desde un nicho del pequeño planeta Tierra, en el sistema solar, de la modesta Vía Láctea, atestigua con singular asombro un detalle en la historia del cosmos, gracias a la tecnología.

Lo anterior es algo así como un punto de una letra que forma parte de una palabra, dentro de alguna de las treinta líneas en una de las cerca de 100,000 páginas que conforman el rastro del carbono a través de la historia. El carbono es el mineral que establece la gran diferencia entre compuestos químicos inertes y aquellos con el potencial para transformarse en vida. Aquí, disfrutando una taza de café y la imagen de Bedin I, capturada por el telescopio Hubble, me siento privilegiada, y gozo día a día el prodigio de poder atestiguar cosas como esta. Lo que las antiguas civilizaciones adelantaron que existía --gracias a su imaginación--, nosotros lo vemos de manera directa convertido en formas, colores, dimensiones. Como testigos de honor de las maravillas que encierra el universo.

Ahora viene lo paradójico del asunto. Por mi edad --casi 64-- me tocó dar un gran brinco de la época en la que las cosas se imaginaban o cuando mucho se insinuaban, a la actual en la que se nos presentan tan reales, que hasta parece que podemos tomarlas entre las manos. Vienen a mi mente algunas portadas de la revista “Life” que mostraron en una sola imagen impactantes eventos de repercusión mundial. Una que se me quedó grabada para siempre es de abril de 1965, en la que aparece un feto dentro de su saco amniótico, dando cuenta del --entonces-- insalvable drama del nacimiento de un bebé prematuro extremo. Nuestra capacidad de asombro de niños, que padres y abuelos se encargaron de alimentar, sigue viva, de manera que cada nuevo descubrimiento representa un asombro que disfrutamos al máximo. Quizá sean benditas cosas de la edad. A diferencia de los que hemos acumulado varias décadas en nuestro haber, los jóvenes no han vivido ese contraste que les permita comparar el escenario de la imaginación frente al de la evidencia. Dan por hecho lo que tienen enfrente, como si hubiera existido desde la época de las cavernas, y se preguntan más que intrigados, cómo demonios sobrevivimos cuando no existía la telefonía móvil. Claro, eso en el caso de que lleguen a percatarse de que ha habido otros tiempos distintos del que ahora viven.

Habría ahora que investigar, en qué medida la tecnología ha contribuido --o no-- al desarrollo de una mejor sociedad. De repente nos topamos con campañas como las de salvar perros en los mercados orientales que los venden para consumo humano, o las que protegen al zorro de la terrible práctica del desollamiento en vivo. Nos duele, escribimos dos que tres palabrotas, y con ello sentimos que ya hemos cumplido. Colateralmente ponemos a circular contenidos con un mensaje antagónico. Justo hoy vi en Twitter el de un individuo sencillo al que indican que ponga a funcionar una aspiradora, y él --tal vez suponiendo que se maneja como una podadora de césped-- estira repetidamente el cordón eléctrico retráctil del aparato, mientras hace un gesto de asombro, al no lograr que funcione, tras varios intentos. Como este hay infinidad de contenidos que en una primera lectura resultan jocosos, pero que en el fondo hallo perversos. Denigran a la persona humana. Hacen mofa de la ignorancia, y se valen de un recurso tecnológico para inmortalizar y difundir el hecho.

De entrada parecieran cosas aisladas sin importancia, sin embargo, cuando las redes sociales alojan un cúmulo considerable de tales contenidos, deja de ser incidental para convertirse en epidémico. Pasa a conformar una patología social frente a la cual --como en un espejo-- es menester revisar nuestra actuación particular.

Cierto, hay contemporáneos míos que no participan de manera tan activa en los portales digitales de actualidad. Aun así, va resultando cada día más difícil sustraerse de la tecnología de la información y comunicación, y tarde que temprano terminamos con algún sistema digital en nuestras manos. Por tal razón nos corresponde aprender a utilizarlos, y --como ciudadanos del mundo-- atender una ética humanista en redes sociales . En pocas palabras, no hacer en línea lo que no haríamos cara a cara; sacudirnos la tentación de dañar a otros, amparados en el anonimato de la Internet.
Caminos digitales: ¿A dónde llevan los que tú transitas?

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27 Enero 2019 04:00:00
Yalitza y la silla
Lamentable lo ocurrido en Tlahuelilpan, Hidalgo. Las imágenes quedan para la historia. Me recuerdan al Guernica de Picasso. Instantáneas en blanco y negro que inmortalizan una colorida fiesta popular que devino en tragedia.

Contra mi habitual dificultad para ponerle nombre al niño cada semana, esta vez el título llegó por delante, jalando a sus hermanas --las letras no natas-- a salir a la luz y plasmar por escrito, lo que me venía dando vueltas en la cabeza. Hace unos cuantos días se dieron a conocer las nominaciones al Óscar, entre las que queda con una honrosa décupla la cinta “Roma” de Cuarón. Muy en particular me emocionó que Yalitza Aparicio quedara dentro de las candidatas a mejor actriz protagónica. El mensaje que percibo es que, contra los prejuicios que pesan sobre los grupos étnicos originales, esta vez el talento ha triunfado.

Quiero contrastar esta parte gloriosa de mi texto con lo sucedido en el estado de Hidalgo, ese mismo prejuicio que insinúa que el mexicano no tiene modo de salir adelante por su cuenta. Como destello vino a mi mente una memoria de mis dos años de vida, caminaba distraída, me golpeé con una silla, y mi querida Mila se vino contra la silla, la regañó y le dio varios golpes, como nalgadas, en tanto se dirigió a mí para decirme: “Fue culpa de la silla, no tuya.” Recuerdo aquella sensación de consuelo, convencida de que en lo ocurrido, yo no tenía responsabilidad alguna. Poco duró la magia del momento, pues detrás de la nana apareció mi madre para sentenciar: “Te golpeaste porque ibas distraída, no es culpa de la silla, es responsabilidad tuya. Para la siguiente ten más cuidado”. Debo decir que no recuerdo haber vuelto a escuchar a mi nana adjudicando a cajones, puertas o mesas la responsabilidad de algún golpe que me hubiera dado, por más severo que fuera. Incluso un par de veces que terminé con el médico por accidentes de consideración, lo hice consciente de que la única responsable había sido yo.

Así como muchas voces pretenden demeritar la actuación o la nominación de Yalitza por prejuicios, del mismo modo muchas otras claman por justicia ante una tragedia de la que se sienten víctimas y no responsables. Se aplica ese mecanismo tan habitual en nuestro México: “Si el muchacho roba, o se droga, o no trabaja, no es su culpa, es culpa de los amigos, o de la tele, o del reggaeton”. Lo mismo sucede esta vez, si los adultos andaban con sus bidones o garrafas, algunos de ellos acompañados de niños, hay un sinfín de razones que se esgrimen para deslindarse de culpa: “Fue a asomarse por pura curiosidad” o “Iba pasando”. En seguida viene lo más terrible, desplazar cualquier carga de responsabilidad fuera de ellos mismos: “Si los soldados hubieran actuado con determinación no habría ocurrido la tragedia.” El ejército estuvo varias horas intentando disuadirlos, y la reacción de los pobladores hacia los militares fue hasta violenta. ¿Entonces qué deberían haber hecho --según los afectados--? ¿Haber disparado al aire? Un disparo, en medio de una nube de combustible volatilizado, habría precipitado lo que sucedió horas más tarde y por otro mecanismo. La necesidad era hallar alguien ajeno a la propia persona y desplazar la culpa..

Hay mucho por hacer en nuestro vapuleado México, dolorosamente polarizado en élites multimillonarias que han hecho su fortuna dentro de la función pública con un cinismo despreciable. Ya he mencionado, yo no voté por López Obrador, pero reconozco que es el presidente electo, al que habrá que respaldar en sus decisiones, y si no nos parecen, expresarlo por conductos civilizados. Él y su gabinete están poniendo todo el interés en resolver una enfermedad grave y paralizante llamada “corrupción”. Nosotros como ciudadanos necesitamos trabajar en lo que nos corresponde. No hay de otra.

Freud habla de la proyección como un mecanismo de defensa a través del cual se busca adjudicar a elementos externos a la propia persona, un suceso determinado. Es justo lo que hemos venido haciendo los mexicanos desde largo tiempo atrás, y se vuelve a intentar ahora: La comisión de un ilícito --huachicoleo-- provocó una explosión en la que más de un centenar han muerto y otros tantos, --si sobreviven-- tendrán una calidad de vida lejana a la ideal. Esto no es responsabilidad del gobierno en turno. No corresponde esperar que las familias que resultaron afectadas porque uno de sus miembros sufrió quemaduras por la explosión, sean victimizadas ahora. Por doloroso que resulte de entrada, hoy es momento para tirar a la basura ese razonamiento anacrónico que tanto daño hace.

Mi tropiezo no fue culpa de la silla. Gracias, madre, por la lección.

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27 Enero 2019 03:47:00
Yalitza y la silla
Lamentable lo ocurrido en Tlahuelilpan, Hidalgo. Las imágenes quedan para la historia. Me recuerdan al Guernica de Picasso. Instantáneas en blanco y negro que inmortalizan una colorida fiesta popular que devino en tragedia.

Contra mi habitual dificultad para ponerle nombre al niño cada semana, esta vez el título llegó por delante, jalando a sus hermanas (las letras no natas) a salir a la luz y plasmar por escrito, lo que me venía dando vueltas en la cabeza. Hace unos cuantos días se dieron a conocer las nominaciones al Oscar, entre las que queda con una honrosa décupla la cinta Roma de Cuarón. Muy en particular me emocionó que Yalitza Aparicio quedara dentro de las candidatas a mejor actriz protagónica. El mensaje que percibo es que, contra los prejuicios que pesan sobre los grupos étnicos originales, esta vez el talento ha triunfado.

Quiero contrastar esta parte gloriosa de mi texto con lo sucedido en el estado de Hidalgo, ese mismo prejuicio que insinúa que el mexicano no tiene modo de salir adelante por su cuenta. Como destello vino a mi mente una memoria de mis 2 años de vida, caminaba distraída, me golpeé con una silla, y mi querida Mila se vino contra la silla, la regañó y le dio varios golpes, como nalgadas, en tanto se dirigió a mí para decirme: “Fue culpa de la silla, no tuya”. Recuerdo aquella sensación de consuelo, convencida de que en lo ocurrido, yo no tenía responsabilidad alguna. Poco duró la magia del momento, pues detrás de la nana apareció mi madre para sentenciar: “Te golpeaste porque ibas distraída, no es culpa de la silla, es responsabilidad tuya. Para la siguiente ten más cuidado”.

Así como muchas voces pretenden demeritar la actuación o la nominación de Yalitza por prejuicios, del mismo modo muchas otras claman por justicia ante una tragedia de la que se sienten víctimas y no responsables. Se aplica ese mecanismo tan habitual en nuestro México: “Si el muchacho roba, o se droga, o no trabaja, no es su culpa, es culpa de los amigos, o de la tele, o del raeggeton”. Lo mismo sucede esta vez, si los adultos andaban con sus bidones o garrafas, algunos de ellos acompañados de niños, hay un sinfín de razones que se esgrimen para deslindarse de culpa: “Fue a asomarse por pura curiosidad” o “Iba pasando”. En seguida viene lo más terrible, desplazar cualquier carga de responsabilidad fuera de ellos mismos: “Si los soldados hubieran actuado con determinación no habría ocurrido la tragedia”. El ejército estuvo varias horas intentando disuadirlos, y la reacción de los pobladores hacia los militares fue hasta violenta.

Hay mucho por hacer en nuestro vapuleado México, dolorosamente polarizado en elites multimillonarias que han hecho su fortuna dentro de la función pública con un cinismo despreciable. Ya he mencionado, yo no voté por López Obrador, pero reconozco que es el presidente electo, al que habrá que respaldar en sus decisiones, y si no nos parecen, expresarlo por conductos civilizados.

Freud habla de la proyección como un mecanismo de defensa a través del cual se busca adjudicar a elementos externos a la propia persona, un suceso determinado. Es justo lo que hemos venido haciendo los mexicanos desde largo tiempo atrás, y se vuelve a intentar ahora: La comisión de un ilícito (huachicoleo) provocó una explosión en la que más de un centenar han muerto y otros tantos, (si sobreviven) tendrán una calidad de vida lejana a la ideal. Esto no es responsabilidad del gobierno en turno. No corresponde esperar que las familias que resultaron afectadas porque uno de sus miembros sufrió quemaduras por la explosión, sean victimizadas ahora.

Mi tropiezo no fue culpa de la silla. Gracias, madre, por la lección.
20 Enero 2019 04:00:00
Congruencia
Alfonso Cuarón menciona que su cinta Roma fue en buena parte inspirada por su nana Libo. Ello me llevó a evocar a la mía (Mila), personaje que ha aparecido en varios de mis textos. Salvo escasos exabruptos, fue una mujer muy feliz que a su vez me enseñó a serlo. De ella aprendí a hallar la vida divertida, digna de una sonora carcajada. Entre cantos y risas la mujer en sus cincuentas fue muchas veces la cómplice de mis travesuras de niña, de sus labios aprendí canciones de época que a la fecha (a 25 de su muerte) las escucho y me traen de inmediato su rostro moreno con una gran sonrisa, bajo la corona de rizos negros de “la permanente”, como ella llamaba al tratamiento para enchinarse el cabello.

En la casa paterna no estaba prohibido entrar al cuarto de Mila, pero tampoco era aplaudido por mis padres. De alguna manera, sin embargo, me daba mis mañas, como hija única que fui por 10 años, para colarme en su habitación que tenía un catre metálico, un pequeño peinador con espejo, adornado con las infaltables fotografías de Pedro Infante y de Jorge Negrete; una silla, y sobre un improvisado taburete un montón de historietas (prohibidas en ese entonces para mí), entre las que tengo muy presente Lágrimas y Risas. Con la mente regreso a aquel espacio que olía a jabón Tepeyac color rosa y a cigarros Faros. Una mezcla poco ortodoxa de recordar a un ser querido, pero que para mí significa una parte entrañable de mi infancia. Lágrimas y Risas hablaba de aquellos amores imposibles, vedados, que sólo la magia de Yolanda Vargas Dulché cristalizaba.

Viene lo anterior para hablar del sustrato emocional que hay detrás de actitudes que consideramos tan comunes, que hasta pasan desapercibidas. Llegamos a una oficina pública o a un comercio y anticipamos que seremos atendidos con cajas destempladas, de manera que el día que sucede lo contrario y nos reciben de manera amable y atenta, hasta nos sorprendemos. Habría que preguntarnos por qué o con quién está enojada aquella persona que nos atiende de malos modos, y por qué actúa como si se dignara hacernos un favor personal.

Ahora que se proponen modificaciones a la educación, algún experto mencionó la materia de Inteligencia Emocional, propuesta que en lo personal aplaudo. Hay que sentar bases emocionales que le permitan al ser humano convertirse en campo fértil para acoger, ver florecer y hacer fructificar aquellos conocimientos que se le impartan.

Ahora bien, la Inteligencia Emocional no es una materia que venga escrita en un libro y que con seguir la guía de estudio logre cumplirse. Se requiere de personas con formación personal en lo que corresponde al área afectiva, capaces de desarrollar unas adecuadas actitudes para percibir, asimilar y poner a trabajar aquello que finalmente habrá de transmitirse a los alumnos.

Vino a mi mente ese título de la revista Lágrimas y Risas por lo siguiente: finalmente, todo aquello que manifestamos en nuestras relaciones interpersonales, viene de nuestra forma de percibir al mundo.

Esa delincuencia que se ha venido dando a tantos niveles, desde el raterillo de barrio hasta los grandes magnates de cuello blanco en paraísos fiscales, tienden a compartir una característica en común: todos ellos van tras lo material buscando con ello sentirse satisfechos dentro de su propia piel. Y aquello se convierte en un círculo vicioso, puesto que lo material no es el satisfactor que podrá lograrlo. Y así continúan, o escalan, o se especializan, siempre con la vista puesta en el dinero, y nuestro país, de esta forma, se ha venido sumiendo más y más en la corrupción y la violación de los derechos humanos. Es tal su avidez, que encuentran justificado cualquier medio.

Para conseguir el cambio que México requiere no basta con instruir al intelecto mediante conocimientos. Habrá que comenzar a cambiar actitudes, expectativas, modos de interacción.

Congruencia es el nombre del cambio.
¿Comenzamos?

20 Enero 2019 04:00:00
Congruencia
Alfonso Cuarón menciona que su cinta “Roma” fue en buena parte inspirada por su nana Libo. Ello me llevó a evocar a la mía -- Mila-- personaje que ha aparecido en varios de mis textos. Salvo escasos ex-abruptos, fue una mujer muy feliz que a su vez me enseñó a serlo. De ella aprendí a hallar la vida divertida, digna de una sonora carcajada. Entre cantos y risas la mujer en sus cincuentas fue muchas veces la cómplice de mis travesuras de niña, De sus labios aprendí canciones de época que a la fecha --a 25 de su muerte-- las escucho y me traen de inmediato su rostro moreno con una gran sonrisa, bajo la corona de rizos negros de “la permanente”, como ella llamaba al tratamiento para enchinarse el cabello.

En la casa paterna no estaba prohibido entrar al cuarto de Mila, pero tampoco era aplaudido por mis padres. De alguna manera --sin embargo-- me daba mis mañas, como hija única que fui por 10 años, para colarme en su habitación que tenía un catre metálico, un pequeño peinador con espejo, adornado con las infaltables fotografías de Pedro Infante y de Jorge Negrete; una silla, y sobre un improvisado taburete un montón de historietas --prohibidas en ese entonces para mí--, entre las que tengo muy presente “Lágrimas y risas”. Con la mente regreso a aquel espacio que olía a jabón Tepeyac color rosa y a cigarros Faros. Una mezcla poco ortodoxa de recordar un ser querido, pero que para mí significa una parte entrañable de mi infancia. “Lágrimas y risas” hablaba de aquellos amores imposibles, vedados, que solo la magia de Yolanda Vargas Dulché cristalizaba.

Viene lo anterior para hablar del sustrato emocional que hay detrás de actitudes que consideramos tan comunes, que hasta pasan desapercibidas. Llegamos a una oficina pública o a un comercio y anticipamos que seremos atendidos con cajas destempladas, de manera que el día que sucede lo contrario y nos reciben de manera amable y atenta, hasta nos sorprendemos. Habría que preguntarnos por qué o con quién está enojada aquella persona que nos atiende de malos modos, y por qué actúa como si se dignara hacernos un favor personal. ¿Es contra nosotros en particular ese disgusto? ¿O son personas enojadas con la vida, contra todos, y finalmente hacia ellas mismas?...

Ahora que se proponen modificaciones a la educación, algún experto mencionó la materia de “Inteligencia Emocional”, propuesta que en lo personal aplaudo. Hay que sentar bases emocionales que le permitan al ser humano convertirse en campo fértil para acoger, ver florecer y hacer fructificar aquellos conocimientos que se le impartan. Ahora bien, la Inteligencia Emocional no es una materia que venga escrita en un libro y que con seguir la guía de estudio logre cumplirse. Se requiere de personas con formación personal en lo que corresponde al área afectiva, capaces de desarrollar unas adecuadas actitudes para percibir, asimilar y poner a trabajar aquello que finalmente habrá de transmitirse a los alumnos.

Vino a mi mente ese título de la revista “Lágrimas y Risas” por lo siguiente: Finalmente, todo aquello que manifestamos en nuestras relaciones interpersonales, viene de nuestra forma de percibir al mundo. No podemos desconectar el área cognoscitiva del área afectiva. Por más que en ocasiones queramos hacerle “al valiente” y pretendamos mostrar al mundo una faceta endurecida de nosotros mismos, que nada tuviera que ver con la forma como en realidad nos sentimos, y nuestras expectativas personales frente a otros, esto es, como esperamos ser tratados por los demás.

Esa delincuencia que se ha venido dando a tantos niveles, desde el raterillo de barrio hasta los grandes magnates de cuello blanco en paraísos fiscales, tienden a compartir una característica en común: Todos ellos van tras lo material buscando con ello sentirse satisfechos dentro de su propia piel. Y aquello se convierte en un círculo vicioso, puesto que lo material no es el satisfactor que podrá lograrlo. Y así continúan, o escalan, o se especializan, siempre con la vista puesta en el dinero, y nuestro país --de esta forma-- se ha venido sumiendo más y más en la corrupción y la violación de los derechos humanos. Es tal su avidez, que encuentran justificado cualquier medio.

Para conseguir el cambio que México requiere no basta con instruir al intelecto mediante conocimientos. Habrá que comenzar a cambiar actitudes, expectativas, modos de interacción. Y para hacerlo viene entonces lo más difícil de la fórmula, se requiere hacerlo con el ejemplo. No solo el maestro en el aula o el político en su templete, sino todos los ciudadanos. Y para enumerarlos debo de empezar por mi propia persona.

Congruencia es el nombre del cambio. ¿Comenzamos...?


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13 Enero 2019 04:00:00
Seres de luz
Días atrás platicaba con una colega que ha dedicado su vida profesional a la Educación Médica. Fue una charla sabrosa en la que pasamos de un tema a otro, y de repente ella me preguntó quién había sido mi principal inspiración para estudiar Medicina. Estuvimos mencionando algunos personajes que fueron determinantes en nuestras respectivas vocaciones. La conversación remató con un término suyo que hoy parafraseo; llamó a esos maravillosos personajes que pasan por nuestra vida dejando un gran impacto en la propia “seres de luz”.

Todos nosotros podemos enlistar aquellas figuras cuya presencia tuvo un gran impacto en nuestra formación. Quizá alguna vez hemos tenido oportunidad de hacérselo saber de manera directa, habrá sido una mínima forma de agradecerles lo que hicieron por nosotros. Pero, ¿por qué no hacerlo nuevamente hoy? Invertir un poco de tiempo y atención en hacerlo precisamente hoy, constituirá un hermoso regalo de año nuevo para ellos. Llamarlos, visitarlos, hacernos presentes de alguna manera.

“Aislamiento”, uno de las realidades de la época actual. Por razón de muy diversos factores hemos generado una brecha entre nuestra persona y los demás, de modo tal que las vidas ajenas no alcanzan a tocarnos. Tan simple como esto, no entra en nuestro radio de percepción el individuo que tengo frente a mí, o a un lado, de manera que no me entero de que pueda tener tantas necesidades como las mías propias. Al no quedar en mi campo de percepción tampoco entra en mi esfera de conexión. Y es así como vamos por la vida girando, cada uno sobre su propio eje, pero en un estado de profunda soledad.

La gratitud constituye un par de anteojos que nos hace ver la vida de mejor manera. Reconocer a aquellos que han dado algo de ellos mismos para que nosotros podamos desarrollar hoy un aspecto de la propia vida. Difícilmente nos detenemos a hacerlo, ya porque no nos percatamos, ya porque --soberbios-- nos sentimos merecedores de eso y más, y restamos cualquier mérito a quienes nos han apoyado, como si fuera su obligación hacerlo.

Las grandes cosas son el resultado de la suma de infinidad de pequeñas piezas que, al conjuntarse, integran un todo. Así como sucede en un rompecabezas sucede en la vida social, la mejor pieza que aporta cada uno de nosotros redunda en un conjunto más bello y armónico. Si muestro un gesto amable hacia la persona que me atiende o con la que me cruzo en el camino. Si hoy cedo el paso a un conductor, como ayer alguien lo hizo conmigo. Si soy amable con aquella persona cuyo rictus indica que está pasando dificultades. Si regalo una palabra amable al más sencillo, sin esperar hacerlo solamente con quien --torpemente-- suponemos que la merece. Si decido volverme más cordial con los demás por mi propia salud mental… Si entre todos comenzamos a pulir nuestras piezas personales de ese gran rompecabezas, el resultado será en el mismo tenor. El ambiente en el que nos desenvolvemos día con día, habrá mejorado para todos.

En lo personal hallo muy útil imaginarme como un árbol dentro del tupido bosque llamado “humanidad”, cuyos límites no se alcanzan a ver. La forma como yo actúe va a repercutir en forma directa en el resto de árboles. Simple lógica matemática.

Volviendo a aquellos seres de luz cuyo paso por nuestras vidas representó algo tan positivo, podemos estar seguros de que ellos jamás actuaron como lo hicieron pensando en ser recompensados. Están muy por encima de nosotros --simples mortales-- y seguirán haciendo aquello mismo por la grandeza de su espíritu, al margen de cualquier reconocimiento. Aun así, ¿por qué no sorprenderlos hoy con un gesto que les haga saber la forma como impactaron nuestra existencia? Hacerlo hoy, cuando estamos en condiciones de llevarlo a cabo. Hoy, cuando ese personaje y nosotros respiramos un mismo aire. La vida es impredecible, nadie puede asegurarnos que mañana sigamos todos aquí, vivos y conscientes, unos para dar agradecimiento, otros para recibirlo.

No demos las cosas por hecho. Arranquemos de nuestra piel esa pereza que nos lleva a decir “mañana lo hago”. En ocasiones la vida nos juega bromas crueles, y sería lamentable quedarnos con ese agradecimiento en la punta de la lengua, y su beneficio potencial tirado a la basura.

¡Maravillosas redes sociales! A ratos un espejo, otros más una plataforma de despegue, siempre un puerto del que llegan y parten pensamientos y emociones. Un canal más para agradecer a nuestros seres de luz haber iluminado el camino para nosotros.

Sea este día ocasión de ejercer la gratitud. De hacer un doble regalo, para nosotros mismos y para quien recibe el agradecimiento. ¿Cómo ven? ¿Hacemos la prueba?


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06 Enero 2019 04:03:00
Un buen momento
Hoy es el Día del Personal de Enfermería en nuestro país. En 1931 se conmemoró por vez primera en el Hospital Juárez de México a iniciativa del Dr. José Castro Villagrana. Para el resto del mundo coincide con el natalicio de Florence Nightingale en el mes de mayo.

Con motivo de la celebración, fui invitada a dar una plática al personal del IMSS, dentro del festejo que se les organiza. Elegí hablar sobre los valores de su perfil, y me centré en la compasión, uno de los pilares fundamentales de su quehacer profesional. Dentro de las fuentes consultadas, encontré algunas que en este día me proporcionan material para hablar acerca de la espiritualidad, un tópico, paradójicamente, tan descuidado como necesario en nuestra sociedad.

Desde la época de los grandes filósofos de la Grecia antigua, nació el concepto denominado “ética”. Este partía del pensamiento de que había algo más allá de nosotros mismos, algo que nos contenía como grupo humano y nos llamaba a ser mejores. Que instaba a trabajar todos y cada uno a favor del bienestar del conjunto. Entre los filósofos de aquellos tiempos se desarrollaba una conciencia crítica que normaba el comportamiento humano para conformar esa primera gran disciplina que conocemos como “ética”, entre los siglos 8 y el 5 a.C. Uno de sus grandes maestros fue Sócrates, otro fue Homero a través de sus poemas contenidos en la Ilíada y la Odisea.

Resulta increíble imaginar que hayan transcurrido alrededor de 25 siglos de esos tiempos a los nuestros, en los que el bien común ha formado parte de códigos de comportamiento, leyes y reglamentos, que procuran el bienestar colectivo por encima de todo lo demás. Lo más difícil de entender es que esos conceptos que llaman al desarrollo de una comunidad virtuosa y justa, lejos de pulirse, parecieran ir perdiéndose con el tiempo.

Hoy constituimos una sociedad acostumbrada a que las cosas se den rápido y fácil, somos más bien egoístas. Esto es, no me interesa lo que suceda más allá de mi entorno personal, en la medida en que yo siga obteniendo lo que deseo de manera inmediata. Han quedado muy atrás los tiempos antiguos, dentro de los cuales la paciencia constituía un elemento obligado. Con relación a esas épocas en las que, por lógica, todo tardaba más, esperaríamos que hoy en día el tiempo se aprovechara mejor, pero en realidad no sucede así. Por la tecnología y algunas otras cosas, nos distraemos con facilidad, y los días ya no parecen tener 24 horas sino menos.

Un ejemplo dramático del grado en que los avances tecnológicos nos vuelven menos sensibles, es la contaminación por desechos plásticos. Priva la comodidad por encima de la conciencia, y hasta para un paquete de chicles en la tienda de conveniencia pedimos una bolsa de plástico que, un par de metros más allá de la puerta, termina en el suelo. Así comienza su fatídica jornada de contaminación.

El espíritu, el Todo, el Gran Principio. Dios, Alá, Buda… ese principio absoluto por el que somos y al que vamos, ha ido perdiendo su esencia concienciadora. Tal vez seamos más practicantes de una religión, acudamos con frecuencia al templo, nos ocupemos de orar, o veamos por ayudar a los de nuestra iglesia, y qué bueno. Sin embargo es necesario ampliar ese círculo de compasión a quienes están más allá, a quienes no comulgan con nuestras creencias, a los que, probablemente, actúan de modo opuesto a como quisiéramos, porque no han tenido las mismas oportunidades que nosotros.

Circula un video conmovedor: En alguna provincia oriental se observa dispersa sobre el suelo una media docena de peces recién sacados del agua. Se han formado charcos entre uno y otro de los peces, mismos que boquean con desesperación. Aparece un perro que se ocupa afanosamente de lanzar con su nariz agua de los charcos hacia la cabeza de los peces queriendo salvarlos de morir. Una gran lección sobre compasión que debería ponernos a pensar.




06 Enero 2019 04:00:00
Un buen momento
Hoy es el Día del personal de enfermería en nuestro país. En 1931 se conmemoró por vez primera en el Hospital Juárez de México a iniciativa del Dr. José Castro Villagrana. Para el resto del mundo coincide con el natalicio de Florence Nightingale en el mes de mayo.

Con motivo de la celebración, fui invitada a dar una plática al personal del IMSS, dentro del festejo que se les organiza. Elegí hablar sobre los valores de su perfil, y me centré en la compasión, uno de los pilares fundamentales de su quehacer profesional. Dentro de las fuentes consultadas, encontré algunas que en este día me proporcionan material para hablar acerca de la espiritualidad, un tópico --paradójicamente-- tan descuidado como necesario en nuestra sociedad.

Desde la época de los grandes filósofos de la Grecia antigua, nació el concepto denominado “ética”. Este partía del pensamiento de que había algo más allá de nosotros mismos, algo que nos contenía como grupo humano y nos llamaba a ser mejores. Que instaba a trabajar todos y cada uno a favor del bienestar del conjunto. Entre los filósofos de aquellos tiempos se desarrollaba una conciencia crítica que normaba el comportamiento humano para conformar esa primera gran disciplina que conocemos como “ética”, entre los siglos VIII y el V AC. Uno de sus grandes maestros fue Sócrates, otro fue Homero a través de sus poemas contenidos en la Ilíada y la Odisea.

Resulta increíble imaginar que hayan transcurrido alrededor de 25 siglos de esos tiempos a los nuestros, en los que el bien común ha formado parte de códigos de comportamiento, leyes y reglamentos, que procuran el bienestar colectivo por encima de todo lo demás. Lo más difícil de entender es que esos conceptos que llaman al desarrollo de una comunidad virtuosa y justa, lejos de pulirse, parecieran ir perdiéndose con el tiempo.

Hoy constituimos una sociedad acostumbrada a que las cosas se den rápido y fácil, somos más bien egoístas. Esto es, no me interesa lo que suceda más allá de mi entorno personal, en la medida en que yo siga obteniendo lo que deseo de manera inmediata. Han quedado muy atrás los tiempos antiguos, dentro de los cuales la paciencia constituía un elemento obligado. Con relación a esas épocas en las que --por lógica-- todo tardaba más, esperaríamos que hoy en día el tiempo se aprovechara mejor, pero en realidad no sucede así. Por la tecnología y algunas otras cosas, nos distraemos con facilidad, y los días ya no parecen tener 24 horas sino menos.

Un ejemplo dramático del grado en que los avances tecnológicos nos vuelven menos sensibles, es la contaminación por desechos plásticos. Priva la comodidad por encima de la conciencia, y hasta para un paquete de chicles en la tienda de conveniencia pedimos una bolsa de plástico que, un par de metros más allá de la puerta, termina en el suelo. Así comienza su fatídica jornada de contaminación. Y no se diga con relación a botellas de agua. Muy diversas mediciones, siendo la más reciente que encontré la de IAGUA del 18 de diciembre del 2018, señalan a México como el país que más agua embotellada consume en el mundo. ¿Nos hemos preguntado cuántas botellas de agua compramos cuando andamos fuera de casa?... ¿Y por qué las compramos, si pudiéramos llevarnos un envase reutilizable que llenemos dentro de casa antes de salir?...

El espíritu, el Todo, el Gran Principio. Dios, Alá, Buda… ese principio absoluto por el que somos y al que vamos, ha ido perdiendo su esencia concienciadora. Tal vez seamos más practicantes de una religión, acudamos con frecuencia al templo, nos ocupemos de orar, o veamos por ayudar a los de nuestra iglesia, y qué bueno. Sin embargo es necesario ampliar ese círculo de compasión a quienes están más allá, a quienes no comulgan con nuestras creencias, a los que --probablemente-- actúan de modo opuesto a como quisiéramos, porque no han tenido las mismas oportunidades que nosotros.

La vida en nuestro planeta necesita con urgencia un sentido que la lleve a perseverar y trascender. Los crecientes brotes de violencia son la manifestación más clara de que andamos extraviados en nuestra búsqueda. Atacamos aquello con lo que no nos identificamos, y no nos identificamos puesto que no lo conocemos.

Circula un video conmovedor: En alguna provincia oriental se observa dispersa sobre el suelo una media docena de peces recién sacados del agua. Se han formado charcos entre uno y otro de los peces, mismos que boquean con desesperación. Aparece un perro que se ocupa afanosamente de lanzar con su nariz agua de los charcos hacia la cabeza de los peces queriendo salvarlos de morir. Una gran lección sobre compasión que debería ponernos a pensar.


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30 Diciembre 2018 04:00:00
Un año distinto
Me declaro enemiga de los lugares comunes, tan frecuentes en esta temporada. Las antiguas tarjetas impresas, sustituidas hoy en día por mensajes instantáneos, dan cuenta de los mejores deseos para la Navidad y el Año Nuevo, que en lo personal me resultan meros formulismos de ocasión. Nada hay de nosotros mismos en cada una de esas frases que se repiten de ida y vuelta, en el fin de año.

Los lugares comunes --en este caso-- corresponden a frases dentro de las cuales acomodamos nuestra molicie o nuestra falta de inspiración, para sentir que hemos cumplido con nuestros seres queridos, apreciados o conocidos, por las fiestas. Desde que tengo uso de razón, me ha gustado “salirme del huacal”, por lo que estas fórmulas estereotipadas no van conmigo.

Es de este modo como, para el año que inicia, quiero desear a mis dos lectores algo distinto a lo muy trillado, y aquí va:

Deseo que recobren la mirada de un niño para ver la vida, sabiendo hallar la magia en cada momento, frente a cualquier elemento. Que lo más cotidiano adquiera significado.

Que el entusiasmo se convierta en esa corriente energizante que recorre el torrente sanguíneo desde la cabeza, con su obligada parada mecánica en el corazón, para depuración y balanceo.

Sean los proyectos que emprendan para satisfacer lo propio, unos que no perjudiquen el bienestar de los demás. Si ayudan a otros, bien, y si no, al menos que ellos no salgan afectados en la consecución de nuestros afanes.

Quiero desearles que se propongan metas de excelencia, metas elevadas que impliquen tiempo y esfuerzo, porque en ellas está el modo más seguro de trascender en la vida.

Van mis parabienes para ustedes y los suyos. Que en estas fechas consoliden esos sentimientos que han sabido cultivar a lo largo del año, momento a momento, como brisa suave que --con el tiempo-- termina convertida en dulce arroyo.

Que la música guíe su andar, de modo tal, que hagan de cada paso un evento maravilloso, el cual los conduzca de vuelta hacia el origen de todas las cosas.

Sea el año que inicia muy especial, en que logren asimilar que la vida es como teclado de piano, una secuencia de formas y colores. En los distintos tonos y en su intensidad radica su inconmensurable riqueza.

Que nunca pierdan de vista el propósito final que nos tiene en este mundo. La vida ofrece lecciones cada día, unas envueltas de regalo, otras habrán de llevarnos como el hierro a la fragua. Todas son lecciones que nos llevan a ser mejores personas.

No podría desearles siempre paz. Junto con sus plácidos ratos les deseo también problemas, porque en el fragor de las batallas que habremos de enfrentar, es donde el espíritu crece y se fortifica.

Eso sí, para cada uno de ustedes anhelo con el alma que siempre tengan a su lado al mejor amigo, ese que permanece como sombra con nosotros, dispuesto a acompañarnos a donde vayamos.

Ese mejor amigo se llama “uno mismo”.

Quiero brindar porque en el año que inicia descubran el amor verdadero, ese que empieza con la estima propia y se extiende como un manto verde y fragante, primero entre los seres más cercanos, y sigue avanzando, hasta llegar más allá de donde la vista alcanza.

Hoy van mis deseos por un tiempo cargado de risas, de música y de magia. Trescientos sesenta y cinco amaneceres en los que la vida les sorprenda con sus colores, sus olores, sus melodías.

Trescientos sesenta y cinco ocasiones de dar gracias al cielo por tantas bendiciones, esas que habitualmente damos por sentadas y poco tomamos en cuenta. Trescientos sesenta y cinco noches que nos obliguen a hacer un recuento de lecciones antes de zambullirnos en las suaves aguas del descanso.

En esta vida nada es bueno ni malo. Las cosas son porque sí, en ocasiones como resultado de nuestras propias decisiones; otras más suceden de forma fortuita, pero de igual modo están frente a nosotros, y para seguir el camino habremos de sortearlas.

Les deseo que desarrollen la sabiduría para salir adelante en cada situación, habiendo aprendido algo nuevo, una experiencia que sirva más adelante para salvar otro tramo del camino.

Todos estamos en el proceso de aprender a ser mejores personas. Pido al cielo asimilar las lecciones antes de seguir adelante, cuidando de no ir arrastrando lodo en los zapatos.

Algo similar deseo para cada uno de ustedes: Tiempo, oportunidad y empuje para ser hoy mejores que ayer. Frente a nosotros mismos realistas, al margen de estériles comparaciones con respecto a otros --una forma de autoengaño.

Libres, emprendedores, valientes, auténticos. Positivos, sin complicaciones. Amorosos, divertidos, alegres, resilientes. ¡Feliz 2019!

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23 Diciembre 2018 04:02:00
Contraluz
Todo cambio genera un cimbramiento del sistema. Un cambio de Gobierno no escapa a este principio. Las primeras tres semanas del mandato de López Obrador así lo han demostrado. En mi particular opinión encuentro tan ambicioso su proyecto de nación, que no va a alcanzar ni el tiempo ni el dinero para consolidarlo. Además de que la corrupción, integrada como parte de la estructura que sostiene todo lo demás, no puede cortarse de tajo sin que el sistema completo corra riesgo de caer. Aclaro, soy la primera en catalogar a la corrupción como un mal terrible para México, que, por desgracia, se halla tan arraigado, que no alcanza el qué y el cuándo para lograr que se extinga.

A lo que voy es a hablar del asunto de la inseguridad. El hoy Presidente, estando en campaña aseveró que quitaría al ejército de las calles; ahora parece que siempre no, a causa de la inseguridad. Por otra parte le da un significativo recorte a la cultura, inicialmente fue a la educación superior y a la cultura. Por fortuna dio marcha para atrás con la reducción presupuestal para la educación superior, pero mantiene el recorte al rubro de cultura, y a ello me quiero enfocar hoy.

Diversos países con mayor desarrollo que el nuestro se han ocupado en implementar programas de sensibilización artística, a partir del momento en que un niño ingresa a maternal. El pequeño tiene algunas opciones de disciplinas, como pueden ser música, danza o artes plásticas, por citar algunas. A lo largo del tiempo se han implementado diversos estudios que demuestran que el aprovechamiento general del niño mejora debido a esta intervención. Por tal razón no escatiman en destinar presupuestos significativos para esta preparación extracurricular. Pareciera que en México esos gastos, lejos de ser vistos como una inversión, se asumen como rubros onerosos que pueden eliminarse, para reorientar tales dineros a otros propósitos considerados como más urgentes.

La inseguridad es un problema mayúsculo en México. Recientemente tuve oportunidad de asistir a un foro en el que participaron Sergio Ramírez y Gioconda Belli, quienes dieron cuenta de primera mano de la situación vigente en Nicaragua, a partir de abril de este año cuando las manifestaciones pacíficas organizadas por civiles se tiñeron de sangre. Ellos hablaban de algo así como 146 muertos, una enorme tragedia para un país tan pequeño que no está acostumbrado a conflictos con sangre, al menos no en los últimos 20 años. Alguien del público quiso desdeñar las palabras de los escritores argumentando que eso no era nada en comparación con los 300 mil muertos que ha cobrado en México la mal llamada guerra contra el narcotráfico. Fue una descortesía de quien así lo expresó ante dos figuras extranjeras de ese nivel, pero finalmente hay que reconocerlo, en México la muerte tiene permiso de hacer lo que se le venga en gana.

Es en este escenario dantesco del que sólo la suerte nos salva hasta ahora, todos, como mexicanos, tenemos que preguntarnos si incrementar la presencia de fuerzas militares en las calles realmente va a resolver el problema, cuando a la par, se deja desatendido el origen del mismo.

México vive una crisis de valía. Se carece de elementos que fomenten el desarrollo de la autoestima desde la infancia. Las figuras parentales no son lo fuertes que deberían para que el muchachito crezca sintiéndose reconocido, importante y útil a la sociedad. Por desgracia es muy común que el niño lo haga como plantita silvestre, a la buena de Dios, echando mano de los modelos que tiene próximos a él, generalmente niños de su edad o mayores. La pandilla hace lo propio para cubrir en ese chico el sentido de pertenencia. La necesidad de formar parte de algo superior a su sola persona es tal, que se adhiere al grupo a cualquier precio, sirviendo como carne de cañón para la delincuencia organizada.


Mientras que no rompamos ese círculo vicioso, no va a ocurrir un cambio de raíz en la inseguridad. Quitar recursos a la cultura y sus bondades, es mantener la espiral de violencia en nuestro país. De ese modo no hay elementos que apuesten por la formación de individuos seguros de ellos mismos, que busquen enfocarse en alcanzar la maestría en algún quehacer, y que ese quehacer les haga sentirse valiosos frente a la sociedad. Mientras no entendamos que la paz y la guerra nacen en el corazón del hombre, seguiremos como hasta ahora, “apagando fueguitos” a un costo social y económico insostenible.

La violencia es generada por la contraviolencia, como respuesta a la violencia proveniente de los demás, dice Jean Paul Sartre. Más vale no desestimar sus palabras.


23 Diciembre 2018 04:00:00
El origen de la violencia
Todo cambio genera un cimbramiento del sistema. Un cambio de gobierno no escapa a este principio. Las primeras tres semanas del mandato de López Obrador así lo han demostrado. En mi particular opinión encuentro tan ambicioso su proyecto de nación, que no va a alcanzar ni el tiempo ni el dinero para consolidarlo. Además de que la corrupción, integrada como parte de la estructura que sostiene todo lo demás, no puede cortarse de tajo sin que el sistema completo corra riesgo de caer. Aclaro, soy la primera en catalogar a la corrupción como un mal terrible para México, que --por desgracia-- se halla tan arraigado, que no alcanza el qué y el cuándo para lograr que se extinga.

A lo que voy --sin embargo-- es a hablar del asunto de la inseguridad. El hoy presidente, estando en campaña aseveró que quitaría al Ejército de las calles; ahora parece que siempre no, a causa de la inseguridad. Por otra parte le da un significativo recorte a la cultura, inicialmente fue a la educación superior y a la cultura. Por fortuna dio marcha para atrás con la reducción presupuestal para la educación superior, pero mantiene el recorte al rubro de cultura, y a ello me quiero enfocar hoy.

Diversos países con mayor desarrollo que el nuestro se han ocupado en implementar programas de sensibilización artística, a partir del momento en que un niño ingresa a maternal. El pequeño tiene algunas opciones de disciplinas, como pueden ser música, danza o artes plásticas, por citar algunas. A lo largo del tiempo se han implementado diversos estudios que demuestran que el aprovechamiento general del niño mejora debido a esta intervención. Por tal razón no escatiman en destinar presupuestos significativos para esta preparación extracurricular. En contraste, pareciera que en México esos gastos, lejos de ser vistos como una inversión, se asumen como rubros onerosos que pueden eliminarse, para reorientar tales dineros a otros propósitos considerados como más urgentes.

La inseguridad es un problema mayúsculo en México. Recientemente tuve oportunidad de asistir a un foro en el que participaron Sergio Ramírez y Gioconda Belli, quienes dieron cuenta de primera mano de la situación vigente en Nicaragua, a partir de abril de este año cuando las manifestaciones pacíficas organizadas por civiles se tiñeron de sangre. Ellos hablaban de algo así como 146 muertos, una enorme tragedia para un país tan pequeño que no está acostumbrado a conflictos con sangre, al menos no en los últimos 20 años. Alguien del público quiso desdeñar las palabras de los escritores argumentando que eso no era nada en comparación con los 300,000 muertos que ha cobrado en México la mal llamada guerra contra el narcotráfico. Fue una descortesía de quien así lo expresó ante dos figuras extranjeras de ese nivel, pero finalmente hay que reconocerlo, en México la muerte tiene permiso de hacer lo que se le venga en gana.

Es en este escenario dantesco del que sólo la suerte nos salva hasta ahora, todos, como mexicanos, tenemos que preguntarnos si incrementar la presencia de fuerzas militares en las calles realmente va a resolver el problema, cuando a la par, se deja desatendido el origen del mismo.

México vive una crisis de valía. Se carece de elementos que fomenten el desarrollo de la autoestima desde la infancia. Las figuras parentales no son lo fuertes que deberían para que el muchachito crezca sintiéndose reconocido, importante y útil a la sociedad. Por desgracia es muy común que el niño lo haga como plantita silvestre, a la buena de Dios, echando mano de los modelos que tiene próximos a él, generalmente niños de su edad o mayores. La pandilla hace lo propio para cubrir en ese chico el sentido de pertenencia. La necesidad de formar parte de algo superior a su sola persona es tal, que se adhiere al grupo a cualquier precio, sirviendo --por desgracia-- como carne de cañón para la delincuencia organizada.

Mientras que no rompamos ese círculo vicioso, no va a ocurrir un cambio de raíz en la inseguridad. Quitar recursos a la cultura y sus bondades, es mantener la espiral de violencia en nuestro país. De ese modo no hay elementos que apuesten por la formación de individuos seguros de ellos mismos, que busquen enfocarse en alcanzar la maestría en algún quehacer, y que ese quehacer les haga sentirse valiosos frente a la sociedad. Mientras no entendamos que la paz y la guerra nacen en el corazón del hombre, seguiremos como hasta ahora, “apagando fueguitos” a un costo social y económico insostenible.
La violencia es generada por la contraviolencia, como respuesta a la violencia proveniente de los demás, dice Jean Paul Sartre. Más vale no desestimar sus palabras.

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16 Diciembre 2018 04:00:00
Tras el vendaval
Nuestra condición humana es maravillosa. Tanto así, que solemos olvidarnos de que más allá de nuestro buen funcionamiento, somos muy vulnerables. La vida nos presenta situaciones en las que, como madre amorosa, nos da un estirón de orejas para recordarnos que no somos invencibles, como tan fácilmente solemos suponer.

Una de tales condiciones --que en lo personal me ha provisto de grandes lecciones-- es la enfermedad. Un día estamos bien y al siguiente aquel fino equilibrio del que ni siquiera estábamos conscientes, se ha perdido. Llega el quebranto de salud con su cohorte de malestares y fallas, y entonces cobramos conocimiento de lo frágil que es nuestra carne. Entendemos también que ni todo el dinero ni todo el poder pueden comprar un gramo de vida cuando esta ha terminado.

La enfermedad es un recurso de gran valor que nos da la existencia, para trascender a un plano por encima del material. La crisis familiar que provoca el mal físico de uno de sus miembros, comienza a seguir un proceso de maduración. Surge aceptación, fortaleza, solidaridad, y finalmente cohesión en torno a quien requiere apoyo del resto.

Otra condición que nos planta en la tierra de un solo golpe, es la aparición de fenómenos naturales. Este puerto fronterizo coahuilense amaneció el jueves 13 alegre y aún cantarino, después de las tradicionales fiestas de Guadalupe. Quiero imaginar que los matachines habrán caído en sus camas como “piedra en pozo”, dejando los trajes de sonoros carrizos así nada más, en cualquier lugar.

Los devotos guadalupanos, quienes iniciaron su jornada antes del alba del día 12, con las mañanitas a la Virgen Morena, deben haberse hartado de comer tamales y champurrado, y habrán ido a dormir como benditos.

La mañana iniciaba como cualquier otra. A aquello de las 11 comenzaron a soplar los vientos, según lo anunciado por los distintos servicios meteorológicos de ambos lados de la frontera. A pesar de la advertencia no dejamos de sorprendernos por la fuerza del ventarrón. Mi imaginación --la mejor compañera de esos ratos de solitud-- me hacía percibir las crecientes ráfagas como emanadas de la garganta de un moderno Eolo para controlarnos a nosotros, pobres mortales. Conforme pasaron las horas pudimos atestiguar los daños provocados por la fuerza del viento. Jóvenes árboles se partieron por la mitad; algunos viejos fresnos fueron arrancados de raíz, así como las techumbres estilo americano de diversas residencias. Las emergencias comenzaron a reportarse a través de redes sociales; la energía eléctrica se vio interrumpida en buena parte de la ciudad, y con ello sobrevino una escasez de agua potable en casi todos los hogares.

De los eventos que más me han impresionado como consecuencia de feroces meteoros como este, es el daño que llegan a provocar sobre estructuras metálicas firmes, que el hombre ha colocado con la certeza de que son inamovibles. Fue el caso de algunas armazones que sostenían anuncios comerciales en distintos puntos de la mancha urbana. Por su parte el techo de lámina de la pista de hielo --recién inaugurada-- quedó replegado sobre sí mismo, cual si un gigante lo hubiera tomado entre sus manos para doblarlo en dos, como un pedazo de papel. Los adornos del pino navideño instalado hace unos días en la Macroplaza, volaron por los aires como hojas que lleva el viento.

Hasta donde tengo conocimiento, los daños se limitan a lo material. No hay pérdidas humanas que lamentar. Cierto, cada uno de los ciudadanos afectados en su patrimonio, no la estará pasando nada fácil esta Navidad.

Unas horas después de que los fuertes vientos azotaran la ciudad, hice un recorrido por el primer cuadro. Resultaba imponente observar todo aquel verdor que unas horas antes eran vivos penachos de tantos árboles, disperso sobre las banquetas a lo largo de varias cuadras. Tal vez en lo personal fue lo más significativo, tener frente a mí una evidencia tan clara de cómo la naturaleza se impone por encima de las construcciones humanas y de todo lo demás, para decir “yo soy”.

El contacto con el entorno natural nos provee de grandes lecciones. Nuestra capacidad de asombro es la clave para abrir las páginas de ese maravilloso libro. Sacudirnos la costumbre de dar las cosas por sentadas y seguir de largo, y ahora mirar cada elemento natural que nos rodea, con los ojos de un niño pequeño, provista la curiosidad de un sinfín de “porqués”. Sirva ello para alejar nuestra vista de la pantalla y entrar en diálogo con la vida en sus diversas manifestaciones, de modo de ubicarnos, dentro del cosmos, en nuestra verdadera dimensión.

El vendaval deja historias a su paso. Cada quien decide cuáles conserva.

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09 Diciembre 2018 04:04:00
La gran lección
La vida está hecha de diversos caminos. Cada cosa puede ocurrir de una forma y también de otra. Así comienza la novela testimonial de Rafael Pérez Gay, titulada Perseguir la Noche. A lo largo de la misma el escritor conjuga magistralmente dotes literarias, (como investigador y creador), con vastos conocimientos de exploración histórica, para plantar su personal proceso de duelo frente a la enfermedad. Lejos de una relación de pesares, con toda la experiencia narrativa coloca ante nuestros ojos su dolor físico y la forma de exorcizar ese sufrimiento que le acomete. Nos conduce al borde de sus miedos para decirnos que sentirlos está bien. Además de que nos lleva de la mano a través de su pasado personal y citadino, para sentarnos cualquier noche a departir con algunos de los grandes personajes de la Literatura en los albores del siglo 20.

Es muy probable que su relato me toque a mí más que al resto de los lectores, por varias razones: Constituye una narrativa testimonial frente a un proceso como el cáncer, situación que el autor y yo compartimos en nuestras respectivas historias. Otra razón: Tuve ocasión de asistir a la presentación del libro, en el marco de la FIL Guadalajara 2018, para identificar los satélites que rodearon la vida de Pérez Gay y que más adelante, en uno de esos veloces giros, se incorporaron muy dentro de su ser para dar lugar a la obra que ahora pone en nuestras manos. El autor, acompañado de su amigo y presentador, el doctor Arnoldo Kraus (a la vez su médico de cabecera), nos obsequiaron una velada amena, salpicada de anécdotas singulares, pero sobre todo muy humana.

La última razón por la que este libro es de ya muy querido para mí es la siguiente: al momento de solicitar su autógrafo en el ejemplar recién adquirido, acogió con singular entusiasmo uno de mi novela testimonial (de temática similar). Compartimos impresiones acerca de nuestros personales procesos y de lo que cada cual había escrito, y “chocamos libros”, como copas, en una celebración por la vida.

Quiero creer que iniciativas como las de Ferias del Libro grandes y pequeñas; salas de lectura, y cuentacuentos, favorecen la creación de públicos lectores. Lanzan la propuesta de que leer, lejos de un proceso tedioso y difícil, puede convertirse en un viaje enriquecedor, mediante el cual es posible conocer otros universos. El tiempo, la geografía y la distancia entre individuos se zanja a través de una buena lectura, de modo tal que podemos descubrir motivos nuevos y distintos para amar la vida.

No deja de sorprender la creciente tasa de suicidios entre jovencitos. Como pediatra y como madre, considero que dentro de sus causas, una de enorme importancia corresponde a cierta sensación de inadecuación. El joven no halla su lugar en la vida, puesto que no conoce esta última. Falla en identificar dentro de su persona elementos que vuelvan divertida la convivencia “de mí-conmigo”, y su autoestima se queda en embrión. Espera que el exterior le provea de estímulos, cuando es desde su interior de donde la auténtica motivación debe de provenir.

Gracias, Rafael Pérez Gay por esta gran lección. Por enseñarnos que cada vivencia es crecimiento, y que al final del día, todo habrá valido la pena.

09 Diciembre 2018 04:00:00
La gran lección
La vida está hecha de diversos caminos. Cada cosa puede ocurrir de una forma y también de otra. Así comienza la novela testimonial de Rafael Pérez Gay, intitulada Perseguir la noche. A lo largo de la misma el escritor conjuga magistralmente dotes literarias, --como investigador y creador--, con vastos conocimientos de exploración histórica, para plantar su personal proceso de duelo frente a la enfermedad. Lejos de una relación de pesares, con toda la experiencia narrativa coloca ante nuestros ojos su dolor físico y la forma de exorcizar ese sufrimiento que le acomete. Nos conduce al borde de sus miedos para decirnos que sentirlos está bien. Además de que nos lleva de la mano a través de su pasado personal y citadino, para sentarnos cualquier noche a departir con algunos de los grandes personajes de la Literatura en los albores del siglo veinte, y --como testigos subrepticios-- permitirnos conocer la parte oscura de la historia oficial, que vuelve a esos personajes icónicos más humanos, y por ende entrañables.

Es muy probable que su relato me toque a mí más que al resto de los lectores, por varias razones: Constituye una narrativa testimonial frente a un proceso como el cáncer, situación que el autor y yo compartimos en nuestras respectivas historias. Otra razón: Tuve ocasión de asistir a la presentación del libro, en el marco de la FIL Guadalajara 2018, para identificar los satélites que rodearon la vida de Pérez Gay y que más adelante, en uno de esos veloces giros, se incorporaron muy dentro de su ser para dar lugar a la obra que ahora pone en nuestras manos. El autor, acompañado de su amigo y presentador, el doctor Arnoldo Kraus --a la vez su médico de cabecera--, nos obsequiaron una velada amena, salpicada de anécdotas singulares, pero sobre todo muy humana. Además del disfrute de la interacción espontánea de Héctor de Mauleón y Héctor Aguilar Camín, quienes formaban parte del público, y desde sus asientos no dejaron de enriquecer el coloquio entre autor y presentador. La última razón por la que este libro es de ya muy querido para mí es la siguiente: Al momento de solicitar su autógrafo en el ejemplar recién adquirido, acogió con singular entusiasmo uno de mi novela testimonial --de temática similar--. Compartimos impresiones acerca de nuestros personales procesos y de lo que cada cual había escrito, y “chocamos libros”, como copas, en una celebración por la vida.

Cada página y cada historia me dejan un agradable sabor de boca. Recorro junto con el autor las calles del centro histórico de la ciudad de México y de algunas de sus colonias, como la Condesa y la Roma. Su diestra narrativa hace un alto para mostrarme aquel sitio donde estuvo un célebre edificio que ya no existe. Me invita a entrar a su hogar a conocer a cada uno de los miembros de su familia, y entender ahora más, ese inacabable dolor por la pérdida de su hermano José María.

Venturosa combinación de conocimiento y oficio; de dolor y sanación; de creación y generosa entrega a cada uno de sus lectores. Maravilloso libro escrito, no por un sobreviviente de cáncer sino por un triunfador en el arte de vivir. Un peregrino que sale a recorrer calles para evadirse del dolor que le roe las entrañas, en cuyo proceso nos enseña a amar lo que somos y tenemos. Pero sobre todo, por encima de lo expresado, Rafael Pérez Gay es el ser humano sensible y cálido que no duda en brindar un gran abrazo a quien se acerca a él a través de sus letras.

Quiero creer que iniciativas como las de Ferias del Libro grandes y pequeñas; salas de lectura, y cuentacuentos, favorecen la creación de públicos lectores. Lanzan la propuesta de que leer, lejos de un proceso tedioso y difícil, puede convertirse en un viaje enriquecedor, mediante el cual es posible conocer otros universos. El tiempo, la geografía y la distancia entre individuos se zanja a través de una buena lectura, de modo tal que podemos descubrir motivos nuevos y distintos para amar la vida.

No deja de sorprender la creciente tasa de suicidios entre jovencitos. Como pediatra y como madre, considero que dentro de sus causas, una de enorme importancia corresponde a cierta sensación de inadecuación. El joven no halla su lugar en la vida, puesto que no conoce esta última. Falla en identificar dentro de su persona elementos que vuelvan divertida la convivencia “de mí-conmigo”, y su autoestima se queda en embrión. Espera que el exterior le provea de estímulos, cuando es desde su interior de donde la auténtica motivación debe de provenir.

Gracias, Rafael Pérez Gay por esta gran lección. Por enseñarnos que cada vivencia es crecimiento, y que al final del día, todo habrá valido la pena.

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02 Diciembre 2018 04:03:00
Letras con rumbo
A todos aquellos que hemos sentido el llamado a escribir, hacerlo se convierte en una necesidad vital, como comer o respirar. Comunicar los estados internos y conectarnos con el lector, para establecer una comunidad de ideas o de sentimientos, llega a ser una consigna que termina sólo con la muerte.

Tuve oportunidad de asistir a la Feria Internacional de Libro Guadalajara 2018, considerada como una de las más importantes del mundo. Recorrer aquellos pasillos interminables, a lo largo de los cuales se distribuyen editoriales de todos los confines del planeta, es la fiesta de la palabra escrita. Tener además la oportunidad de asistir a presentaciones de libros y conferencias sobre diversos temas, y conocer de viva voz de los autores, opiniones sobre aquello que les apasiona, lleva a volver más entrañable la lectura, a contagiarnos de ese entusiasmo y apropiarlo para nuestras vidas.

Me hallo como el viajero que en un corto tiempo ha visitado diversos lugares maravillosos. No sé por dónde empezar. Son momentos, charlas, impresiones visuales, fraternidad con otros lectores que convergen en un mismo punto por sus afanes similares. Hay vivencias que se quedan para instalarse como los huéspedes incómodos, que estarán sacudiendo nuestro confort anodino para dar otra lectura a la vida, para plantearnos preguntas cuya respuesta habremos de salir a buscar.

Cuando comenzamos a escribir lo hacemos expresando lo propio. Tras de observar algo que nos genera un momento de reflexión, volcamos nuestro punto de vista muy personal (habitualmente nuestra inconformidad) con un “a mí me parece” coloquial. Conforme se aprende el oficio nos vamos obligando a trocar esa expresión subjetiva por un “yo opino” informado. Esto es, con base en la información que se va adquiriendo, pasamos de sentir a comprender; de expresar estados de ánimo a conformar un razonamiento estructurado. Ahora bien, acudir a un foro en el cual todo ese proceso creativo individual se convierte en una gala maravillosa de expresión, es un viaje inagotable a través del pensamiento humano.

En la presentación de un libro acerca de las relaciones internacionales y el cine, se abordó la manera como películas muy taquilleras están fundamentadas en modelos matemáticos que explican la forma en que llegan a interactuar dos naciones frente a un conflicto. Un concepto que hallé muy iluminador es el que señala que los contenidos que entran a la conciencia a través de una pantalla, suelen hacerlo sin filtro, de manera que el receptor asume como una verdad aquello que percibe. Fenómeno muy común en nuestro país, del cual sacan partido diversos intereses creados. De momento vienen a mi mente personajes de la vida pública que proclaman posturas personales como verdades absolutas, a sabiendas de que difícilmente habrá quién los rebata con bases documentadas. En el caso de la pantalla chica, el televidente toma como algo cierto lo que ve, y algo similar sucede frente a la pantalla grande. Así se explica que elementos que de entrada resultan hasta casuales, como sería la erotización de contenidos, puedan obedecer a intereses mucho más allá de la simple producción cinematográfica.

Retomando los conceptos con que inicié. Quienes escribimos tenemos una enorme responsabilidad ciudadana. Estamos obligados a ser claros, precisos y objetivos en nuestro fuero interno, para después expresarnos. Pasar del “me parece” tan personal a una opinión que se sustente como tal, porque nace de un proceso mental que inicia con la percepción propia, pero se tamiza a través de la lectura informada. Aun si soy poeta, mi poesía no debe limitarse a ser catártica y desparpajada, sino atender a un orden en las ideas que buscan expresarse, para hacerlo de la mejor manera. Asentar lo propio por escrito nos obliga a hacerlo con pulcritud y seriedad, como un legado personal que habrá de trascendernos.

Escribir es un ejercicio de reflexión personal y responsabilidad cívica. La primera debe avanzar más allá del confín personal al círculo virtuoso de nuestras lecturas. La segunda se espera que sea el motor que impulse cada línea, cada página, seduciendo al lector, hacia la conformación de un mundo mejor para todos.


02 Diciembre 2018 04:00:00
Letras con rumbo
A todos aquellos que hemos sentido el llamado a escribir, hacerlo se convierte en una necesidad vital, como comer o respirar. Comunicar los estados internos y conectarnos con el lector, para establecer una comunidad de ideas o de sentimientos, llega a ser una consigna que termina solo con la muerte.

Tuve oportunidad de asistir a la Feria Internacional de Libro Guadalajara 2018, considerada como una de las más importantes del mundo. Recorrer aquellos pasillos interminables, a lo largo de los cuales se distribuyen editoriales de todos los confines del planeta, es la fiesta de la palabra escrita. Tener además la oportunidad de asistir a presentaciones de libros y conferencias sobre diversos temas, y conocer de viva voz de los autores, opiniones sobre aquello que les apasiona, lleva a volver más entrañable la lectura, a contagiarnos de ese entusiasmo y apropiarlo para nuestras vidas.

Me hallo como el viajero que en un corto tiempo ha visitado diversos lugares maravillosos. No sé por dónde empezar. Son momentos, charlas, impresiones visuales, fraternidad con otros lectores que convergen en un mismo punto por sus afanes similares. Hay –por supuesto—vivencias que se quedan para instalarse como los huéspedes incómodos, que estarán sacudiendo nuestro confort anodino para dar otra lectura a la vida, para plantearnos preguntas cuya respuesta habremos de salir a buscar.

Cuando comenzamos a escribir lo hacemos expresando lo propio. Tras de observar algo que nos genera un momento de reflexión, volcamos nuestro punto de vista muy personal –habitualmente nuestra inconformidad—con un “a mí me parece” coloquial. Conforme se aprende el oficio nos vamos obligando a trocar esa expresión subjetiva por un “yo opino” informado. Esto es, con base en la información que se va adquiriendo, pasamos de sentir a comprender; de expresar estados de ánimo a conformar un razonamiento estructurado. Ahora bien, acudir a un foro en el cual todo ese proceso creativo individual se convierte en una gala maravillosa de expresión, es un viaje inagotable a través del pensamiento humano.

En la presentación de un libro acerca de las relaciones internacionales y el cine, se abordó la manera como películas muy taquilleras están fundamentadas en modelos matemáticos que explican la forma en que llegan a interactuar dos naciones frente a un conflicto. Un concepto que hallé muy iluminador es el que señala que los contenidos que entran a la conciencia a través de una pantalla, suelen hacerlo sin filtro, de manera que el receptor asume como una verdad aquello que percibe. Fenómeno muy común en nuestro país, del cual sacan partido diversos intereses creados. De momento vienen a mi mente personajes de la vida pública que proclaman posturas personales como verdades absolutas, a sabiendas de que difícilmente habrá quién los rebata con bases documentadas. En el caso de la pantalla chica, el televidente toma como algo cierto lo que ve, y algo similar sucede frente a la pantalla grande. Así se explica que elementos que de entrada resultan hasta casuales, como sería la erotización de contenidos, puedan obedecer a intereses mucho más allá de la simple producción cinematográfica.

Sobre el mismo tema, un concepto muy lúcido que tiene que ver con la teoría pacifista de Mahatma Gandhi: Parte del concepto de que el autocontrol personal lleva al autogobierno, y de este a la paz de los pueblos. Frente a dicha teoría, como si fuera un espejo, me pregunto qué tan autocontrolados estamos los mexicanos, cuando actuamos como ciudadanía con muy poco autogobierno, que requiere cada vez una mayor coerción externa para tratar de lograr un orden.

Retomando los conceptos con que inicié. Quienes escribimos tenemos una enorme responsabilidad ciudadana. Estamos obligados a ser claros, precisos y objetivos en nuestro fuero interno, para después expresarnos. Pasar del “me parece” tan personal a una opinión que se sustente como tal, porque nace de un proceso mental que inicia con la percepción propia, pero se tamiza a través de la lectura informada. Aun si soy poeta, mi poesía no debe limitarse a ser catártica y desparpajada, sino atender a un orden en las ideas que buscan expresarse, para hacerlo de la mejor manera. Asentar lo propio por escrito nos obliga a hacerlo con pulcritud y seriedad, como un legado personal que habrá de trascendernos.

Escribir es un ejercicio de reflexión personal y responsabilidad cívica. La primera debe avanzar más allá del confín personal al círculo virtuoso de nuestras lecturas. La segunda se espera que sea el motor que impulse cada línea, cada página, --seduciendo al lector-- hacia la conformación de un mundo mejor para todos.

https://contraluzcoah.blogspot.com/
25 Noviembre 2018 04:00:00
¿Y como qué compramos?
Me encuentro parada en un momento histórico muy singular en tiempo y espacio. Habito en una zona aledaña a la nación norteamericana, a la cual en estos días se aproximan diversos grupos de centroamericanos para cruzar la frontera de cualquier manera.

La norteamericana es una nación multicultural que acaba de celebrar el Día de Acción de Gracias, en conmemoración de la primera cena que llevaron a cabo en el nuevo continente. A la mañana siguiente a la celebración se lleva a cabo en aquel país lo que se conoce como “viernes negro”, en el cual grandes volúmenes de mercancía se ofrecen a precio de remate, algo similar a los “soldés” franceses, que permiten a los comercios deshacerse de mercancías de temporada, ofreciéndola a precio de costo. En nuestro país, para no desentonar, desde hace algunos años se lleva a cabo la campaña denominada “El buen fin”, que intenta imitar a su contraparte norteamericana. Simultáneamente a toda esta ebullición comercial, inicia la FIL Guadalajara, una de las ferias del Libro más importantes del mundo.

Como Perseidas llega a mi mente infinidad de ideas. La primera que logro atrapar y revisar, es la que tiene que ver con nuestra actitud como consumidores, para preguntar cuántos de esos objetos que ahora se compran con particular fruición, en un par de meses habrán pasado a formar parte de la legión de objetos abandonados en algún rincón de la casa. Y para dentro de un año, habremos olvidado que alguna vez existieron, o saldrán dentro de una caja rumbo a un bazar de beneficencia.

Mis hijos no han tenido la mamá más organizada en lo económico, aun así, no soy proclive a caer bajo la seducción de las baratas. Hay asuntos que debí haber manejado con más inteligencia o más arrojo y no lo hice, pese a ello hemos sobrevivido y aquí estamos, sin que nos haya faltado nada de lo esencial para salir adelante. Ahora bien, caer bajo los influjos de una etiqueta que dice “medio precio”, y comprar algo que simplemente no se necesita, es dañar la economía familiar de manera irracional.

El caso más paradigmático de los viernes negros lo conocí de labios de una valiente persona que se lanzó a una tienda de autoservicio norteamericana en una ocasión como esta. Halló a una señora vaciando todo el anaquel de muñecas Barbie en su carrito de compras. Cuando la persona que acompañaba a dicha dama le preguntó qué pensaba hacer con tanta muñeca, su respuesta fue “pues quién sabe, pero es que están muy baratas”.

Con relación a la FIL viene una reflexión muy personal. Andar entre aquellos pasillos y ver la cantidad de visitantes que atienden la invitación a leer, es más que estimulante. La lectura se cuela entre muchas otras formas de entretenimiento para decir “aquí estoy”, lo que renueva la esperanza que muchos albergamos, de conformar una ciudadanía capaz de informarse antes de tomar las decisiones más importantes para México.

Vayamos, pues, tras aquellos libros que representen un reto de crecimiento. Las lecturas que nos dan todo resuelto difícilmente permiten a la imaginación volar y a la creatividad expandirse. Necesitamos aproximarnos a los autores iluminadores, o sea, no los que nos dicen por dónde irnos, sino aquellos que nos muestran la multiplicidad de caminos sí, pero sobre todo los que nos enseñan los alcances de nuestro andar.

Vayamos tras el libro que nos sorprende. Así aprenderemos a volar. Echemos mano de esas lecturas que nos obligan a revisar dónde estamos y hacia dónde vamos.

Un buen libro es como una seda tersa que acaricia, sobre la cual pasamos nuestros dedos sin problemas. Un libro escrito de manera descuidada en su sintaxis y en su ortografía es, en cambio, como un tejido burdo cuyos accidentes no nos permiten atrapar el sentido último de lo que el autor quiso decir.

Hagamos de nuestras compras una herramienta de crecimiento inteligente. Que el dinero destinado constituya una inversión en nuestra vida. Que aquello que vamos a adquirir responda afirmativamente a la pregunta: ¿Lo necesito? Y así respecto a los libros, se vale actuar por corazonada, sí, pero atender la orientación de algún experto puede facilitarnos conseguir la mejor lectura.

Es un reto hacer buenas compras. Ojalá que cada peso gastado sea un peso invertido, y que a través de la lectura se invierta de la mejor manera.

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